Juan Rulfo
Acuérdate.
Acuérdate que a su madre le decían la Berenjena porque siempre
andaba metida en líos
y de cada lío salía con un muchacho.
Se dice que
tuvo su dinero pero
se lo acabó en los entierros, pues todos los
hijos se
le morían de
recién nacidos y siempre les mandaba cantar alabanzas, llevándolos
al pantéon entre músicas y coros de monaguillos
que
cantaban "hosannas"
y "glorias" y la canción esa de "ahí
te mando;
Señor, otro
angelito". De eso se quedó pobre, porque le. resultaba caro
cada funeral,
por eso de las canelas que les daba a los invitados del
velorio. Sólo
le vivieron dos, el Urbano y la Natalia, que ya nacieron
pobres y a los que
ella no vio crecer, porque se murió en el último
parto
que tuvo, ya de grande,
pegada a los cincuenta años.
La debes haber conocido, pues era realegadora y cada rato andaba
en pleito con las
marchantas en la plaza del mercado porque le querían
dar muy caro los jitomates;
pegaba de gritos y decía que la estaban
robando. Después,
ya de pobre, se le veía rondando entre la basura,
juntando rabos de
cebolla, ejotes ya sancochados y alguno que otro
cañuto de caña
"para que se les endulzara la boca a sus hijos".
Tenía dos,
como ya te digo, que fueron los únicos que se le lograron.
Después no
se supo ya de ella.
Ese Urbano Gómez era más o menos de nuestra edad, apenas
unos meses más grande, muy bueno para jugar
a la rayuela y para las trácalas. Acuérdate que nos vendía
clavellinas y nosotros se las comprábamos
cuando lo más
fácil era ir a cortarlas al cerro. Nos vendía mangos verdes
que se robaba
del mango que estaba en el patio de la escuela y naranjas
con chile que compraba
en la portería a dos centavos y que luego nos
las revendía
a cinco. Rifaba cuanta porquería y media traía en
la bolsa: canicas ágatas, trompos y zumbadores y hasta mayates verdes,
de esos a
los que se les
amarra un hilo en una pata para que no vuelen muy lejos.
Nos traficaba a todos, acuérdate.
Era cuñado de Nachito Rivero, aquel que se volvió menso a
los
pocos días
de casado y que Natalia,su mujer, para mantenerse,
tuvo que poner un puesto de tepache en la garita del camino real,
mientras Nachito
se vivía tocando
canciones todas desafinadas en una mandolina que le prestaban en
la peluquería de don Refugio. ,
Y nosotros íbamos con Urbano a ver a su hermana, a bebernos el tepache,
que siempre le. quedábamos a deber y que nunca
le pagábamos, porque nunca teníamos dinero. Después
hasta se quedó sin amigos, porque
todos al verlo, le
sacábamos la vuelta para que no fuera a cobrarnos.
Quizá entonces se volvió malo, o quizá ya era de nacimiento.
Lo expulsaron de la escuela antes del quinto año, porque lo
encontraron con su
prima la Arremangada jugando a marido y mujer
detrás de los
lavaderos, metidos en un aljibe seco. Lo sacaron de
las
orejas por la puerta
grande entre la risión de todos, pasándolo por en
medio de una
fila de muchachos y muchachas para avergonzarlo.
Y él pasó
por allí, con la cara levantada, amenazándonos
a todos con
la mano y como diciendo:
"Ya me las pagarán caro."
Y después a ella, que salió haciendo pucheros y con la mirada
raspando los ladrillos,
hasta que ya en la puerta soltó el llanto;
un chillido
que se estuvo oyendo
toda la tarde como si fuera un aullido de coyote.
Sólo que te falle mucho la memoria, no te has de acordar de eso.
Dicen que su tío Fidencio, el del trapiche, le arrimó una
paliza
que por poco y lo
deja parálisis, y que él, de coraje,
se fue del pueblo.
Lo cierto es que no lo volvimos a ver sino cuando apareció de
vuelta por aquí
convertido en policía. Siempre estaba en la
plaza de
armas, sentado en
una banca con la carabina entre las piernas y mirando
con mucho odio a todos.
No hablaba con nadie. No saludaba a nadie.
Y si uno lo
miraba, él se hacía el desentendido como si
no conociera
a la gente.
Fue entonces cuando mató a su cuñado, el de la mandolina.
Al Nachito se le ocurrió
ir a darle una serenata, ya de noche, poquito
después de
las ocho y cuando todavía estaban tocando las campanas
el
toque de Ánimas.
Entonces se oyeron los gritos, y la gente que estaba en
la iglesia
rezando el rosario salió a la carrera y allí
los vieron: al Nachito defendiéndose patas arriba con la
mandolina y al Urbano mandándole
un culatazo tras otro
con el máuser, sin oír lo que le gritaba la gente,
rabioso, como perro
del mal. Hasta que un fulano que no era ni de por
aquí se desprendió
de la muchedumbre y fue y le quitó la carabina
y le
dio con ella en la
espalda, doblándolo sobre la banca del jardín,
donde
se estuvo tendido.
Allí lo dejaron pasar la noche. Cuando amaneció se fue. Dicen
que
antes estuvo en el
curato y que hasta le pidió la bendición
al padre cura,
pero que él
no se la dio.
Lo detuvieron en el camino. Iba cojeando, y mientras se sentó a
descansar llegaron a él. No se opuso. Dicen
que él mismo se amarró la
soga en el pescuezo
y que hasta escogió el árbol que más
le gustaba para
que lo ahorcaran.
Tú te debes acordar de él, pues fuimos compañeros
de escuela y lo conociste como yo.