
Rainer Maria Rilke
Cartas a un joven poeta
Mi estimado señor:
Hallé su carta hace apenas unos días. Quiero darle las gracias
por
su gran afecto y confianza.
Siento no poder hacer más; no puedo juzgar
la forma de sus versos,
porque la intención crítica está demasiado alejada
de mí. No hay
cosa más deficiente que tocar una obra de arte con
palabras críticas:
siempre van a surgir interpretaciones equívocas más
o menos felices. Las
cosas nunca son tan evidentes y claras como
generalmente se pretende
hacernos creer. La mayoría de los hechos no
tienen explicación
lógica; se cumplen en espacios en los que jamás entró
una palabra; y lo
más inexplicable de todo es una obra de arte, existencia misteriosa,
cuya vida es eterna y opuesta a la nuestra, que se desvanece.
Después de esta advertencia, puedo añadir que sus poemas
no
tienen una forma propia,
pero si tienen un callado y escondido principio
de personalidad. Con
mucha claridad lo percibo en la última poesía: "Mi
alma". En ella, algo
particular en usted quiere llegar a fundir palabra y
música. Y en
el hermoso poema "A Leopardi" toma cuerpo una especie
de cercanía
con aquel grandioso solitario. Sin embargo, estos poemas,
aún no se mantienen
por si mismos; no tienen independencia; ni siquiera
el último y
el dedicado "A Leopardi". La amable carta que acompañó sus
poemas, me explica
algunas deficiencias que encontré al leerlos, pero no
puedo señalarlas.
Usted pregunta si sus versos son buenos. Me lo pregunta a mí.
Anteriormente le preguntó a otros. Los lleva a las revistas. Los
coteja con otros,
y se preocupa porque algunas reacciones los rechazan.
Entonces (como usted me ha permitido aconsejarlo), le suplico que
abandone eso. Usted
mira hacia fuera y, es precisamente lo que no debe
hacer ahora. Nadie
puede aconsejarlo ni ayudarlo, nadie. Solamente
existe una manera:
entre en si mismo. Descubra el fundamento que lo
lleva a escribir;
investigue si tiene raíces en el lugar mas profundo de su corazón;
reconozca si para usted sería necesaria la muerte en caso de
ser privado de escribir.
Esto ante todo: pregúntese en la hora mas callada
de la noche: ¿debo
escribir?. Busque en lo mas profundo de si mismo la respuesta. Y si esta
es afirmativa, si enfrenta esta grave pregunta con un seguro y sencillo
"debo", siendo así, edifique su vida conforme a tal necesidad: su
vida, aún en la hora mas insignificante y pequeña, debe
ser signo y testimonio
de ese acto. Entonces, trate de expresar como el hombre primigenio lo que
ve y siente, lo que ama y pierde. No escriba
poesías de
amor; sobre todo, apártese de las formas demasiado comunes
y que se encuentran
con facilidad: son las mas difíciles, porque se necesita mucha madurez
para aportar algo propio donde existen en cantidades
buenas y, en parte,
sobresalientes tradiciones. Por tal motivo, líbrese de
los motivos generales
y tome los que le ofrece su diario devenir. Muestre
sus tristezas y deseos,
los pensamientos que acuden a su muerte y su fe
en algo bello; muestre
todo eso con profunda sinceridad interior, serena, sumisa, y para expresarse,
use los objetos de su entorno, imágenes de
sus sueños
y las cosas esenciales de sus recuerdos. Si su vida cotidiana
le parece pobre, no
la culpe, cúlpese a usted mismo, reconozca que no es
lo suficiente poeta
para encontrar en ella sus riquezas. En los creadores
no cabe la pobreza,
ni los lugares pobres e indiferentes. Y aunque usted
estuviera en una cárcel
sin poder percibir los rumores del mundo exterior,
¿no tendría
siempre su infancia, esa riqueza preciosa, grandiosa, fuente
inagotable de recuerdos?.
Regrese a ella su mirada. Intente aflorar las
brumosas sensaciones
de tan inmenso pasado; se fortalecerá su
personalidad, se acrecentará
su soledad y se hará un lugar a la sombra,
en el cual, el estrépito
de los otros pasa de largo y lejano. Y si ese regreso
a lo interior, de
ese adentrarse a su propio mundo brotan versos, no acuda
a nadie para saber
si sus versos son "buenos". Tampoco intentará que las revistas literarias
se interesen en sus trabajos, pues los verá como una
preciosa propiedad
natural, un pedazo y una voz de su vida. Una obra de
arte es buena cuando
surge de la necesidad de crearla.
En esa naturaleza de origen está implícito el juicio: no
hay otro.
