
Rainer Maria Rilke
—Di, pues, ¿es que la dama sabe que Ana es un poco...?
Diciendo esto, agitó su mano morena y rugosa ante su frente con
una hoja de castaño.
—Imbécil —respondió la campesina—. No iremos sin embargo a...
Así es como Ana fue a la casa de los Blaha. Estaba allí
frecuentemente sola
durante todo el día. Su amo, Wenseslas Blaha, está
en su oficina, su
ama hacía jornadas de costura afuera, y no había niños.
Ana estaba sentada
en la pequeña cocina oscura, cuya ventana se abría
sobre el patio y aguardaba
la llegada del organillo. Sucedía cada tarde
antes del crepúsculo.
Se inclinaba entonces lo más afuera posible por
la pequeña
ventana y, en tanto el viento agitaba sus cabellos claros, ella
danzaba interiormente
hasta el vértigo y hasta que los muros altos y
sucios parecían
balancearse uno frente al otro. Cuando comenzaba a empavorecerse, recorría
toda la casa, descendía la escalera sombría y desaseada hasta
los despachos ahumados donde algún hombre cantaba
en los comienzos de
una borrachera. Por el camino, encontraba siempre
a los niños
que vagabundeaban durante horas enteras en el patio, sin que
sus padres advirtieran
la ausencia de cada uno de ellos y, cosa extraña,
los niños le
pedían siempre que les contara historias. A veces hasta la
seguían a la
cocina. Ana se sentaba entonces junto al horno, ocultaba su
cara vacía
y pálida entre sus manos y decía: "Reflexionar". Y los niños
aguardaban con paciencia un rato. Pero como Annuchka continuaba reflexionando
hasta que el silencio en la cocina oscura les causaba miedo,
los niños escapaban
y no veían que la muchacha se ponía a llorar, con
una quejumbrosa dulzura,
y que la melancolía la tornaba menuda y
lastimosa. ¿Qué
recordaba?
No se hubiera podido decirlo. Quizás hasta los golpes que recibió
allá lejos.
Con frecuencia no sabía qué cosa indefinida que había
existido
un día, a menos
que sólo la hubiera soñado. A fuerza de reflexionar cada
vez que los niños
la invitaban a ello, lo recordaba poco a poco. Al principio era rojo, rojo,
después había una muchedumbre. Y luego una campana, un fuerte
sonar de campana, y enseguida: un Rey, un campesino y una torre.
Y ellos hablan: "Querido
Rey", dice el campesino. . . "Sí", dice entonces el Rey con una
voz muy altiva. "Lo sé". Y en efecto, ¿cómo un Rey
no sabría todo lo que un campesino puede tener que decirle?
Algún tiempo después, la mujer llevó a la muchacha
a hacer
compras. Como se aproximaba
Navidad y era el anochecer, las vidrieras estaban muy bien iluminadas y
guarnecidas de abundantes cosas. En un almacén de juguetes Ana vio
de pronto su recuerdo: El Rey, el campesino,
la torre... ¡Oh!
y su corazón latió más fuerte que el ruido de sus
pasos.
Pero apartó
ligero los ojos y, sin detenerse, continuó siguiendo a la señora
Blaha. Tenía el sentimiento de que no debía ya traicionar
nada. Y el teatro
de muñecas
quedó atrás de ellas, como si no lo hubieran advertido. En
efecto, la señora
Blaha, que no tenía hijos, ni aún lo había visto.
Un poco más tarde, Ana tuvo su día de salida. No regresó
al
anochecer. Un hombre
que ya había encontrado abajo, en el café, la acompañó,
y ella no se acordaba más exactamente adonde la había
llevado. Le parecía
que había estado ausente durante un año entero.
Cuando, fatigada,
volvió a encontrarse en su cocina en la mañana del
lunes, esta le pareció
aún más fría y más gris que de costumbre. Aquel
día rompió
una sopera, lo que le valió violentas reprimendas. Su ama ni siquiera
advirtió que no había regresado por la noche. Con el tiempo,
hacia el nuevo año,
durmió afuera todavía durante tres noches. Luego
cesó de pronto
de pasearse a través de la casa, cerró temerosamente la vivienda
y dejó de aparecer en la ventana aun cuando tocase el organillo.
Así se deslizó el invierno y comenzó una pálida
y tímida primavera.
Es una estación
muy particular en los patios interiores. Las moradas están negras
y húmedas, pero el aire es luminoso como lino frecuentemente
lavado. Las ventanas
mal limpiadas arrojan reflejos temblorosos y ligeros copos de polvo danzan
en el viento, descendiendo a lo largo de los pisos.
Se escuchan los ruidos
de la casa entera, las cacerolas resuenan de un
modo distinto, su
sonido es más claro, más penetrante, y los cuchillos y cucharas
hacen un ruido diferente.
