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Friedrich Hölderlin
 

 
         ¿Tornan las grullas hacia ti, y hacia tus costas
         Dirigen de nuevo su rumbo las naves? ¿Acarician brisas Deseadas tus
     olas tranquilas, y el delfín atraído
         Desde la profundidad asolea sus lomos en la nueva luz? ¿Florece Jonia,
     es éste el tiempo?; pues siempre en primavera,
         Cuando a los vivientes se les renueva el corazón, y el primer Amor y el
     recuerdo de los tiempos dorados despierta en los hombres,
         Vengo hacia ti, ¡Anciano!, y te saludo en tu silencio.

         Siempre, ¡oh poderoso!, vives tú y reposas a la sombra
         De tus montañas, como antaño; con brazos de adolescente estrechas
         Todavía a tu país encantador, y de tus hijas, ¡oh Padre!
         De tus islas, las florecientes, ninguna aún se ha perdido.
         Creta se alza y Salamina verdea; sombreada de laureles,
         Ceñida de rayos, yergue Delos a la hora del amanecer
         Su cabeza inspirada; y Tenos y Chíos
         Abundan en frutas purpúreas; de las colinas embriagadas
         Mana el vino de Chipre; y desde las alturas de Calauria, como antaño,
         Se precipitan arroyos plateados en las viejas aguas del Padre.
         Todas ellas viven aún, las madres de los héroes, las islas,
         Floreciendo año tras año, y cuando a veces, desprendida del abismo,
         La llama de la noche, la tempestad subterránea,
         Se apoderó de alguna de las encantadoras que moribunda se sumergía
     en tu regazo,
         Tú, Divino, perdurabas, porque encima de tus obscuras profundidades
         Tantas auroras y crepúsculos se han sucedido.

         También las celestes, ellas, las fuerzas de la altura, las silenciosas,
         Que desde lejos, de la plenitud del poder, traen
         Sobre la cabeza de los hombres sensibles la alegría del día,
         El dulce sueño y los presentimientos; también ellas, las antiguas
     compañeras de juego,
         Viven, como antes, junto a ti, y a menudo al atardecer,
         Cuando desde las montañas de Asia surge la luz sagrada
         De la luna, y las estrellas se reflejan en tus olas,
         Tú resplandeces con fulgor divino, y así como ellas pasan,
         Así cambian tus aguas, y la melodía de los hermanos
         En las alturas, su canto nocturno, de nuevo resuena en tu pecho amante.
         Luego, cuando se acerca el sol del día, el que todo lo transfigura,
         La criatura del Oriente, el milagroso, entonces
         Comienza para los vivientes el sueño dorado,
         Que el astro-creador cada mañana les prepara,
         Y a ti, dios entristecido, te envía un encanto más alegre,
         Y su misma luz amable no es tan hermosa
         Como el símbolo del amor, la corona, que siempre, como antaño,
         Pensando en ti, ciñe tus bucles grises.
         ¿No te envuelve el éter, y no regresan de él las nubes,
         Tus mensajeras, con el don de los dioses,
         El rayo de la altura? Entonces las envías sobre la tierra,
         Para que en las cálidas riberas los bosques ebrios de tempestad
         Rumoreen y se agiten contigo, para que pronto, semejante al hijo peregrino
         Cuando el padre lo llama, el Meandro, junto con miles de arroyos,
         Abandona su ruta errante y, lleno de júbilo, desde el valle de Caystor
         Se precipita hacia ti, y el primogénito, el viejo,
         Quien durante tanto tiempo se ha escondido, tu majestuoso Nilo,
         Avanza victorioso, como bajo el sonido de las armas, descendiendo
         Desde la montaña lejana, abriendo ansioso sus brazos hacia ti.

         No obstante te sientes solitario; en el silencio de la noche la roca
         Oye tu queja y a menudo furiosas huyen
         Lejos de los mortales, hacia los cielos, tus olas aladas.
         Pues ya no viven contigo tus nobles predilectos,
         Aquellos que te veneraban, y que antaño coronaban tus riberas
         Con las ciudades y los templos hermosos; y siempre buscan y requieren,
         Porque siempre, así como los héroes la corona, los elementos
         Sagrados precisan para su gloria el corazón de los hombres sensibles.

