A
través de las horas del día, de la noche
–
la noche avara pagando el día moneda a moneda-
en
los días que uno tras otro son la vida, la vida
con
tus palabras, alta, tus palabras, llenas de rocío,
oh
tú que recoges en tu mano la pradera de mariposas.
Desde
el lecho por la mañana, a través de las horas,
melodía,
casi una luz que nunca es súbita,
con
tu ademán gentil, con tu gracia amorosa,
oh
tú que recoges en tus hombros un cielo de palomas.
Y
la noche golpeaba con leves nudillos la puerta de roble.
Y
en los rincones tantas imágenes bellas, tanto camino
soleado,
bajo una leve capa de sombra luciente como un terciopelo.
La
voz de Saúl me era una barca melodiosa.
Pero
yo prefería el silencio, el silencio de rosas y plumas,
de
Vicente, el menor que era como un ángel
que
hubiese escondido su par de alas en un armario.
Mas,
¿ quién era esa alta, trémula mujer en el salón
profundo?,
¿quién
la bella criatura en nuestros sueños profusos?
¿Quizá
la esbelta beldad por quien cantaba nuestra sangre?
¿O
así, tan joven, de luz y silencio, nuestra madre?
O
acaso, acaso esa mujer era la misma música,
la
desnuda música avanzando desde el piano,
avanzando
por el largo, por el oscuro salón como un sueńo.
(A
ti, lejano Esteban, que bebiste mi vino,
te
lo quiero contar, te lo cuento en humanas, míseras palabras:
Cuando
estás en la sombra. Cuando tus sueños bajan
de
una estrella a otra hasta tu lecho,
y
entre tus propios sueños eres humo de incienso,
quizá
entonces comprendas, quizá sientas,
por
qué en mi voz y en mi palabra hay niebla).
Un
largo, un oscuro salón, tal vez la infancia.
Leíamos
los tres y escuchábamos el rumor de la vida,
en
la noche tibia, destrenzada, en la noche
con
brisas del bosque. Y el grande, oscuro piano,
llenaba
de ángeles de música toda la vieja casa.
Avivó
las miradas de los hombres
y
prendió sonrisas en sus labios,
y
las mujeres enhebraron hilos de luz en sus dedos
y
los niños decían palabras doradas.
El
sol se fue a los campos
y
los árboles rebrillaban y uno a uno
se
rumoraban su alegría recóndita.
Y era de oro las aves.
Un
joven labrador miró el azul del cielo
y
lo sintió caer entre su pecho.
El
sol, mi amigo, vino sin tardanza
y
principio a ayudar al labriego.
Había
pasado los nublados días,
y
el sol se puso a laborar el trigo.
y
el bosque era como sonoro. Y en la atmósfera
palpitaba
la luz como abeja de ritmo.
El
sol se fue sin esperar adioses
y
todos sabían que volvería ayudarlos,
a
repartir su color y su alegría
y
a poner mano fuerte en le trabajo.
Todos
sabían que comerían el pan bueno
del
sol, y beberían el sol en el jugo
de
las frutas rojas, y reirían el sol generoso,
y
que el sol ardería en sus venas.
Y
pensaron: el sol es nuestro, nuestro sol,
nuestro
padre, nuestro compañero
que
viene a nosotros como un simple obrero.
Y
se durmieron como un sol en sus sueños.
Si
yo cantara mi país un día,
mi
amigo el sol vendría a ayudarme
con
el viento dorado de los días inmensos
y
el antiguo rumor de los árboles.
Pero
ahora el sol está muy lejos,
lejos
de mi silencio y de mi mano,
el
sol está en la aldea y alegra las espigas
y
trabaja hombro a hombro con los hombres del campo.