Gabriel Zaid
En cambio, la gente verdaderamente culta es capaz de tener en
su
casa miles de libros que no ha leído, sin perder el aplomo ni dejar
de
seguir comprando más.
"Toda biblioteca personal es un proyecto de lectura", dice un
aforismo
de José Gaos. La observación es tan exacta que, para ser
también
irónica, requiere la complicidad del lector bajo una especie de
imperativo moral, que todos más o menos acatamos: un libro no leído
es
un proyecto no cumplido. Tener a la vista libros no leídos es como
girar
cheques sin fondos: un fraude a las visitas.
Ernest Dichter, en su Handbook of Consumer Motivations, habla
de
esta mala conciencia en los clubes de libros. Hay gente que se inscribe
como si entrara a un festival de la cultura; pero, a medida que los libros
llegan y se acumula el tiempo que hace falta para leerlos, cada nueva remesa,
y el montón, se vuelven un reproche muy poco festivo: una acusación
de incumplimiento, hasta que rompe con el club, decepcionada
y
resentida de que le siga enviando libros, a pesar de pagarlos.
Por eso, se inventaron los libros que no son para leer.
Libros
que se pueden tener a la vista impunemente, sin sentimientos
de
culpa: diccionarios, enciclopedias, atlas, libros de arte, de cocina,
de
consulta, bibliográficos, antológicos, obras completas. Libros
que
la
gente discreta prefiere para hacer regalos: porque son caros, lo cual demuestra
aprecio, y porque no amenazan con la cuenta pendiente de responder a la
pregunta: "¿Ya lo leíste?, ¿qué te pareció?"
lo cual
demuestra
lo mismo. El antieslogan más anticomercial del mundo pudiera ser,
en efecto: "Regale un libro: es como regalar una obligación."
Los autores de libros no son tan discretos. Dejando aparte los
casos
extremos (los que llaman para ver en qué página va uno, cuándo
terminará y, sobre todo, cuándo publicará una reseña
larga, inteligente
y
objetiva), se sienten obligados a repartir obligaciones cada vez que publican.
Ya se sabe que la elegancia torera en estos casos consiste en responder
de inmediato con una tarjeta que diga: "Acabo de recibir su
libro.
¡Qué estupenda sorpresa! Lo felicito y me felicito de antemano
por
la alegría que me dará leerlo." (Alfonso Reyes las usaba
impresas,
con
espacios en blanco para la fecha, nombre y título.) Si no, la deuda
se
triplica y crece a interés compuesto, conforme pasa el tiempo, hasta
que
llega un momento en que el deber pendiente de leer el libro,
de
escribir una carta, que ya no puede ser tan breve, y de formular un
elogio
que no sea falso ni mezquino, se vuelve una pesadilla. No se sabe
qué
es peor, si esto o la tarjeta a vuelta de correo.
Pero hay más: ¿qué hacer físicamente con el
libro? El autor puede presentarse un día y encontrarlo sin abrir.
Otra buena medida, que desgraciadamente también requiere disciplina,
sería desflorar las primeras páginas en el momento de recibirlo,
y dejar un marcador, para indicar
la
intención. O hacerlo desaparecer, explicando, si es necesario, que
un
amigo se entusiasmó tanto que se lo llevó prestado, antes
de que
uno
pudiera leerlo. En este caso, es prudente arrancar la dedicatoria.
Los
libros dedicados tienen la extraña vocación de acabar en
las
librerías
de viejo, y hay esas historias horribles de los libros de Darío
o
de Rilke dedicados melosamente a Valéry y encontrados después
con
los buquinistas del Sena, sin abrir. O aquella historia del libro de Valle-Arizpe
que encontró, intonso, en una librería de viejo, y que
compró
y envió de nuevo a su amigo: "Con el renovado afecto de
Artemio
de Valle-Arizpe."
Una pésima solución consiste en conservarlos, hasta formar
una biblioteca de miles de volúmenes, diciendo: en realidad, no
tengo tiempo
de
leerlos, lo hago para dejarles una herencia a mis hijos. Excusa cada
vez
más débil, hoy que las ciencias adelantan que es una barbaridad.
Casi
todos los libros se vuelven obsoletos desde el momento en que
se
escriben, si no antes. Y la mercadotecnia está logrando imponer
la planned obsolescence hasta de los autores clásicos (con nuevas
y
mejores
ediciones críticas), para acabar con la ruinosa transmisión
de
gustos de una generación a la siguiente, que tanta fuerza restó
al
mercado
en otro tiempo.
