(...)
El tiempo había ido cambiando,
había dejado de lloviznar, soplaba un
viento fuerte de adentro (decía Bucich)
y el frío era cortante. Pero el cielo estaba
ahora límpido. A medida que avanzaba
hacia el sudoeste la pampa se abría más
y más, el paisaje se volvía imponente y
el aire parecía
más honrado para Martín. Ahora se sentía útil
también: tuvieron que cambiar una cubierta, cebaba mate, preparaba
el fuego.
Y así llegó
la primera noche.
Comieron en silencio, sentados en los cajoncitos. Después de comer,
Bucich preparó nuevamente el mate. Y mientras lo tomaban miraba
el cielo estrellado, hasta que se animó a confesar lo que hacía
rato quería confesar:
-- Te voy a ser sincero, pibe. Me habría gustado ser astrónomo.
¿Qué
te extraña?
Pregunta que agregó de puro miedo de hacer el ridículo, porque
nada
en la cara de Martín
podía inducirlo a creer eso.
Martín dijo que no. ¿Por qué habría de extrañarlo?,
dijo.
-- Cada noche, cuando viajo, miro las estrellas y digo: ¿quién
vivirá
en esos mundos? El
alemán Mainsa dice que viven millones de personas,
que cada una es como
la tierra.
Encendió el toscano, aspiró largamente el humo y se quedó
meditando.
Después agregó:
-- Mainsa. Me dijo también que los rusos tienen unos inventos bárbaros.
De repente estamos aquí, tranquilos comiendo l'asao, mandan una
especie
de rayo y buenas noches.
El rayo de la muerte.
Martín le alcanzó el mate y le preguntó quién
era Mainsa.
-- Mi cuñado. El esposo de mi hermana Violeta.
¿Y cómo sabía todas esas cosas?
Bucich chupó el mate, con calma, y luego explicó con orgullo:
-- Hace quince años que es telegrafista en Bahía Blanca.
Así que
conoce a fondo todo
esto de aparatos y rayos. Es alemán y basta.
Luego se callaron, hasta que Bucich se incorporó y dijo: "bueno,
pibe, hay que dormir",
buscó el porrón de ginebra, tomó un trago, miró
el cielo y agregó:
-- Menos mal que por acá no ha llovido. Mañana tendremos
que
hacer treinta kilómetros
en camino e'tierra. Bah, miento: sesenta. Treinta
y treinta.
Martín lo miró: ¿camino de tierra?
-- Sí, tenemos que apartarnos un poco, tengo que ver a un amigo
en Estación de la Garma. Un ahijao mío está enfermo,
está. Le llevo un autito.
Buscó en la cabina; sacó una caja, la abrió y le mostró
el regalo, sonriendo con orgullo. Le dio cuerda e intentó hacerlo
andar en el suelo.
-- Claro, en la tierra no anda bien. Pero en el piso de madera o de
porlan anda fenómeno.
Lo guardó cuidadosamente, mientras Martín lo observaba asombrado.
Galopaban furiosamente hacia la frontera, porque el coronel Pedernera ha
dicho: "Esta misma noche debemos estar en tierra boliviana". Detrás
se oyen los disparos de la retaguardia. Y aquellos hombres piensan cuántos
camaradas y quiénes de los que cubren aquella huida de siete días
habrán
sido alcanzados por
la gente de Oribe.
Hasta que en medio de la noche atraviesan la frontera y pueden derrumbarse
y por fin descansar y dormir en paz. Una paz, sin embargo,
tan desolada como
la que reina en un mundo muerto, en un territorio
arrasado por la calamidad,
recorrido por silenciosos, lúgubres y hambrientos caranchos.
Y cuando a la mañana siguiente Pedernera da orden de montar y de
reiniciar la marcha hacia Potosí, aquellos hombres montan a caballo
pero permanecen largo tiempo mirando hacia el sur. Todos (también
el coronel Pedernera), ciento setenta y cinco rostros, pensativos y taciturnos
hombres
y también una
mujer, mirando hacia el sur, hacia la tierra que se conoce
con el nombre de Provincias
Unidas (¡Unidas!) del Sur, hacia la región del mundo en que
esos hombres han nacido, y donde quedan sus hijos, sus hermanos, sus mujeres,
sus madres. ¿Para siempre?
Todos miran hacia el sur. También el sargento Aparicio Sosa, con
su tachito, con aquel
corazón apretado contra su pecho, mira hacia allá.
Y también el alférez Celedonio Olmos, que a la edad de diecisiete
años se unió
a la Legión, junto a su padre y a su hermano, ahora muertos
en Quebracho Herrado,
para combatir por ideas que se escriben con mayúsculas; palabras
que luego van borroneándose y cuyas mayúsculas, antiguas
y relucientes torres, se han ido desmoronando por la acción de
los años y
los hombres.
Hasta que el coronel Pedernera comprende que ya basta, y da
la orden de marcha
y todos tiran de sus riendas y hacen volver sus
cabalgaduras hacia
el norte.
Ya se alejan en medio del polvo, en la soledad mineral, en aquella desolada
región planetaria. Y pronto no se distinguirán, polvo entre
el polvo.
Ya nada queda en la quebrada de aquella Legión, de aquellos míseros
restos de la Legión: el eco de sus caballadas se ha apagado; la
tierra que desprendieron en su furioso galope ha vuelto a su seno, lenta
pero inexorablemente; la carne de Lavalle ha sido arrastrada hacia el sur
por las aguas de un río (¿para convertirse en árbol,
en planta, en perfume?). Sólo
permanecerá
el recuerdo brumoso y cada día más impreciso de aquella
Legión fantasma.
"En las noches de luna --cuenta un viejo indio-- yo
también los
he visto. Se oyen primero las nazarenas y el relincho de un caballo. Luego
aparece, es un caballo muy brioso y lo muenta el general,
un blanco como la
nieve (así ve el indio al caballo del general). Él lleva
un gran sable de caballería y un morrión alto, de granadero."
(¡Pobre indio,
si el general era
un rotoso paisano, con un chambergo de paja sucia y un
poncho que ya había
olvidado el color simbólico! ¡Si aquel desdichado no tenía
ni uniforme de grandero ni morrión, ni nada! ¡Si era un miserable
entre miserables!)
Pero es como un sueño: un momento más y en seguida desaparece
en la sombra de la
noche, cruzando el río hacia los cerros del poniente...
Bucich le mostró el lugar para dormir, en el acoplado, extendió
las colchonetas, preparó el despertador, dijo "hay que meterle a
las cinco",
y luego se alejó
unos pasos para orinar. Martín creyó que era su deber
hacerlo cerca de su
amigo.
El cielo era transparente y duro como un diamante negro. A la luz
de las estrellas,
la llanura se extendía hacia la inmensidad desconocida.
El olor cálido
y acre de la orina se mezclaba a los olores del campo.
Bucich dijo:
-- Qué grande es nuestro país, pibe...
Y entonces Martín, contemplando la silueta gigantesca del camionero
contra aquel cielo estrellado; mientras orinaban juntos, sintió
que una paz purísima entraba por primera vez en su alma atormentada.
Otenado el horizonte, mientras se abrochaba, Bucich agregó:
-- Bueno, a dormir, pibe. A las cinco le metemos. Mañana atravesaremos
el Colorado.