Intentando
poner en frases mi más oculta
y
sutil sensación —y desobedeciendo mi
necesidad
exigente de veracidad—, yo
diría:
si pudiese haber escogido, me
habría
gustado
nacer caballo. Pero —quién sabe—
quizás
el caballo no sienta el gran símbolo
de
vida libre que nosotros sentimos en él. ¿Debo
concluir entonces que
el
caballo sería sobre todo para ser sentido por mí?
¿El caballo representa
la
animalidad bella y suelta del ser humano? ¿Lo mejor del
caballo el ser humano ya lo tiene? Entonces abdico de ser un caballo
y con gloria paso
a
mi animalidad. El caballo me indica lo que soy.
EL
CABALLO PELIGROSO
En
el pueblecito del interior —que se convertiría un día en
una pequeña ciudad— todavía reinaban los caballos como prominentes
habitantes.
Bajo
la necesidad cada vez más urgente de transporte, levas de caballos
habían invadido el lugar, y en los niños todavía salvajes
nacía el secreto
deseo
de galopar. Un bayo joven dio una coz mortal a un niño que iba a
montarlo. Y el lugar donde el niño audaz habla muerto era mirado
por la
gente
con una censura que en verdad no se sabía a quién dirigir.
Con las cestas de compras bajo el brazo, las mujeres se paraban a mirar.
Un
periódico
se enteró del caso y se leía con cierto orgullo un artículo
con el título de "El crimen del caballo". Era el crimen de uno de
los hijos de la pequeña ciudad. El lugar entonces ya mezclaba a
su olor de caballeriza la conciencia de la fuerza contenida en los caballos.
Traducción
de Cristina Peri Rossi para la Editorial Grijalbo Mondadori