Todo es amor: la paz,
la guerra, el día,
la noche, el sí
que paga al bienamado
y el no, que es la
perfecta egolatría.
La alegría es
amor manifestado;
la nostalgia amorosa
melodía
y la muerte el amor
eternizado.
O si el sol florece
en los balcones
y siembra su calor
en el polvo movedizo
las gentes que hallo
son simples piedras
que no sé por
qué viven rodando.
Bajo sus ojos que me
miran hostiles
como si yo fuera enemigo
de todos
no puedo descubrir
una conciencia libre
de criminal o de artista
pero sé que
todos luchan solos
por lo que buscan
todos juntos.
Son un largo gemido
todas las calles que
conozco.
Vedlo
vendiendo luz a los
que pasan
por un valor de cobre
de rutina.
De las floristerías
sale un olor a muerto,
mas él conoce
sólo la tez de los jazmines
que riega la pequeña
en su jardín errante;
y el pulso que adivina
las piedras del camino
pide, torpe, a los
cielos su última moneda.
En esta encrucijada
en que se anuda
el tránsito
en urbano remolino,
los dedos de la niña
tejen el verde paso
y, náufrago
en los hombros de los rudos peatones,
el ciego les perdona
a los hombres no verlo,
mientras sigue buscando
sus pupilas caídas
entre el polvo de
estrellas sin distancia.
Si las noches fueran
más largas
las mujeres se ahorcarían
en sus cabellos, llamas oscuras
que multiplican la
pesadilla o el espasmo.
Pues esta niña
que se asoma al día por el espejo
parece recién
salida del paraíso.
Si las noches fueran
más largas
el polvo afirmaría
su dominio sobre todas las cosas.
Yo siempre duermo
con mi única fiel compañera,
que me acaricia el
rostro con sus manos de hollín.
El hombre se defiende
de la muerte
en la noche, y todas
las mañanas
debe luchar contra
el puñado de ávida ceniza
que le adelanta a
su sepulcro
la vida.
¿En la mesada
que no llega o llega demasiado tarde?
¿En la muerte
que les sonrió cuando eran soldados
y ahora les hace una
mueca civil y sibilina?
En su mesa los pensionados
ahora sólo
con un uniforme: el cabello blanco
o la calva brillante
de opacos pensamientos,
la vejez y sus inevitables
carencias,
la sordidez y la sordera,
la prótesis
ya asimilada en el alma
y esa creciente e
insaciable avaricia
que sustituye al apetito
y a las ilusiones.
En la mesa de los jubilados
—unos dicen adiós
y otros hasta luego—
siempre hay un sitio
para alguien más,
corren sus sillas
para abrir campo al que llega
con la misma estrecha
asignación.
Allí está
tu puesto —por supuesto—
cuando ya no tengas
otro
y cuando en todas
partes te digan no, gracias,
por haber cumplido
demasiado.