-- Aquí es --dijo.
Se sentía el intenso perfume a jazmín del país. La
verja era muy
vieja y estaba a medias
cubierta con una glicina. La puerta, herrumbrada,
se movía dificultosamente,
con chirridos.
En medio de la oscuridad, brillaban los charcos de la reciente lluvia.
Se veía una
habitación iluminada, pero el silencio correspondía más
bien a
una casa sin habitaciones. Bordearon un jardín abandonado,
cubierto de
yuyos, por una veredita que había al costado de un galería
lateral, sostenida por las columnas de hierro. La casa era viejísima,
sus ventanas daban a la galería y aún conservaban sus rejas
coloniales; las grandes baldosas eran seguramente
de aquel tiempo, pues se sentían hundidas, gastadas y rotas.
Se oyó un clarinete: una frase sin estructura musical, lánguida,
desarticulada y obsesiva.
-- ¿Y eso? --preguntó Martin.
-- El tío Bebe --explicó Alejandra--, el loco.
Atravesaron un estrecho pasillo entre árboles muy viejos (Martín
sentía ahora
un intenso perfume de magnolia) y siguieron por un sendero
de ladrillos que terminaba
en una escalera de caracol.
-- Ahora, ojo. Seguime despacito.
Martín tropezó con algo: un tacho o un cajón.
-- ¡No te dije que andés con ojo! Esperá.
Se detuvo y encendió un fósforo, que protegió con
una mano y
que acercó
a Martín.
-- Pero Alejandra, ¿no hay lámpara por ahí? Digo...
algo... en el
patio...
Oyó la risa seca y maligna.
-- ¡Lámparas! Vení, colocá tus manos en mis
caderas y seguime.
-- Esto es muy bueno para ciegos.
Sintió que Alejandra se detenía como paralizada por una descarga
eléctrica.
-- ¿Qué te pasa, Alejandra? --preguntó Martín,
alarmado.
-- Nada --respondió con sequedad--, pero haceme el favor de no hablarme
nunca de ciegos.
Martín volvió a poner sus manos sobre las caderas y la siguió
en medio de la oscuridad.
Mientras subían lentamente, con muchas
precauciones, la escalera
metálica, rota en muchas partes y vacilante
en otras por la herrumbre,
sentía bajo sus manos, por primera vez, el
cuerpo de Alejandra,
tan cercano y a la vez remoto y misterioso. Algo,
un estremecimiento,
una vacilación, expresaron aquella sensación sutil,
y entonces ella preguntó
qué pasaba y él respodió, con tristeza, "nada".
Y cuando llegaron
a lo alto, mientras Alejandra intentaba abrir una
dificultosa cerradura,
dijo "esto es el antiguo Mirador".
-- ¿Mirador?
-- Sí, por aquí no había más que quintas a
comienzos del siglo
pasado. Aquí
venían a pasar los fines de semana los Olmos, los Acevedo...
Se rió.
-- En la época en que los Olmos no eran unos muertos de hambre...
y unos locos...
-- ¿Los Acevedo? --preguntó Martín--. ¿Qué
Acevedos? ¿El que
fue vicepresidente?
-- Sí, esos.
Por fin, con grandes esfuerzos, logró abrir la vieja puerta. Levantó
su mano y encendió
la luz.
-- Bueno --dijo Martín--, por lo menos acá hay una lámpara.
Creí
que en esta casa sólo
se alumbraban con velas.
-- Oh, no te vayas a creer. Abuelo Pancho no usa más que quinqués.
Dice que la electricidad es mala para la vista.
Martín recorrió con su mirada la pieza como si recorriera
parte
del alma
desconocida de Alejandra. El techo no tenía cielo raso y se
veían
los grandes tirantes de madera. Había una cama turca
recubierta
con un poncho y un
conjunto de muebles que parecían sacados de un remate: de
diferentes épocas y estilos, pero todos rotosos y a punto de derrumbarse.
-- Vení, mejor sentate sobre la cama. Acá las sillas son
peligrosas.
Sobre una pared había un espejo, casi opaco, del tiempo veneciano,
con una pintura en
la parte superior. Había también restos de una
cómoda
y un bargueño. Había también un grabado
o litografía mantenido con cuatro chinches
en sus puntas.
Alejandra prendió un calentador de alcohol y se puso a hacer café.
Mientras se calentaba el agua puso un disco.