La formación de bibliotecas obsoletas para los hijos se justifica
como
la preservación de ruinas: por razones puramente arqueológicas.
Y
hay excusas mejores que la biblioteca heredable. Si uno forma una biblioteca
sobre historia de Tlaxcala, o, mejor aún, de ediciones del
Quijote,
nadie tiene derecho a exigirle que haya leído miles de veces el
Quijote, una por edición. Aunque no faltarán visitas inocentes
que se escandalicen de ver tantas veces el mismo título. ¿No
es como retratarse
y
exhibirse mil veces, bajo mil ángulos, con el único pez gordo
que se
ha
pescado en la vida?
Bajo el Imperativo Categórico de Leer y Ser Culto, una biblioteca
es
una sala de trofeos. La montaña mágica es como una pata de
elefante
que
da prestigio, sirve de taburete y permite conversar de peligrosas excursiones
al África. ¿Y qué decir del león que le guiñó
un ojo al
cazador
antes de rodar a sus pies? Así, quien tiene las memorias de Churchill,
dedicadas y sin abrir, dice: ¡Pobre Winston! Por respeto,
las
guardo como las recibí. ¡Qué formidable león
británico! Le supliqué
al
taxidermista que conservara cuidadosamente el guiño...
Los cazadores tienen fama de exagerados. Por eso, es un principio
de
ética profesional del lector que aspira a ser culto, no exhibir
jamás
piezas
no cazadas debidamente. Menos aún piezas que, en realidad,
leyó
un amigo, o el guía, en el safari cultural. De ahí también
que un
libro
sólo pueda ser visto como un cadáver disecado, no un animal
de
presa
vivo. ¿Tigres en el tanque de la gasolina? Pase. Pero, ¿rugiendo
por
toda la casa, echados en el cuarto de baño o en la cama, estirándose
y
bostezando en las ventanas, encaramados en los anaqueles? ¡Jamás!
Por
respeto a las visitas.
El Imperativo Categórico viene de los libros sagrados. Karl Popper
("Los libros y el milagro de la democracia") supone que la cultura
occidental
nace con la aparición del mercado del libro en Atenas,
en
el siglo V antes de Cristo: el libro comercial acaba con el libro sagrado.
Pero,
¿acaba? El mercado es ambivalente. Tener en casa y a la mano lo
que
antes sólo se veía en el templo es un gran atractivo para
la demanda, porque los libros tienen todavía el prestigio del templo.
La desacralización democrática prospera como simonía:
permite vender lo que no tiene precio. No acaba con los libros sagrados:
los multiplica.
Sócrates criticó el fetichismo del libro(Fedro). Dos siglos
después,
en
otro pueblo del libro (el pueblo bíblico), dijo el Eclesiastés
(12:12): "componer muchos libros es nunca acabar, y estudiar demasiado
daña
la
salud. Basta de palabras. Todo está escrito". En el siglo I, Séneca
le
escribe a Lucilio: "La multitud de libros disipa el espíritu." En
China,
en
el siglo IX, el poeta Po Chu Yi se burla de Lao-Tsé: "De sabios
es
callar,
los que hablan nada saben dicen que dijo Lao-Tsé, en un librito
de
ochocientas páginas." En Argelia, en el siglo XIV, Ibn Jaldún:
"Los
demasiados libros sobre un tema hacen más difícil estudiarlo"
(Al-muqaddi-mah VI 27). En Alemania, en el siglo XVI, Lutero:
"La
multitud de libros es una calamidad" (Charlas de sobremesa).
Don
Quijote, al enterarse de que se había escrito el Quijote:" hay
algunos
que así componen y arrojan libros de sí como si fueran
buñuelos"
(II 3). Descartes: "abandoné el estudio de los libros,
decidido
a no buscar más ciencia que en mí mismo o en el gran libro
del
mundo" (Discurso del método). Samuel Johnson: "Para convencerse
de
la vanidad de las esperanzas humanas, no hay un lugar más
impresionante
que una biblioteca pública."
Alguna vez propuse un guante de castidad para los autores que
no
se puedan contener. Pero también puede servir un baño de
agua fría: sumergirse en una gran biblioteca, para desanimarse,
como Johnson,
ante
la multitud de autores desatendidos. El progreso ha logrado que
todo
ciudadano, no sólo los profetas elegidos, pueda darse el lujo de
hablar
en el desierto.
¿Quién podrá detener la multiplicación de libros?