Por eso, mi querido
señor, no podría darle otro consejo que este: penetrar
en si mismo y encontrar
las cosas mas profundas de su vida. Esa es la
fuente en la cual
usted encontrará la respuesta a su pregunta si debe
crear; tómela
como suene, sin explicaciones. Tal vez suceda que usted
está llamado
a ser artista. Si es así, acepte su destino y llévelo con
su sufrimiento y su grandeza, sin preguntar jamás por la recompensa
que
hallará afuera.
Pues el creador debe ser un mundo en si mismo, encontrar
todo en si y en su
propia naturaleza.
Tal vez después de esta comunión con su mundo interior y
sus soledades, debe renunciar a ser poeta (sería suficiente, como
he dicho,
sentir que se puede
vivir sin escribir, para definitivamente no hacerlo).
De cualquier forma,
tampoco habría sido en vano el recogimiento interior
en que le insisto.
En todo caso, partiendo de ahí, su vida encontrará sus
propios caminos, y
le deseo que sean dichosos, ricos y amplios, se los
deseo mucho más
de lo que soy capaz de expresar.
¿Qué más le diría?. Creo haber realzado todo
en su debida forma:
para terminar, solo
deseo aconsejarle que progrese en su evolución en
forma sosegada y sincera:
no podría sufrir un deterioro mas desastroso,
si mira hacia el mundo
exterior y espera de él una respuesta, a preguntas
que solamente podrá
contestar desde su interior, acaso, en la hora mas
callada.
Fue para mí una alegría encontrar en su carta el nombre del
profesor
Horacek; conservo
hacia ese bondadoso sabio, una profunda admiración
y respeto que perdura
en el tiempo. Si usted es tan amable, le encomiendo
que le haga conocer
mis sentimientos; es mucha bondad de su parte que
aún me recuerde,
y lo sé apreciar.
Ahora, le devuelvo los versos que me confió tan amistosamente.
Agradezco de nuevo su cordialidad y confianza, de la cual, con
esta sincera respuesta,
dada en la mejor forma que sé, trato de hacerme
un poco más
digno de lo que en realidad soy, por mi condición de
desconocido para usted.
Con fervor e interés,
Borgeby gard, Fladie (Suecia), 12 de agosto de 1904.
Quiero volver a hablarle un momento, querido señor Kappus, bien
que casi nada puedo
decir que sea eficaz, siquiera algo útil. Usted ha
tenido muchas y grandes
tristezas, que han pasado ya. Y dice que
también este
pasaje fue para usted arduo y destemplado. Por favor, compruebe, más
bien, si aquellas grandes tristezas no atravesaron por
lo profundo de usted;
si no cambiaron en usted muchas cosas; si usted,
en alguna parte, en
cualquier lugar de su ser, no se transformó mientras estaba triste.
Solamente son peligrosas y malas aquellas tristezas que se llevan a sofocar
entre la gente; como las enfermedades que, tratadas de manera superficial
y necia, sólo se retiran para declararse, después de
breve pausa, más
terribles; y que se acumulan dentro, y son vida, son
vida no vivida, desdeñada,
perdida, por la que se puede morir. Si nos
fuese posible ver
más allá del término que alcanza nuestro saber, y
aún
algo más allá
de las avanzadas de nuestros presentimientos, tal vez sobrellevaríamos
nuestras tristezas con mayor confianza que nuestras alegrías. Pues
aquellos son momentos en que algo nuevo, algo desconocido ha entrado en
nosotros; nuestros sentidos enmudecen sobrecogidos de temor;
todo en nosotros se retrae; se produce una tregua, y lo nuevo,
lo que nadie conoce,
se yergue en medio y calla.
Creo que casi todas nuestras tristezas son momentos de tensión,
que a modo de parálisis
experimentamos porque ya no percibimos el
vivir de nuestros
enajenados sentidos. Porque estamos solos con lo desconocido que ha entrado
en nosotros; porque nos han quitado por
un instante todo lo
familiar y habitual; porque nos hallamos en medio
de un tránsito
donde no podemos permanecer. Es por eso que también
la tristeza pasa;
lo nuevo, lo agregado, ha entrado en nuestro corazón,
ha ido a su cámara
íntima, y ya tampoco está allí... está ya en
la sangre.
Y no llegamos a enterarnos
de lo que fue. Se nos podría hacer creer fácilmente que no
ha acontecido nada, y sin embargo nos hemos transformado como se transforma
una casa en la que ha entrado un
huésped. No
podemos decir quién ha venido; quizá no lo sepamos
nunca; pero por muchos
indicios conocemos que lo futuro ha entrado
de esa manera para
transformarse dentro de nosotros mucho antes que acontezca. De ahí
que sea tan importante estar solitario y atento cuando
se está triste;
porque el instante aparentemente en blanco, inmóvil, en
que nos penetra nuestro
futuro, se encuentra mucho más cerca de la
vida que aquel otro
momento ruidoso y casual en que él nos acontece
como desde fuera.