         Di, ¿dónde está Atenas, tu ciudad, la más amada?
         ¡Dios entristecido! ¿Es que en las riberas sagradas, sobre las urnas de
     los maestros,
         Ella se ha derrumbado convertida en cenizas?
         ¿O quedan aún vestigios de ella, para que el navegante,
         Al pasar, quizás la nombre y la recuerde?
         ¿No se alzaban allí las columnas y desde lo alto de la fortaleza
         No brillaban otrora las estatuas de los dioses?
         ¿La voz del pueblo, acaso, no se levantaba tumultuosa desde el Ágora,
         Y desde las puertas alegres no se precipitaban
         Tus callejuelas hacia abajo, en dirección al puerto bendecido?
         ¡Mira! Allí el comerciante, pensando en la lejanía, soltaba las amarras
     de su barco,
         Alegre, porque también para él soplaba la brisa alada, y los dioses,
         Tanto como al poeta, también a él le amaban, pues repartía
         Los buenos dones de la tierra y unía lo distante y lo cercano.
         Lejos, hacia Chipre y hacia Tiro, dirige su rumbo,
         Se remonta hacia la Cólquida y desciende al viejo Egipto,
         Por ganar púrpura, y vino, y trigo, y vellón
         Para la ciudad natal, y a menudo más allá de las columnas
         Del audaz Hércules, hacia nuevas islas dichosas,
         Le llevan las esperanzas y las alas de su barco; mientras que,
         Movido por pensamientos diversos, a orillas de la ciudad permanece
     un joven solitario
         Escuchando a las olas, y algo grande presiente el grave adolescente
         Cuando a los pies del maestro que sacude la tierra
         Se sienta y escucha, pues no en vano lo educó el dios del mar.
         Porque el enemigo del genio, el persa todopoderoso,
         Ya desde hace años cuenta la multitud de armas y de esclavos,
         Burlándose de Grecia y de sus pocas islas,
         Y un juguete parecíale al soberano, y vago aún como un sueño
         Érale aquel pueblo devoto, armado del espíritu de los dioses.
         A la ligera da la orden de combate, y rápida, como el flamígero manantial
     del monte,
         Cuando, terriblemente expulsado por el Etna en hervor,
         Sepulta ciudades y floridos jardines bajo su torrente de púrpura,
         Hasta que en el mar sagrado se enfría el río ardiente,
         Así desde el Ecbatana, incendiando y arrasando ciudades,
         Se precipitan ahora junto al rey sus huestes pomposas;
         ¡Ay!, y Atenas, la espléndida, sucumbe; ancianos fugitivos
         Se desesperan y miran en vano desde la montaña, donde el venado oye
     sus gritos,
         Hacia las viviendas y templos humeantes que dejaron atrás;
         Empero, la plegaria de los hijos ya nunca más despierta
         Las cenizas sagradas; en el valle reina la muerte; la nube del incendio
         Desaparece en el firmamento, y para cosechar más, al interior del país,
         Ebrio del crimen, marcha el persa arrastrando su botín.

         Pero en las costas de Salamina, ¡oh día!, en las costas de Salamina,
         Aguardando el fin se hallan las atenienses, las vírgenes,
         Y las madres, meciendo en sus brazos al hijito salvado;
         Mas para las que escuchan, desde las profundidades resuena la voz del
     dios del mar
         Prediciéndoles su salvación; y los dioses del cielo contemplan
         Desde lo alto la tierra, pesando y juzgando, porque allí en las riberas
     agitadas
         Vacila la batalla desde el amanecer, como una tempestad que avanza
     lentamente
         Sobre las aguas coronadas de espuma, e inadvertido en el furor
         Ya arde el mediodía por encima de las cabezas de los combatientes.
         Pero los hombres del pueblo, los nietos de los héroes, acometen
         Ahora con más clara visión, y los hijos de Atenas, los predilectos de los
     dioses,

         Piensan en la gloria que les es asignada,
         Y no dominan ya su genio, que desprecia la muerte.
         Porque así como la bestia del desierto, que una vez más se alza desde
     la sangre humeante,
         Transfigurada al fin, semejante a la fuerza más noble,
         Y atemoriza al cazador, así regresa ahora bajo el resplandor de las armas,
         Una vez más, en medio del ocaso, el alma agotada
         De los feroces combatientes, espantosamente reunidos por la orden de los
         soberanos.
         Y más encarnizada recomienza la batalla. Semejantes a parejas de
     luchadores
         Se abordan las naves; tambaleante se sumerge el timón;
         Quiébrase el puente bajo los combatientes, y naves y tripulantes se hunden
     en las olas.

