La huelga grande
estalló. Los cultivos se
quedaron a medias,
la fruta se pasó en las
cepas y los trenes de
ciento veinte vagones se
pararon en los ramales.
Los obreros ociosos en
un sábado de muchos
días, y en el salón
de
billares del Hotel de
Jacob hubo que establecer turnos de 24 horas. Allí
estaba José Arcadio Segundo, el día en que se anunció
que el ejército había sido encargado
de restablecer el orden público. Aunque no era
hombre de presagios,
la noticia fue para él como un anuncio de la muerte,
que había esperado desde la mañana distante en que el coronel
Gerineldo Márquez le
permitió ver un fusilamiento. Sin embargo, el
mal augurio no alteró la solemnidad. Hizo la jugada que tenía
prevista y no erró la carambola.
Poco después, las descargas de redoblante, los
ladridos del clarín,
los gritos y el tropel de la gente le indicaron que no
sólo la partida de
billar sino la callada y solitaria partida que jugaba
consigo mismo desde
la madrugada de la ejecución, habían por
fin terminado. Entonces se
asomó a la calle, y los vio. Eran tres regimientos
cuya marcha pautada
por tambor de galeotes hacía trepidar la tierra.
Su resuello de dragón multicéfalo impregnó de un vapor
pestilente la claridad del mediodía.
Eran pequeños, macizos, brutos. Sudaban con sudor
de caballo,
y tenían un olor de carnaza macerada por el sol,
y la impavidez taciturna
e impenetrable de los hombres del páramo. Aunque
tardaron más de una hora en pasar, hubiera podido pensarse que eran
unas pocas escuadras girando en redondo, porque todos eran idénticos,
hijos de la misma
madre, y todos soportaban con igual estolidez el peso
de los morrales
y las contimploras, y la vergüenza de los fusiles
con las bayonetas
caladas, y el incorio de la obediencia ciega y el sentido
del honor.
Úrsula los oyó pasar desde su lecho de
tinieblas y levantó la mano con
los dedos en cruz. Santa Sofía de la Piedad existió
por instante, inclinada sobre el mantel bordado que acababa de planchar,
y pensó en su hijo,
José Arcadio Segundo, que vio pasar sin inmutarse
los últimos soldados
por la puerta del Hotel de Jacob.
La ley marcial
facultaba al ejército para asumir funciones árbitro
de la controversia, pero no se hizo ninguna tentativa
de conciliación.
Tan pronto como se exhibieron en Macondo, los soldados
pusieron a
un lado los fusiles, cortaron y embarcaron al banano
y movilizaron los trenes. Los trabajadores, que hasta entonces se habían
conformado
con esperar, se echaron al monte sin más armas
que sus machetes
de labor, y empezaron a sabotear el sabotaje. Incendiaron
fincas y
comisariatos, destruyeron los rieles para impedir el
tránsito de los
trenes que empezaban a abrirse paso con fuego de ametralladoras,
y cortaron los alambres del telégrafo y el teléfono.
Las acequias se
tiñeron de sangre. El señor Brown, que
estaba vivo en el gallinero electrificado, fue sacado de Macondo con su
familia y las de otros compatriotas suyos, y conducidos a territorio seguro
bajo la protección
del ejército. La situación amenazaba con
evolucionar hacia una guerra
civil desigual y sangrienta, cuando las autoridades hicieron
un llamado
a los trabajadores para que se concentraran en Macondo.
El llamado anunciaba que el Jefe Civil y Militar de la provincia llegaría
el viernes
siguiente, dispuesto a interceder en el conflicto.
José
Arcadio Segundo estaba entre la muchedumbre que se
concentró en la estación desde la mañana
del viernes. Había participado
en una reunión de los dirigentes sindicales y
había sido comisionado
junto con el coronel Gavilán para confundirse
con la multitud y orientarla según las circunstancias. No se sentía
bien, y amasaba una pasta salitrosa
en el paladar, desde que advirtió que el ejército
había emplazado nidos
de ametralladoras alrededor de la plazoleta, y que la
ciudad almbrada
de la compañia bananera estaba protegido con piezas
de artillería.