Cuanto más serenos, sufridos y francos somos en nuestras tristezas,
tanto más profunda y decididamente entra en nosotros
lo nuevo,
tanto mejor lo asimilamos, tanto más será nuestro destino;
y un día, cuando
"se realice" (es decir: cuando de nosotros pase a los
otros), lo sentiremos
en lo íntimo afín y cercano. Y esto es necesario.
Es necesario -y a
ello tenderá paulatinamente nuestro desarrollo- que
nada extraño
nos acontezca si no es aquello que nos pertenece desde
largo tiempo. Repetidas
veces fue preciso rever las nociones sobre el movimiento; también
se aprenderá, poco a poco, que lo que llamamos destino sale de los
hombres, no que entra en ellos desde fuera.
Sólo porque
no absorbieron su destino ni la transformación en sí mismos
mientras estaba en ellos, es por lo que tantos hombres no reconocieron
lo que de ellos salía;
les era tan extraño, que en su oscuro espanto
pensaban que acababa
de entrar en ellos, pues juraban no haber hallado antes, en sí,
nada parecido. Así como se estuvo mucho tiempo en engaño
sobre el movimiento del sol, se engaña uno todavía sobre
el movimiento
del porvenir. Lo futuro
está fijo, querido señor Kappus, pero nosotros
nos movemos en el
espacio infinito.
¿Cómo no habríamos de tener dificultades?
Y si volvemos a referirnos a la soledad, deviene cada vez más claro
que ella, en el fondo, no es nada de lo que se puede tomar o dejar.
Somos solitarios.
Uno puede acerca de esto ilusionarse y hacer como si
no fuera así.
Eso es todo. Pero cuánto mejor es reconocer que lo somos; aún
más: partir de ahí. Ciertamente, entonces sucederá
que experimen-
taremos vértigo,
pues todos los puntos en que nuestros ojos solían
descansar, nos son
quitados; nada hay ya cercano, y todo lo lejano
lo es infinitamente.
Quien fuese transportado, casi sin preparación ni
transición,
desde su cuarto a la cúspide de una gran montaña, sentiría
algo parecido; una
inseguridad sin igual, un estar a la merced de algo
indecible lo anonadaría;
se imaginaría estar cayendo, o se creería lanzado
al espacio o estallado
en mil pedazos: ¿qué mentira enorme tendría que inventar
su cerebro para recobrar sus sentidos y serenarlos? Así cambian
todas las distancias, todas las medidas para aquel que se vuelve solitario;
de estos cambios,
muchos acaecen de improviso, y como en el hombre
de la montaña,
nacen entonces figuraciones extraordinarias y sentimientos extraños
que parecen desarrollarse hasta superar todo lo soportable.
Pero es menester que
también vivamos esto. Tenemos que aceptar
nuestra existencia
tan ampliamente como sea posible. Todo, aún lo
inaudito, debe ser
posible en ella. En el fondo, el único valor que se
nos exige es: ser
animosos ante lo más extraño, prodigioso e inexplicable
que pueda acaecernos.
Que los hombres hayan sido pusilánimes en este
sentido ha hecho infinito
daño a la vida; los sucesos denominados "fenómenos", la totalidad
del llamado "mundo de lo sobrenatural",
la muerte, todas estas
cosas que nos son tan afines, han sido tan
reprimidas, tan alejadas
de la vida por un rechazo cotidiano, que los
sentidos con que podríamos
aprehenderlas se han atrofiado. De Dios,
no hablar. Pero el
temor a lo inexplicable no sólo ha hecho más pobre
la existencia del
individuo; también las relaciones entre un ser humano
y otro han sido limitadas
por él, y por así decirlo, desviadas del cauce de
las infinitas posibilidades
hacia un lugar yermo de la orilla, al que nada
ocurre. Pues no es únicamente la desidia lo que hace que las relaciones
humanas se repitan de caso en caso indeciblemente monótonas y no
renovadas: es el temor a toda vivencia nueva, imprevisible, a la que uno
se considera incapaz
de afrontar. Pero sólo quien está apercibido para
todo, quien nada excluye,
ni aún lo más enigmático, sentirá las relaciones
con otro ser como algo vivo, y agotará por sí mismo su propia
existencia. Porque si nos figuramos esta existencia
del individuo como un aposento, grande o pequeño, se manifiesta
entonces que los más de ellos no
conocen sino un rincón
de su aposento, un lugar ante la ventana, una
franja por la cual
van y vienen. Así tienen alguna seguridad. Y sin
embargo es mucho más
humana aquella inseguridad llena de peligros
que impulsa a los
cautivos, en las historias de Poe, a palpar las formas
de sus terribles mazmorras
y a no quedar ajenos al indescriptible espanto
de estar en ellas.
Pero nosotros no somos cautivos. En torno nuestro no
hay preparadas trampas
ni lazos, y nada hay que nos atemorice o atormente.
