Después.
de entre grandes hojas, salía lento el mundo.
La
ancha tierra siempre cubierta con pieles de soles.
(Reyes
habían ardido, reinas blancas, blandas,
sepultadas
dentro de árboles gemían aún en la espesura).
Miraba
el paisaje, sus ojos verdes, cándidos.
Una
vaca sola, llena de grandes manchas,
revolcada
en la noche de luna, cuando la luna sesga,
es
como el pájaro toche en la rama, "llamita", "manzana de miel".
El
agua límpida, de vastos cielos, doméstica se arrulla.
Pero
ya en la represa, salta la bella fuerza,
con
majestad de vacada que rebasa los pastales.
Y
un ala verde, tímida, levanta toda la llanura.
El
viento viene, viene vestido de follajes,
y
se detiene y duda ante las puertas grandes,
abiertas
a las salas, a los patios, a los trojes.
Y
se duerme en el viejo portal donde el silencio
es
un maduro gajo de fragantes nostalgias.
Al
mediodía la luz fluye de esa naranja,
en
el centro del patio que barrieron los criados.
(El
más viejo de ellos en el suelo sentado,
su
sueño, mosca zumbante sobre su frente lenta)
No
todo era rudeza, un áureo hilo de ensueño
se
enredaba a la pulpa de mis encantamientos.
Y
si al norte el viejo bosque tiene un tic-tac profundo,
al
sur el viento trae franjas de aroma.
(Yo
miro las montañas. Sobre los largos muslos
de
la nodriza, el sueño me alarga los cabellos).
En
esas cámaras yo vi la faz de la luz pura.
Pero
cuando las sombras las poblaban de musgos,
allí
mimosa y cauta, ponía entre mis manos,
sus
lunas mas hermosas las noches de las fábulas.
En
el umbral de roble demoraba,
hacía
ya mucho tiempo, mucho tiempo marchito,
el
alto grupo de hombres entre sombras oblicuas,
demoraba
entre el humo lento alumbrado de remembranzas:
Oh
voces manchadas del tenaz paisaje, llenas
del
ruido de tan hermosos caballos que galopan bajo
asombrosas
ramas.
Yo
subí a las montañas, también hechas de sueños,
yo
ascendí, yo subí a las montañas donde un grito
persiste
entre las alas de palomas salvajes.
que
cae eternamente en la sombra, encendida:
te
hablo de un bosque extasiado que existe
sólo
para el oído, y que en el fondo de las noches pulsa
violas,
arpas, laúdes y lluvias sempiternas.
Te
hablo también: entre maderas, entre resinas,
entre
millares de hojas inquietas, de una sola hoja:
pequeña
mancha verde, de lozanía, de gracia,
hoja
sola en que vibran los vientos que corrieron
por
los bellos países donde el verde es de todos los colores
los
vientos que cantaron por los países de Colombia.
Te
hablo de noches dulces, junto a los manantiales, junto a los cielos,
que
tiemblan temerosos entre alas azules:
te
hablo de una voz que me es brisa constante,
en
mi canción moviendo toda palabra mía,
como
ese aliento que toda hoja mueve en el sur, tan dulcemente,
toda
hoja, noche y día, suavemente en el sur.
Y
yo volvía, volvía por los largos recintos
que
tardaba quince años en recorrer, volvía.
Y
hacia la mitad de mi canto me detuve temblando,
temblando
temeroso, con un pie en una cámara
hechizada,
y el otro a la orilla del valle
donde
hierve la noche estrellada, la noche
que
arde vorazmente en una llama tácita.
Y
a la mitad del camino de mi canto temblando
me
detuve, y no tiembla entre sus alas rotas,
con
tanta angustia, un ave que agoniza, cual pudo,
mi
corazón luchando entre cielos atroces.
El
río sube por los arbustos, por las lianas, se acerca,
y
su voz es tan vasta y su voz es tan llena.
Y
le dices, repites: ¿Eres mi padre? Llenas el mundo
de
tu aliento saludable, llenas la atmósfera.
-Soy
el profundo río de los mantos suntuosos.
Duerme
quince años fulgentes, la noche ya ha cosido
suavemente
tus párpados, como dos hojas más, a su follaje negro.
con
tan cambiantes trajes, entre linos, entre rosas ardientes.
¿Era
tu dulce tierra cantando, tu carne milagrosa, tu sangre?
Todos
los cedros callan, todos los robles callan.
Y
junto al árbol rojo donde el cielo se posa,
hay
un caballo negro con soles en las ancas,
y
en cuyo ojo líquido habita una centella.
Hay
un caballo, el mío, y oigo una voz que dice:
"Es
el potro más bello en tierras de tu padre".
Noche,
sombra hasta el fin, entre las secas
ramas,
entre follajes, nidos rotos —entre años—
rebrillaban
las lunas de cáscara de huevo,
las
grandes lunas llenas de silencio y de espanto.