-- Escuchá --dijo, abstrayéndose y mirando al techo, mientras
chupaba su cigarrillo.
Se oyó una música patética y tumultuosa.
Luego, bruscamente, quitó el disco.
-- Bah --dijo--, ahora no la puedo oír.
Siguió preparando el café.
-- Cuando lo estrenaron, Brahms mismo tocaba el piano. ¿Sabés
lo que
pasó?
-- No.
-- Lo silbaron. ¿Te das cuenta lo que es la humanidad?
-- Bueno, quizá...
-- ¡Cómo quizá! --gritó Alejandra--, ¿acaso
creés que la humanidad
no es una pura chanchada?
-- Pero este músico también es la humanidad...
-- Mirá, Martín --comentó mientras echaba el café
en la taza--
esos son
los que sufren por el resto. Y el resto son nada más que hinchapelotas,
hijos de puta o cretinos, ¿sabés?.
Trajo el café.
Se sentó en el borde de la cama y se quedó pensativa. Luego
volvió
a poner el disco un minuto.
-- Oí, oí lo que es esto.
Nuevamente se oyeron los compases del primer movimiento.
-- ¿Te das cuenta, Martín, la cantidad de sufrimiento que
ha
tenido que
producirse en el mundo para que haya hecho música así?
Mientras quitaba el disco, comentó:
-- Bárbaro.
Se quedó pensativa, terminando su café. Luego puso el pocillo
en el suelo.
En el silencio, de pronto, a través de la ventana abierta, se oyó
el clarinete, como si un chico trazase garabatos sobre un papel.
-- ¿Dijiste que está loco?
-- ¿No te das cuenta? Ésta es una familia de locos. ¿Vos
sabés
quién vivió
en ese altillo, durante ochenta años? La niña Escolástica.
Vos sabés que
antes se estilaba tener algún loco encerrado en alguna
pieza del fondo. El
Bebe es más bien un loco manso, una especie
de opa, y de
todos modos nadie puede hacer mal con el clarinete.
Escolástica
también era una loca mansa. ¿Sabés
lo que le pasó? Vení.
--Se levantó
y fue hasta la litografía que estaba en la
pared con cuatro chinches.-- Mirá: son los restos de la legión
de Lavalle, en la quebrada
de Humahuaca. En ese
tordillo va el cuerpo del general. Ése es el
coronel Pedernera.
El de al lado es Pedro Echagüe. Y ese otro barbudo,
a la derecha, es el
coronel Acevedo. Bonifacio Acevedo, el tío del abuelo Pancho. A
Pancho le decimos abuelo, pero en realidad es bisabuelo.
Siguió mirando.
-- Ese otro es el alférez Celedonio Olmos, el padre de abuelo
Pancho, es
decir mi tatarabuelo. Bonifacio se tuvo que escapar a Montevideo. Allá
se casó con una uruguaya, una oriental, como dice
el abuelo, una muchacha
que se llamaba Encarnación Flores, y allá
nació Escolástica.
Mirá qué nombre. Antes de nacer, Bonifacio
se unió
a la legión
y nunca vió a la chica, porque la campaña
duró dos años
y de ahí, de
Humahuaca, pasaron a Bolivia, donde estuvo varios
años;
también en
Chile estuvo un tiempo. En el 52, a comienzos del
52,
después de
trece años de no ver a su mujer, que vivía
aquí en esta
quinta, el comandante
Bonifacio Acevedo, que estaba en Chile,
con otros exiliados,
no dió más de tristeza y se vino a Buenos
Aires, disfrazado de arriero: se decía que Rosas iba a caer de un
momento a
otro, que Urquiza
entraría a sangre y fuego en Buenos Aires. Pero
él
no quiso esperar y
se largó. Lo denunció alguien, seguro, si no no se
explica. Llegó
a Buenos Aires y lo pescó la Mazorca. Lo degollaron
y pasaron frente a
casa, golpearon en la ventana y cuando abrieron
tiraron la
cabeza a la sala. Encarnación se murió de la impresión
y Escolástica se volvió loca. ¡A los pocos días
Urquiza entraba en
Buenos Aires! Tenés
que tener en cuenta que Escolástica se había
criado sintiendo hablar
de su padre y mirando su retrato.
De un cajón de la cómoda sacó una miniatura, en colores.
-- Cuando era teniente de coraceros, en la campaña del Brasil.
Su brillante uniforme, su juventud, su gracia, contrastaban con la
figura barbuda y destrozada
de la vieja litografía.