         Empero, sumido en un sueño vertiginoso, arrullado por el canto del día,
         Rueda la mirada del rey, sonriendo equivocado por el triunfo;
         Él amenaza, implora y se regocija, y envía como rayos a los mensajeros;
         Mas, en vano los envía, pues ninguno retorna.
         Mensajeros sangrantes, restos de tropas e incontables naves
         Destrozadas le arroja la vengativa, la ola rugiente,
         A los pies del trono, donde él, el mísero, está sentado al borde de las
     riberas estremecidas,
         Contemplando la huída, y lejos arranca, arrastrado por la turba en retirada.
         Lo empuja el dios y acosa su escuadra errante,
         Dispersa sobre las aguas, hasta que al fin con burla le destroza
         Sus pompas vanas, y alcanza al débil en su armadura amenazante.

         Mas, amorosamente, vuelven los atenienses
         Hacia las aguas que aguardan solitarias, y desde los montes de la patria
         Desciende la brillante multitud ondulando en alegre confusión
         Al valle abandonado. Semejante, ¡ay!, a la madre envejecida,
         Cuando tras largos años el hijo a quien creía perdido torna
         De nuevo, convertido ya en hombre, a su seno materno;
         Empero demasiado tarde llega la alegría para quien ya perdió toda
     esperanza:
         El dolor ha marchitado su alma, y apenas puede percibir
         Lo que en su gratitud le dice el hijo amante;
         Así aparece a los que retornan el suelo de la patria.
         Porque en vano preguntan los devotos por sus bosques sagrados,
         Y la puerta amable ya no recibe a los vencedores,
         Así como antes recibiera al peregrino, cuando pleno de alegría regresaba
         De las islas, y resplandeciendo en la lejanía frente a sus ojos anhelantes
         Se alzaba la fortaleza gloriosa de la madre Atenea.
         Bien conocidas empero les son las calles desiertas,
         Y los entristecidos jardines en torno, y en el Ágora,
         Donde derrumbadas yacen las columnas del Pórtico y las imágenes divinas,
         Allí, conmovido hasta el alma y regocijado por la fidelidad,
         El pueblo amante vuelve de nuevo ahora a estrecharse las manos en señal
     de alianza.
         Pronto también busca y descubre el hombre entre las ruinas
         El lugar de su propia casa; abrazada a su cuello, recordando
         Las amadas estancias de su hogar, llora su mujer, y preguntan
         Los niños por la mesa en donde otrora en filas encantadoras se sentaban
         Bajo la mirada de los padres, los sonrientes dioses de la casa.
         Pero el pueblo levanta tiendas y los antiguos vecinos
         Júntanse de nuevo, y obedeciendo al deseo de su corazón,
         Se agrupan las aireadas viviendas sobre las colinas.
         Así viven ellos ahora, como los libres, los Antiguos,
         Aquellos que seguros de su fuerza y confiados en el día venidero,
         Semejantes a aves migratorias, antaño iban cantando de monte en monte,
         Príncipes del bosque y del río errabundo.
         Mas, aún como entonces, la madre tierra fielmente abraza
         A su noble pueblo, y bajo el cielo sagrado ellos descansan dulcemente,
         Mientras que, suaves como antes, las brisas de la juventud
         Soplan en torno a los durmientes y desde los plátanos les llega el murmullo
         Del Ilisos, y anunciándoles días nuevos, invitándoles
         A nuevas hazañas, resuena a lo lejos en la noche la ola del dios del mar,
         Enviando alegres sueños a sus predilectos.
         Lentamente también ya brotan y crecen en el pisoteado campo
         Las flores, las doradas; cuidado por manos piadosas
         Verdea el olivo, y en las praderas de Colonos pastan
         De nuevo, tranquilamente como antes, los caballos atenienses.
         Pero en honor de la madre tierra y del dios de las olas
         Ya florece la ciudad, creación soberana, fundada tan sólidamente
         Como los astros, la obra del genio, que con lazos de amor
         Forjados por él mismo, así gusta afirmarse en las formas grandiosas,
         Que él construye en actividad eterna.
         ¡Mira!, y al creador sirve el bosque, y junto con los otros montes
         El Pentélico le ofrece, al alcance de su mano, mármol y metales.
         Mas, viviente como él, gozosa y magnífica surge
         De sus manos, y fácil como la del sol prospera su obra.
         Fuentes se alzan, y encauzado en límpidos acueductos,
         Desde las colinas el manantial se precipita hacia el estanque resplandeciente,
         Y relucen en torno, semejantes a héroes festivos reunidos
         Alrededor del cáliz común, la serie de viviendas. Por encima de todas
         Yérguese la estancia de los Pritaneos, ábrense gimnasios,
         Elévanse templos a los dioses, y un pensamiento sagrado, audaz,
         El Olimpeón álzase hacia el éter, cerca de los Inmortales,
         Desde el bosque glorioso ¡ y así otros muchos de los pórticos divinos.
         Madre Atenea, también para ti creció más orgullosa desde la tristeza
         Tu espléndida colina y floreció largo tiempo todavía
         En honor tuyo y del dios de las olas; y alegremente reunidos sobre el
     promontorio,
         Muchas veces aún tus predilectos te expresaron en cantos su gratitud.

