Juan José Arreola
Zapotlán el Grande, Jalisco, México, 1918 -
Los abismos atraen. Yo vivo a la orilla de tu alma. Inclinado hacia ti,
sondeo tus pensamientos, indago el germen de tus actos. Vagos
deseos se
remueven en el fondo,
confusos y ondilantes en su lecho de reptiles.
¿De qué se nutre mi contemplación voraz? Veo el abismo
y tú yaces
en lo profundo de
ti misma. Ninguna revelación. Nada que se parezca al
brusco despertar de
la conciencia. Nada sino el ojo que me devuelve
implacable mi descubierta
mirada.
Narciso repulsivo, me contemplo el alma en el fondo de un pozo.
A veces el vértigo
desvía los ojos de ti. Pero siempre vuelvo a escrutar en
la sima. Otros, felices,
miran un momento tu alma y se van.
Yo sigo a la orilla, ensimismado, Muchos seres se despeñan a lo
lejos.
Sus restos yacen borrosos,
disueltos en la satisfacción, Atraído por el
abismo, vivo la melancólica
certeza de que no voy a caer nunca.
Dos puntos que se atraen no tienen por qué elegir forzosamente
la recta. Claro que
es el procedimiento más corto. Pero hay quienes
prefieren el infinito.
Las gentes caen unas en brazos de otras sin detallar la aventura.
Cuando mucho, avanzan
en zig-zag. Pero una vez en la meta corrigen la desviación y se
acoplan. Tan brusco amor es un choque, y los que así se afrontaron
son devueltos al punto de partida por un efecto de culata. Demasiado proyectiles,
su camino al revés los incrusta de nuevo, repasando
el cañón,
en un cartucho sin pólvora.
De vez en cuando, una pareja se aparta de esta regla invariable.
Su propósito
es francamente lineal, y no carece de rectitud. Misteriosamente,
optan por el laberinto.
No pueden vivir separados. Ésta es su única certeza,
y van a perderla buscándose.
Cada uno de ellos comete un error y provoca
el encuentro, el otro
finge no darse cuenta y pasa sin saludar.