Por un momento, parecía que iba a ser la televisión. Marshal
McLuhan escribió (¡escribió!) libros proféticos
sobre el fin de los tiempos librescos. Pero la explosión
del
libro lo dejó hablando en el desierto.
El lanzamiento y apogeo comercial de la televisión en los Estados
Unidos, medido en número de hogares con receptores, fue de 1947
a
1960, cuando pasó de 16 mil a 45 millones de aparatos, o sea prácticamente
de cero al 88 por ciento de los hogares (Warde B. Orden,
The
Television Business). Todo estaba, pues, listo para acabar con el
libro.
Sin embargo, el número de títulos publicados cada año,
en el
mismo
periodo, subió a más del doble: de 7 a 15 mil (Statistical
Abstract
of
the United States). Mayor sorpresa: de 1960 a 1968, volvió a doblarse
el
número de títulos anuales, y en un periodo menor, mientras
que el
número
de hogares con receptores, naturalmente, ya no podía subir más
que
a la saturación (98 por ciento).
A mediados del siglo XV, apareció la imprenta de caracteres
móviles
en Europa. No sustituyó de inmediato a los copistas ni a la impresión
con placas de madera, pero multiplicó los títulos disponibles.
En
el primer siglo de la nueva imprenta, se publicaron unas 35,000
ediciones
(Agustín Millares Carlo, Introducción a la historia del libro
y
de la biblioteca), o sea 350 títulos por año, que tal vez
empezaron
siendo
100. Para 1952 (Robert Escarpit, La revolución del libro),
se
publicaban ya unos 250 mil. Esto implica un ritmo de crecimiento
cinco
veces mayor que el de la población.
Se suponía que la televisión iba a acabar con ambas explosiones,
pero
no sucedió, como puede verse en las cifras para el año 2000,
estimadas
a partir del Anuario estadístico 1994 de la Unesco. Después
de
la televisión, la población crece al 1.8% anual (en vez del
0.3% en
el
medio milenio anterior), y la publicación de libros al 2.8% anual
(en
vez del 1.6% anterior).
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| Títulos
por millón
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La humanidad publica un libro cada medio minuto. Suponiendo
un
precio medio de quince dólares y un grueso medio de 2 centímetros,
harían falta quince millones de dólares y 20 kilómetros
de anaqueles
para
la ampliación anual de la biblioteca de Mallarmé, si hoy
quisiera
decir:
"Es mucho el saber y poco el vivir", dijo Gracián. Pero, de nuevo,
el
aforismo opera poéticamente, más allá de su verdad
cuantitativa,
con
ese dejo melancólico, porque remueve los sentimientos de culpa
que
nos da nuestra finitud frente a las tareas infinitas que exige el
Imperativo
Categórico. Sí, hay algo profundamente melancólico
en ir
a
una biblioteca o librería llena de libros que no leeremos jamás.
Algo
que trae a la memoria aquellos versos de Borges:
Hay un espejo que me ha visto por última vez.
Hay una puerta que he cerrado hasta el fin del mundo.
Entre los libros de mi biblioteca (estoy viéndolos)
Hay alguno que ya nunca abriré.
¿Y para qué leer? ¿Y para qué escribir? Después
de leer cien,
mil,
diez mil libros en la vida, ¿qué se ha leído? Nada.
Decir: yo sólo
sé
que no he leído nada, después de leer miles de libros, no
es un acto
de
fingida modestia: es rigurosamente exacto, hasta la primera decimal
de
cero por ciento. Pero ¿que no es quizás eso, exactamente,
socráticamente, lo que los muchos libros deberían enseñarnos?
Ser ignorantes a sabiendas, con plena aceptación. Dejar de ser simplemente
ignorantes,
para llegar a ser ignorantes inteligentes.
Quizá la experiencia de la finitud es el único acceso que
tenemos
a
la totalidad que nos llama, y nos pierde, con desmedidas ambiciones totalitarias.
Quizá toda experiencia de infinitud es ilusoria, si no es, precisamente,
experiencia de finitud. Quizá, por eso, la medida de la
lectura
no debe ser el número de libros leídos, sino el estado en
que
nos
dejan.
¿Qué demonios importa si uno es culto, está al día
o ha leído
todos
los libros? Lo que importa es cómo se anda, cómo se ve, cómo
se
actúa, después de leer. Si la calle y las nubes y la existencia
de los
otros
tienen algo que decirnos. Si leer nos hace, físicamente, más
reales.