Hacia las doce, esperando un tren que no llegaba, más
de tres mil
personas, entre trabajadores, mujeres y niños,
habían desbordado el
espacio descuebierto frente a la estación y se
apretujaban en las calles
adyacentes que el ejército cerró con filas
de ametralladoras. Aquello
parecía entonces, más que una recepción,
una feria jubilosa. Habían trasladado los puestos de fritangas y
las tiendas de bebidas de Calle de
los Turcos, y la gente soportaba con muy buen ánimo
el fastidio de la
espera y el sol abrasante. un poco antes de las tres
corrió el rumor de
que el tren oficial no llegaría hasta el día
siguiente. La muchedumbre cansada exhaló un suspiro de desaliento.
Un teniente del ejército se
subió entonces en el techo de la estación
, donde había cuatro nidos de ametralladoras enfiladas hacia la
multitud, y se dio un toque de silencio.
Al lado de José Arcadio Segundo estaba una mujer
descalza, muy gorda,
con dos niños de unos cuatro y siete años.
Cargó al menor, y le pidió
a José Arcadio Segundo, sin conocerlo, que levantara
al otro para que
oyera mejor lo que iban a decir. José Arcadio
Segundo se acaballó al
niño en la nuca. Muchos años después,
ese niño había de seguir contando, sin que nadie se lo creyera,
que había visto al teniente leyendo con una bocina de gramófono
el Decreto Número 4 del Jefe Civil y Militar de la provincia.Estaba
firmado por el general Carlos Cortes Vargas, y por su secretario, el mayor
Enrique García Isaza, y en tres artículos de ochenta palabras
declaraba a los huelguistas cuadrilla de malhechores y facultaba
al ejército para matarlos a bala.
Leído
el decreto, en medio de una ensordecedora rechifla de
protesta, un capitán sustituyó al teniente
en el techo de la estación,
y con la bocina de gramófono hizo señas
de que quería hablar.
La muchedumbre volvió a guardar el silencio.
- Señoras
y señores - dijo el capitán con una voz baja, lenta,
un poco cansada - , tienen cinco minutos para retirarse.
La rechifla y
los gritos redoblados ahogaron el toque de clarín
que anunció el principio
del plazo.
Nadie se movió.
- Han pasado
cinco minutos - dijo el capitán en el mismo tono -.
Un minuto más y se hará fuego.
José
Arcadio Segundo, sudando hielo, se bajó al niño de los
hombros y se lo entregó a la mujer.
"Estos cabrones
son capaces de disparar", murmuró ella.
José Arcadio Segundo no tuvo tiempo de hablar,
porque al instante reconoció la voz ronca del coronel Gavilán
haciéndoles eco con un grito
a las palabras de la mujer. Embriagado por la tensión,
por la maravillosa profundidad del silencio y, además, convencido
de que nada haría mover
a aquella muchedumbre pasmada por la fascinación
de la muerte, José Arcadio Segundo se empinó por encima de
las cabezas que tenía enfrente,
y por primera vez en su vida levantó la voz.
- ¡Cabrones!
- gritó -. Les regalamos el minuto que falta.
Al final de
su grito ocurrió algo que no le produjo espanto, sino una especie
de alucinación. El capitán dio la orden de fuego y catorce
nidos
de ametralladoras le respondieron en el acto. Pero todo
parecía una farsa. Era como si las ametralladoras hubieran estado
cargadas con engañifas
de pirotecnia, porque se escuchaba su anhelante tableteo,
y se veían sus escupitajos incandescentes, pero no se percibía
la más leve reacción,
ni una voz, ni siquiera un suspiro, entre la muchedumbre
compacta que parecía petrificada por una invulnerabilidad instantánea.
De pronto ,
a un lado de la estación, un grito de muerte desgarró
el encantamiento: "Aaaay, mi madre." Una fuerza sísmica, un aliento
volcánico, un rugido
de cataclismo, estallaron en el centro de la muchedumbre
con una
descomunal potencia expansiva. José Arcadio Segundo
apenas tuvo
tiempo de levantar al niño, mientras la marea
con el otro era absorbida
por la muchedumbre centrifugada por el pánico.