-- La Mazorca estaba enardecida por el pronunciamiento de
Urquiza. ¿Sabés
lo que hizo Escolástica? La madre se desmayó,
pero ella se
apoderó de la cabeza de su padre y corrió hasta
aquí.
Aquí se encerró
con la cabeza del padre desde aquel año hasta
su
muerte, en 1932.
-- ¡En 1932!
-- Sí, en 1932. Vivió ochenta años, aquí, encerrada
con su cabeza.
Aquí había
que traerle la comida y sacarle todos los desperdicios.
Nunca salió
ni quiso salir. Otra cosa: con esa astucia que tienen los locos, había
escondido la cabeza de su padre, de modo que nadie nunca la
pudo sacar.
Claro, la habrían podido encontrar de haberse hecho
una búsqueda, pero ella se ponía frenética
y no había forma de engañarla. "Tengo que sacar algo
de la cómoda", le decían. Pero no había nada
que hacer. Y nadie
nunca pudo sacar nada de la cómoda, ni del bargueño,
ni de la petaca esa.
Y hasta que murió en 1932, todo quedó como
había estado en 1852. ¿Lo creés?
-- Parece imposible.
-- Es rigurosamente histórico. Yo también pregunté
muchas veces, ¿cómo comía? ¿Cómo limpiaban
la pieza? Le llevaban la comida y
lograban mantener
un mínimo de limpieza. Escolástica era una loca
mansa e
incluso hablaba normalmente sobre casi todo, excepto sobre
su padre y sobre la
cabeza. Durante los ochenta años que estuvo
encerrada nunca,
por ejemplo, habló de su padre como si hubiese
muerto. Hablaba en
presente, quiero decir, como si estuviese en 1852
y como si tuviera
doce años y como si su padre estuviese en Chile
y
fuese a venir de un
momento a otro. Era una vieja tranquila. Pero su
vida y hasta su lenguaje
se habían detenido en 1852 y como si Rosas estuviera todavía
en el poder. "Cuando ese hombre caiga", decía
señalando con
su cabeza hacia afuera, hacia donde había tranvías
eléctricos
y gobernaba Yrigoyen. Parece que su realidad tenía
grandes regiones huecas o quizá como encerradas también
con llave, y daba
rodeos astutos como
los de un chico para evitar hablar de
esas cosas,
como si no hablando
de ellas no existiesen y por lo tanto tampoco
existiese la muerte
de su padre. Había abolido todo lo que estaba
unido
al degüello
de Bonifacio Acevedo.
-- ¿Y qué pasó con la cabeza?
-- En 1932 murió Escolástica y por fin pudieron revisar la
cómoda
y la petaca del comandante.
Estaba envuelta en trapos (parece que la
vieja la
sacaba todas las noches y la colocaba sobre el bargueño
y se
pasaba las horas mirándola
o quizá dormía con la cabeza allí, como un florero).
Estaba momificada y achicada, claro. Y así ha permanecido.
-- ¿Cómo?
-- Y por supuesto, ¿qué querés que se hiciera con
la cabeza?
¿Qué
se hace con una cabeza en semejante
situación?
-- Bueno, no sé. Toda esta historia es tan absurda, no sé.
-- Y sobre todo tené presente lo que es mi familia, quiero decir
los Olmos, no los
Acevedo.
-- ¿Qué es tu familia?
-- ¿Todavía necesitás preguntarlo? ¿No lo oís
al tío Bebe tocando
el clarinete? ¿No
ves dónde vivimos? Decíme, ¿sabés
de alguien que
tenga apellido en
este país y que viva en Barracas, entre conventillos
y fábricas? Comprenderás que con la cabeza no podía
pasar nada normal, aparte de que nada de lo que pase
con una cabeza sin el cuerpo correspondiente puede ser normal.
-- ¿Y entonces?
-- Pues muy simple: la cabeza quedó en casa.
Martín se sobresaltó.
-- ¿Qué, te impresiona? ¿Qué otra cosa se podía
hacer? ¿Hacer
un cajoncito y un
entierro chiquito para la cabeza?
Martín se rió nerviosamente, pero Alejandra permanecía
seria.
-- ¿Y dónde la tienen?
-- La tiene el abuelo Pancho, abajo, en una caja de sombreros.
¿Querés
verla?
-- ¡Por amor de Dios! --exclamó Martín.