Hemos sido puestos en la vida como en el elemento a que estamos mejor condicionados,
y además, por adaptación milenaria,
hemos llegado a ser
tan parecidos a ella, que si permanecemos inmóviles apenas nos diferenciamos,
por un feliz mimetismo, de cuanto nos rodea.
No tenemos ningún
motivo de recelo contra el mundo, pues no está
contra nosotros. Si
él tiene espantos, son nuestros espantos; si tiene
abismos, estos abismos
nos pertenecen; si hay en él peligros, debemos procurar amarlos.
Y si organizamos nuestra vida con arreglo al principio
que nos aconseja atenernos siempre a lo difícil, entonces aquello
que
todavía nos
parece lo más extraño nos resultará lo más
familiar y fiel. ¿Cómo podríamos olvidar los viejos
mitos vigentes en el origen de todos
los pueblos; los mitos
de aquellos dragones que en el momento culminante
se tornan princesas?
Todos los dragones de nuestra vida tal vez sean
princesas que sólo esperan vernos un día, hermosos y atrevidos.
Tal vez todo lo terrible no sea, en rigor, sino lo inerme, lo que requiere
nuestra ayuda.
Así, querido señor Kappus, no debe alarmarse cuando una tristeza
se eleve ante usted,
tan grande como nunca haya visto; cuando una turbación pase como
luz o sombra de nubes sobre sus manos y sobre
todo su hacer. Debe
pensar que algo en usted se verifica, que la vida no
lo ha olvidado y que
lo tiene en la mano; ella no lo dejará caer. ¿Por qué
excluir de su vida una inquietud, un dolor, una melancolía, puesto
que
no sabe cómo
trabajan en usted esos estados de ánimo? Por qué acosarse
con la pregunta: ¿de dónde puede provenir todo eso y a dónde
quiere ir? Pues usted bien sabe que se encuentra en evolución y
que nada deseaba tanto como transformarse. Si alguno de sus procesos es
enfermizo,
piense que la enfermedad
es el medio por el cual un organismo se libra
de lo extraño;
es preciso, entonces, ayudarlo a estar enfermo, a tener íntegramente
su enfermedad y a hacer que ella irrumpa, pues esto
constituye su progreso.
En usted, querido señor Kappus, ¡ocurren ahora tantas cosas!
Debe usted ser sufrido como un enfermo y confiado como
un convalesciente;
porque quizá sea usted ambas cosas. Más: usted es también
el médico que ha de vigilarse. Pero en cada enfermedad hay muchos
días en que el médico no puede hacer más que esperar.
Y esto
es lo que, sobre todo,
tiene usted que hacer ahora, en tanto que es su
propio médico.
No se observe demasiado. No extraiga conclusiones precipitadas
de lo que le ocurra;
déjelo ocurrir, simplemente. De lo contrario usted
llegará con
demasiada facilidad a considerar con reproches (esto es: en sentido moral)
su pasado, el cual, naturalmente, es parte en todo lo que ahora le sobreviene.
Aquello de los errores, deseos y anhelos de su mocedad, que actúa
en usted, no es, sin embargo, lo que usted recuerda
y condena. La insólita
situación de una infancia en soledad y desamparo
es tan penosa, tan
complicada, está a merced de todas las relaciones
reales de la vida,
que allí donde entra un vicio no se lo puede llamar, ligeramente,
vicio. Por lo general, hay que ser muy cuidadoso con los nombres; a menudo
el nombre de un crimen es el motivo por el cual se rompe una vida; no la
acción misma, sin nombre y personal, que acaso
fue, de esa vida,
una necesidad determinada que pudo haber sido incorporada por ella sin
dificultad. Y el consumo de energías le parece grande sólo
porque usted encarece la victoria; lo que usted cree haber
conseguido no es lo grande, si bien tiene razón en su sentir; lo
grande es
que ya había
allí algo que a usted le fue permitido poner en lugar de
aquella superchería;
algo verdadero y real. Sin esto, su victoria habría
sido una reacción
meramente moral, sin mayor significación; pero así ha llegado
a ser una parte de su vida. De su vida, señor Kappus, por la cual
formulo mis mejores votos. ¿Recuerda cuánto esa vida envidió,
desde la niñez, a los "grandes"? Veo cómo
ahora ansía partir de los grandes hacia
los más grandes.
Por eso es que ella no cesa de ser difícil, pero -por lo mismo-
tampoco cesará de crecer.
Y si aún tengo que decirle alguna cosa, es ésta: no crea
usted que
quien trata de confortarlo
viva sin fatigas entre las palabras simples y reposadas que a usted a veces
lo alivian; su vida está llena de trabajo
y tristeza, y queda
muy atrás de ellas. Pues si fuese de otra manera,
él nunca habría
podido hallarlas.
Su