Mi
noche es como un valle reluciente de huesos.
La
piel arena, sílice. Los labios agrietados.
Una
cruz de ceniza sobre el vientre desnudo.
Heme
aquí entre malezas, entre ortigas,
muerta
de cara al techo de mi alcoba,
con
la luna bailando en mi pupila
y
el corazón como una liebre herida
que
persiste en vivir. Quizá algún día
un
enjambre de abejas fabrique su colmena
cerca
de mí. Quizá algún día
me
despierte el zumbido de su vuelo
sobre
mis ojos, sobre mi garganta
y
reverbere el cuerpo, luminoso,
como
un antiguo mar que alza sus olas.
En
Consideración a la Alegría
A
qué llorar, me digo,
todo
estaba previsto
me
muerdo las falanges
los
asombros por qué
miro
la luna
ajena
y sola y sobria en su talante
si
desde siempre
desde
el nacer, desde el morir, y en cada hora
pacientemente
crece el hilo, crece,
y
también crece la baba del gusano y la piedra
atravesada
aquí,
bebo
y saludo
y
soy cordial con mi vecino ciego
pues
no son tiempos estos dados a patetismos,
ni
es elegante
exhibir
el dolor.
A
qué llorar, me digo:
sería
inoportuno
con la muchedumbre
que
ríe afuera con su risa de siglos.