-- ¿Qué tiene? Es una hermosa cabeza, y te diré que
me hace
bien verla
de vez en cuando, en medio de tanta basura. Aquéllos
al
menos eran
hombres de verdad y se jugaban la vida por lo que creían.
Te doy el dato
que casi toda mi familia ha sido unitaria o lomos negros,
pero que ni Fernando
ni yo lo somos.
-- ¿Fernando? ¿Quién es Fernando?
Alejandra se quedó repentinamente callada, como si hubiese dicho
algo de más.
Martín se quedó sorprendido. Tuvo la sensación de
que Alejandra
había dicho
algo involuntario. Se había levantado, había
ido hasta
la mesita
donde tenía el calentador y había puesto agua a calentar,
mientras encendía
un cigarrillo. Luego se asomó a la ventana.
-- Vení --dijo, saliendo.
Martín la siguió. La noche era intensa y luminosa. Alejandra
caminó
por la terraza hacia la parte de adelante
y luego se apoyó en la balaustrada.
-- Antes --dijo-- se veía desde aquí la llegada de los barcos
al
Riachuelo.
-- Y ahora, ¿quién vive aquí?
-- ¿Aquí? Bueno, de la quinta no queda casi nada. Antes era
una manzana. Después empezaron a vender. Ahí
están esa fábrica y esos galpones, todo eso pertenecía
a la quinta. De aquí, de este otro lado
hay conventillos.
Toda la parte de atrás de la casa también se vendió.
Y esto que
queda está todo hipotecado y en cualquier momento
lo
rematan.
-- ¿Y no te da pena?
Alejandra se encogió de hombros.
-- No sé, tal vez lo siento por el Abuelo. Vive en el pasado, y
se
va a
morir sin entender lo que ha sucedido en este país.
¿Sabés lo que
pasa con
el viejo? Pasa que no sabe lo que es la porquería, ¿entendés?
Y ahora no
tiene ni tiempo ni talento para llegar a saberlo. No sé si es
mejor o es
peor. La otra vez nos iban poner bando
de remate y tuve
que ir a verlo a Molinari
para que arreglara el asunto.
-- ¿Molinari?
Martín volvía a oír ese nombre por segunda vez.
-- Sí, una especie de animal mitológico. Como si un chancho
dirigiese una sociedad anónima.
Martín la miró y Alejandra añadió, sonriendo:
-- Tenemos cierto género de vinculación. Te imaginás
que si
ponen la
bandera de remate el viejo se muere.
-- ¿Tu padre?
-- Pero no, hombre: el abuelo.
-- ¿Y tu padre no se preocupa del problema?
Alejandra lo miró con una expresión que podría ser
la mueca de
un explorador a quien
se le pregunta si en el Amazonas está muy
desarrollada
la industria automovilística.
-- Tu padre --insistió Martín, de puro tímido que
era, porque precisamente sentía que había dicho un
disparate (aunque no sabía por
qué) y que
era mejor no insistir.
-- Mi padre nunca está aquí --se limitó a aclarar
Alejandra, con
una voz
que era distinta.
Martín, como los que aprenden a andar en bicicleta y tienen que
seguir adelante para
no caerse y que, gran misterio, terminan siempre
por irse contra un
árbol o cualquier otro obstáculo, preguntó:
-- ¿Vive en otra parte?
-- ¡Te acabo de decir que no vive acá!
Martín enrojeció.
Alejandra fue hacia el otro extremo de la terraza y permaneció
allá
un buen tiempo. Luego volvió y
se acodó sobre la balaustrada,
cerca de Martín.
-- Mi madre murió cuando yo tenía cinco años. Y cuando
tuve
once lo
encontré a mi padre aquí con una mujer.
Pero ahora pienso
que vivía
con ella mucho antes que mi madre muriese.
Con una risa que se parecía a una risa normal como un criminal jorobado
puede parecerse a un hombre sano agregó:
-- En la misma cama donde yo duermo ahora.
Encendió un cigarrillo y a la luz del encendedor Martín pudo
ver
que en su cara quedaban
restos de la risa anterior, el cadáver maloliente
del jorobado.
Luego, en la oscuridad, veía como el cigarrillo de Alejandra
se encendía
con las profundas aspiraciones que ella hacía:
fumaba,
chupaba el
cigarrillo con una avidez ansiosa y concentrada.
-- Entonces me escapé de mi casa --dijo.