         ¡Ay de los hijos de la dicha, los devotos! ¿Vagan ellos acaso ahora por la
      lejana
         Tierra de los padres, olvidados de los días del destino,
         Más allá del Leteo, y anhelo alguno puede hacerlos retornar?
         ¿Nunca los verán mis ojos? ¡Ay! ¿Por los mil senderos
         De la tierra verdeante, nunca os encontrará el que os busca?
         ¡Figuras semejantes a los dioses!, y ¿acaso tan solo para eso escuché
     vuestro lenguaje
         Y vuestras leyendas, para que mi alma, siempre triste,
         Huyera antes de tiempo hacia abajo, hacia vuestras sombras?
         Mas quiero acercarme a vosotros, allá donde crecen aún vuestros bosques,
         Donde entre nubes esconde su cumbre solitaria el monte sagrado;
         Al Parnaso quiero ir, y cuando, resplandeciendo entre las sombras de las
     encinas,
         En mi errante camino encuentre la fuente de Castalia,
         Verteré el agua de la copa perfumada de flores y mezclada con lágrimas
         Sobre el prado germinante, para que recibáis aún
         Todos vosotros, ¡oh durmientes!, una ofrenda funeraria.
         Allá en el valle silencioso, junto a las rocas colgantes de Tempes,
         Con vosotros quiero vivir, e invocaros a menudo durante la noche,

         ¡Nombres espléndidos!, y cuando aparezcáis enfadados
         Porque el arado profana las tumbas, con la voz del corazón,
         Con cantos piadosos, os aplacaré, ¡sombras sagradas!,
         Hasta que mi alma se acostumbre del todo a vivir con vosotras.
         Y cuando esté más iniciado, muchas preguntas os haré entonces, ¡oh
     muertos!
         Y también a vosotras, ¡vivientes fuerzas supremas de la altura!,
         Cuando sobre las ruinas hacéis girar el cielo de los años,
         ¡Vosotras, las de las rutas seguras!, porque a menudo el desvarío
         Que reina bajo las estrellas, como un aire siniestro me estremece el corazón,
         Y ansioso busco consejo; mas desde hace mucho tiempo ya no hablan,
         Para consuelo de los necesitados, los proféticos bosques de Dodona;
         El dios délfico ha enmudecido, y solitarios y desiertos desde hace tiempo
         Yacen los senderos por donde otrora, suavemente guiado por las esperanzas,
         Anhelante ascendía el hombre a la ciudad del veraz profeta.
         Mas la luz, desde las alturas, todavía hoy les habla a los hombres,
         Plena de presagios hermosos, y la voz del gran dios tonante
         Clama: "¿Pensáis en mi?"; y la ola entristecida del dios del mar
         Repite el eco: "¿Nunca ya, como antes, os acordáis de mí?"
         Pues los divinos gustosamente reposan en el corazón sensible,
         Y siempre aún, como entonces, ellas, las fuerzas inspiradoras, acompañan
         Al hombre esforzado, y por encima de las montañas de la patria
         Descansa, reina y siempre presente vive el éter,
         Para que un pueblo amante, acogido en los brazos del Padre,
         Humanamente esté alegre, como entonces, y que un mismo espíritu les sea
     común a todos.

