Le pregunté
a la esfinge que tengo a mi servicio:
—oh ¿cuál
será la fórmula, de virtud o de vicio,
que rija mis futuros?
—y los abstrusos senos
musitaron unánimes,
en tono profeticio:
¡todo no vale
nada, si el resto vale menos...!
Pendía de sus
labios de palidez ascética
y presto oí
del verbo los indecibles trenos,
la turbia paradoja
de recia apologética:
¡todo no vale
nada, si el resto vale menos!
Ninguna ¡no,
ninguna! dio con el artificio
de ese bálsamo
amable de perfumes amenos.
Todas fueron acordes
cantando el epinicio:
¡todo no vale
nada, si el resto vale menos!
Singlaremos entonces
con rumbo al precipicio,
con rumbo al precipicio
y a la nada hipotética,
pero iremos impávidos,
ecuánimes, serenos,
diciendo la parábola
desdeñosa y estética:
¡todo no vale
nada, y el resto vale menos!