
Rainer Maria Rilke
Volvió a cerrar los ojos y permaneció tendida con la expresión
de
alguien que acaba
de tragar una cucharada de café azucarado o de decir
una maldad que ha
tocado. La pieza era clara y tranquila. El sol precipitaba
allí más y más rayos, los clavaba como
dardos vibrantes en las claras
maderas del piso,
en los resplandecientes veladores imperio, y algún
trasgo
se los devolvía,
desde el fondo del espejo, en plena cara.
Como una lejana música de batalla, una orquesta de moscardones bordoneaba
en las ventanas, acompañando el claro vaivén
de ese gayo lanzador de dardos; el ligero susurro
penetraba en el semisueño de la
buena tía,
y las frescas ondas de un reflejo de primavera borraban
poco
a poco las arrugas
con rasgos sonrientes. Parecía verdaderamente
joven
en el momento en que
se erguía asaz enérgicamente en sus almohadas,
y miraba a su alrededor
en la habitación. Todas las cosas tenían no se
sabía qué
de brillante, de nuevo, y se regocijaba con ello. Un delicado perfume de
jacintos se elevaba de las flores, que guarnecían
la ventana
y se mezclaba a un
relente de lavanda que subía de sus almohadas.
La vieja señorita
echó una mirada rápida a la imagen de
la virgen cuyas
sombras tenían
en pleno día reflejos verdes. Sus manos magras
y duras describieron una rápida señal de la cruz e,
inmediatamente después,
regañó
al canario dormido cuya jaula estaba suspendida sobre
la ventana
y que a pesar de la
hermosa mañana no se decidía a cantar. Regresando
de la ventana, sus
miradas quedaron pegadas al canapé. Allí había,
alineados cuidadosamente,
un sombrero negro, con un ancho velo de
crespón que
caía a lo largo del respaldo como un torrente nocturno,
un
par de guantes negros,
cada uno de su lado, como separados por alguna irremediable
enemistad, un antiguo libro de plegarias más
negro aún, y,
más lejos,
dos pañuelos muy blancos brillaban en medio
de todo ese
duelo como una pareja
de caballos blancos enganchados a la carroza
fúnebre de
una muchacha.
La tía contempló esos objetos con una mirada sorprendida,
y todas
las arrugas
reaparecieron, como sombrías orugas, en su viejo rostro.
Calculó: lunes
12, martes 13, miércoles 14, jueves 15, viernes
16. Y con
un meneo de cabeza
laso y resignado comprobó: hoy justamente,
16 de
abril, viernes, es
el séptimo aniversario de mi difunto hermano,
el inspector
de finanzas Johann
August Erdmanner. Él tenía tres años
más que ella y
al morir en el rigor
de los cincuenta, munido de los santos sacramentos,
había dejado
una viuda inconsolable y dos hijos menores. Había muerto
por la tarde, a las
cuatro, en el preciso instante en que todos habían salido
para ir a tomar una taza de café. Y la habitación
iluminada por un rayo de
sol se desvaneció
en los ojos de la vieja señorita. Recordó al excelente
Johann, magro y
reseco, y la joven viuda que había vivido apenas cinco
años a su lado,
y el doctor de cara purpúrea. (Y Herminia,
la viuda, que
osaba pretender que
ese no bebía!) ¡Y la religiosa, que también
entendía
de tirar las cartas,
en cruz ! ¡Sí, ciertamente, las cartas
le enseñaban todo
a esa! ¡Y todo
había sido tan hermoso al día siguiente! Aquellas
columnas enteras en los diarios, y las visitas: todos esos rostros graves
y bañados de lágrimas, la mezquina corona
del avaro del propietario y todas las demás
bellas; coronas. ¡Sí, había tenido un magnífico
entierro el señor inspector
de finanzas
Johann August Erdmanner! Y se conmemoraba dignamente
cada año el
aniversario de su muerte. A las diez, toda la familia, con
gran duelo, se reunía en la iglesia de la Asunción,
con guantes negros, mejillas pálidas y ojos enrojecidos. Y
durante todo el día, todos hablaban en voz
baja y ronca, como
ahogada, y se hacían solemnes signos de cabeza.
Cuando penetraban
en la cavernosa iglesia, agradecían a las viejas
que
tenían las
hojas de la puerta, con una voz alterada por la emoción,
y sumergían tan largamente sus guantes negros en el agua bendita
que
cada señal
de la cruz dejaba al punto marcas negras sobre sus rostros sobresaltados
y resignados. Los pañuelos blancos bajo los dedos
doblados tenían el aire de asechar el momento
de ser llevados a los ojos desbordantes de lágrimas. Tenían
frecuente ocasión para ello. En el fresco rostro del
propio sacerdote se
dibujaban algunas arrugas dolorosas alrededor de los
labios hartos, y se hubiera dicho que recogía
con lengua recalcitrante las últimas gotas de un brebaje agrio.
Cuando, un poco más tarde, descendía
las gradas del altar
obscuro y su silueta se recogía abajo, como
un pudding frustrado, y, acompañado por la voz del rojo oficiante,
exclamaba con una voz hueca: "¡Oremos, hermanos
míos!", de toda la compañía sólo quedaba
una confusa madeja
de crespón y paño negro. La emoción había pasado
como un tren sobre los sobrevivientes en duelo; estaban
dispersos, entre
los bancos lustrosos,
como mutilados entre los rieles.
Todo eso habíase repetido seis años seguidos, y la vieja
tía, sobre
su almohada
perfumada de lavanda, sabía que el hecho se reproduciría
por séptima
vez, exactamente igual.
Echó sobre el cuadrante de nácar del pequeño reloj
imperio de
péndola una
mirada tan desesperada como si las agujas hubieran
marcado
su propia hora final.
Quiso levantarse; pero tras un gesto brusco sus manos
se deslizaron sin
fuerza a lo largo del blanco edredón, como
bajo el peso
de un formidable iceberg.
Sintió de nuevo en los riñones y en
la espalda
los dolores violentos
que se manifestaran pocas semanas antes. Un estremecimiento
recorrió su espalda; su cabeza estaba pesada y floja.
Palideció y gimió. Si, justamente así era como había
muerto
su padre; en una
hermosa mañana, después de una mala noche.
Y la
anciana recordó
de pronto que ella tampoco había pegado los
ojos durante
la noche última.
No, no había pegado los ojos, estaba bien segura
de ello.
Un sudor helado brotó
por todos sus poros. Y recordó que la buena
hermana que tiraba
tan bien las cartas había tenido que enjugar
tantas
veces, al acercarse
la agonía, la frente de su pobre padre difunto. ¿Habíale
llegado verdaderamente su turno? Con un gesto convulsivo, juntó
las
manos sobre el cobertor
blanco.
El canario reanudaba sus trinos incesantes. Los jacintos parecían
ya lasos, y el día
claro y puro, se estiraba, ancho y frío, sobre el
piso
de madera.
Tía Babette sentíase soñolienta. Se preguntó de pronto: ¿cómo había muerto su padre? El esfuerzo que hacía para recordarlo arrugó su frente. Respiró: justamente así, lo habían traído. Había caído en síncope en la calle. Y ella pensó: no obstante es una gracia... así... en su lecho... Y no se movió más.