Por aquel tiempo, Annuchka tuvo un niño. Fue para ella una gran
sorpresa. Después de sentirse durante largas semanas densa y pesada,
aquello escapó
de ella una buena mañana y fue en el mundo, venido
Dios sabe de donde.
Era domingo y aún dormían en la casa. Contempló
un instante la criatura
sin que su rostro se alterase en lo más mínimo.
Apenas si se movía,
pero de pronto una voz aguda brotó de su pequeño pecho. En
ese mismo momento llamó la señora Blaha y los resortes del
lecho crujieron en
el dormitorio. Annuchka cogió entonces su delantal
azul que estaba todavía
tirado sobre la cama, ató su cintas alrededor del pequeño
cuello y depositó el paquete en el fondo de su maleta. Enseguida
pasó a las habitaciones, abrió las cortinas y se puso a preparar
el café.
Uno de los días que siguieron, Annuchka hizo la cuenta de los
salarios que había
recibido hasta entonces. Eran quince florines.
Cerró de inmediato
su puerta, abrió la maleta y puso el delantal azul,
que estaba pesado
e inmóvil, sobre la mesa de la cocina. Lo desanudó lentamente,
contempló la criatura, la midió desde los pies hasta la
cabeza con ayuda de
un centímetro. Enseguida volvió a poner todo en
orden y se fue a la
ciudad. Pero— ¡qué lástima!—el Rey, el paisano y
la torre eran mucho
más pequeños. Se los trajo sin embargo y, con ellos,
otros muñecos
más. A saber: una princesa con rojos y redondos lunares
en sus mejillas, un
viejo que llevaba una cruz sobre el pecho y que se asemejaba a San Nicolás
a causa de su gran barba, y dos o tres más,
menos bellos y menos
importantes. Además, un teatro cuyo telón subía
y bajaba a voluntad,
descubriendo o disimulando el jardín que constituía
el decorado.
Annuchka tenía por fin en qué ocuparse durante sus horas
de
soledad. ¿Qué
se había hecho de su nostalgia? Levantó ese maravilloso
teatro (había
costado doce florines) y se puso detrás, como corresponde.
Pero a veces, cuando
el telón estaba alzado, corría delante del teatro y
miraba los jardines,
y entonces la cocina gris desaparecía detrás de los
grandes árboles
magníficos. Luego retrocedía algunos pasos, tomaba
dos o tres muñecas
y las hacía hablar según ella lo entendía. Nunca era
una pieza verdadera;
las muñecas se hablaban y se respondían; también
ocurría a veces
que dos muñecas, como espantadas, se inclinasen
súbitamente
una delante de la otra. O bien todas hacían una reverencia
al anciano que no
podía doblarse, porque era enteramente de madera.
Por esto es que la
emoción en esas ocasiones la hacía caer de espaldas.
E1 rumor de los juegos a los cuales jugaba Annuchka corrió entre
los niños.
Y bien pronto las criaturas del vecindario, prudentes al principio, después
más y más confiados, aparecieron en la cocina de los Blaha,
parados en los rincones
cuando la noche comenzaba a caer y sin perder
de vista los bellos
muñecos que repetían siempre las mismas cosas.
Un día Annuchka dijo, con las mejillas enrojecidas:
—Tengo todavía una muñeca mucho más grande.
Los niños temblaban de impaciencia. Pero Annuchka parecía
haber
olvidado lo que acababa
de decir. Dispuso todos sus personajes en el
jardín, apoyando
contra los bastidores las muñecas que no podían
sostenerse por sí
mismas de pie. En esa ocasión apareció una suerte de
arlequín de
gran cara redonda que los niños no recordaban haber visto
nunca. Pero su curiosidad
se sintió picada más aún por todo ese esplendor
y suplicaron que les
mostrara la "¡muy grande! ¡Tan sólo una vez la "muy
grande"! ¡Tan
sólo por un momento la "¡muy grande"!
Annuchka volvió junto a su maleta. La noche caía. Los niños y las muñecas estaban de pie, frente a rente, silenciosos y casi parecidos. Pero desde los ojos muy abiertos del arlequín, que parecía aguardar algún espectáculo espantoso, se expandió de pronto un miedo tal sobre los niños que, exhalando gritos, huyeron sin excepción.
Llevando un gran objeto azulado en sus manos, reapareció
Annuchka. De súbito
sus manos se pusieron a temblar. La cocina, abandonada por los niños,
estaba extrañamente vacía y silenciosa.
Annuchka no tenía
miedo. Se rió suavemente y derribó el teatro de
un puntapié,
después pisoteó y rompió las delgadas tablitas que
habían
figurado el jardín.
Y enseguida, cuando la cocina estuvo sumergida en
la noche, dio una
vuelta por ella y partió el cráneo a todas las muñecas,
incluso la grande azul.