         Mas, ¡ay!, nuestro linaje, despojado de lo divino, vaga en la noche,
         Vive como en el Orco. Encadenados solamente a sus propios afanes
         Y cada cual se oye a sí mismo no más
         En el taller turbulento, y mucho trabajan los bárbaros
         Con brazo poderoso, sin descanso; mas, infructuoso
         Como el de las Furias, queda el esfuerzo de los míseros.
         Hasta que, despertada del sueño angustioso, surge el alma
         De los hombres con juvenil alegría, y el hálito bendito del amor,
         Tantas veces como antes, entre los hijos florecientes de la Hélade
         Sople en una nueva época, y el espíritu de la naturaleza,
         El dios que viene desde lejos, se nos aparece entre nubes doradas
         Y permanece en paz sobre la frente más libre.
         ¡Ay! ¿No vienes todavía?, y aquéllos, los hijos de los dioses,
         Continúan viviendo, ¡oh día!, solitarios allá abajo
         En las profundidades de la tierra, mientras que una primavera eterna
         Despunta sobre las cabezas de los durmientes sin que nadie la cante.
         ¡Pero no por más tiempo! Ya oigo a lo lejos el canto coral del día de fiesta
         Sobre la verde montaña y el eco de los bosques,
         Donde se conmueve el pecho de los adolescentes, donde tranquilamente
         Se une el alma del pueblo en un canto más libre, en honor del dios,
         Al que corresponde la altura, mas para quien también los valles son
     sagrados;
         Porque allá donde alegre se desliza el río en juventud creciente
         Entre las flores del campo, y donde maduran en llanuras soleadas
         El noble trigo y los árboles frutales, gustosamente también
         Los devotos se coronan para la fiesta, y sobre la colina de la ciudad
     resplandece,
         Cual vivienda humana, el pórtico celeste de la alegría.
         Pues toda vida se ha tornado plena de sentido divino,
         Y, perfeccionándolo todo, como entonces, vuelves a aparecer ante
     tus hijos,
         ¡Oh naturaleza!, y como desde la montaña rica en manantiales,
         De aquí y allá fluyen bendiciones sobre el alma germinante del pueblo.
         Luego, luego, ¡oh vosotras, alegrías de Atenas!, ¡vosotras, hazañas de
         Esparta!,
         ¡Deliciosa época de primavera en el país de los griegos! Cuando se acerque
         Nuestro otoño, cuando maduros retornéis todos vosotros, espíritus del
     pasado,
         —¡Pues he aquí que el cumplimiento del año está cerca!—
         Que entonces la fiesta también os alcance a vosotros, ¡días del pasado !
         Que mire el pueblo hacia la Hélade y que, llorando y agradeciendo,
         Se apacigüe en recuerdos el orgulloso día del triunfo.

         Mas, floreced entretanto, hasta que maduren nuestros frutos,
         Floreced, vosotros, ¡jardines de Jonia! ¡Vosotros, encantadores, que
     cubrís de verde
         Las ruinas de Atenas, ocultad la tristeza al día que os contempla!
         ¡Vosotros, bosques de laureles!, coronad con follaje eterno las colinas
         De vuestros muertos, allá junto a Maratón, donde los jóvenes
         Murieron victoriosos, ¡ay!, allí en los campos de Queronea,
         Hacia donde con sus armas huyeron los últimos atenienses
         Eludiendo el día de la ignominia; allá, allá donde desde las montañas
         Bajan todos los días los lamentos al valle del combate; de allá, desde la
     cima del Oetas,
         Descendéis vosotras, aguas errabundas, entonando el canto del destino.
         Mas tú, inmortal, aun cuando ya no te festejen, como entonces,
         Los himnos de los griegos, ¡oh dios del mar!, resuena a menudo con tus olas
         En mi alma, para que intrépido se yerga el espíritu
         Sobre las aguas, y semejante al nadador, se ejercite
         En la fresca dicha de los fuertes, y comprenda el lenguaje de los dioses,
         El cambio y el acontecer. Y si el tiempo impetuoso
         Conmueve con demasiada violencia mi cabeza, y la miseria y el desvarío
         De los hombres estremecen mi vida mortal,
         ¡Déjame recordar el silencio que reina en tus profundidades!
 

                                                    Traducción de Wera y Ludwig Zeller ©1951
 
Última modificación:
24 - 7 - 98

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