Muchos años
después, el niño había de contar todavía, a
pesar de
que los vecinos seguían creyéndole un viejo
chiflado, que José Arcadio Segundo lo levantó por encima
de su cabeza, y se dejó arrastrar, casi
en el aire, como flotando en el terror de la muchedumbre,
hacia una calle
adyacente. La posición privilegiada del niño
le permitió ver que en ese momento la masa desbocada empezaba a
llegar a la esquina y la fila de ametralladoras abrió fuego. Varias
voces gritaron al mismo tiempo:
- ¡
Tírense al suelo! ¡ Tírense al suelo!
Ya los de
las primeras líneas lo habían hecho, barridos por las
ráfagas de metralla. Los sobrevivientes, en vez
de tirarse al suelo,
trataron de volver a la plazoleta, y el pánico
dio entonces un coletazo
de dragón, y los mandó en una oleada compacta
contra la otra oleada
que se movía en sentido contrario, despedida por
el otro coletazo de
dragón de la calle opuesta, donde también
las ametralladoras disparaban
sin tregua. Estaban acorralados, girando en un torbellino
gigantesco que
poco a poco se reducía a su epicentro porque sus
bordes iban siendo sistemáticamente recortados en redondo, como
pelando una cebolla,
por las tijeras insaciables y metódicas de la
metralla. El niño vio a una
mujer arrodillada, con los brazos en cruz, en un espacio
limpio, misteriosamente vedado a la estampida. Allí lo puso José
Arcadio
Segundo, en el instante de derrumbarse con la cara bañada
en sangre,
antes de que el tropel colosal arrasara con el espacio
vacío, con la mujer
arrodillada, con la luz del alto cielo de sequía,
y con el puto mundo
donde Úrsula Iguarán había vendido
tantos animalitos de caramelo.
Cuando José
Arcadio Segundo despertó estaba bocarriba en las tinieblas. Se dio
cuenta de que iba en un tren interminable y silencioso,
y de que tenía el cabello apelmazado por la sangre
seca y le dolían todos
los huesos. Sintió un sueño insoportable.
Dispuesto a dormir muchas
horas, a salvo del terror y el horror, se acomodó
del lado que menos
le dolía, y solo entonces descubrió que
estaba acostado sobre los muertos. No había un espacio libre en
el vagón, salvo el corredor central. Debían
de haber pasado varias horas después de la masacre,
porque los cadáveres tenían la misma temperatura del yeso
en otoño, y su misma consistencia
de espuma petrificada, y quienes los habían puesto
en el vagón tuvieron tiempo de arrumarlos en el orden y el sentido
en que se transportaban
los racimos de banano. Tratando de fugarse de la pesadilla,
José Arcadio Segundo se arrastró de un vagón a otro,
en la dirección en que avanzaba
el tren, y en los relámpagos que estallaban por
entre los listones de
madera al pasar por los pueblos dormidos veía
los muertos hombres,
los muertos mujeres, los muertos niños, que iban
a ser arrojados al mar como el banano de rechazo. Solamente reconoció
a una mujer que
vendía refrescos en la plaza y al coronel Gavilán,
que todavía llevaba enrollado en la mano el cinturón con
l hebilla de plata moreliana con
que trató de abrirse camino a través del
pánico. Cuando llegó al primer vagón dio un salto
en la oscuridad, y se quedó tendido en la zanja hasta
que el tren acabó de pasar. Era el mas largo que
había visto nunca, con
casi doscientos vagones de carga, y una locomotora en
cada extremo
y una tercera en el centro. No llevaba ninguna luz, ni
siquiera las rojas
y verdes lámparas de posición, y se deslizaba
a una velocidad nocturna
y sigilosa. Encima de los vagones se veían los
bultos oscuros de los
soldados con las ametralladoras emplazadas.
Después
de medianoche se precipitó un aguacero torrencial.
José Arcadio Segundo ignoraba dónde había
saltado, pero sabía que caminando en sentido contrario al del tren
llegaría a Macondo. Al cabo
de más de tres horas de marcha, empapado hasta
los huesos, con un
dolor de cabeza terrible, divisó las primeras
casas a la luz del amanecer. Atraído por el olor del café,
entró en una cocina donde una mujer con
un niño en brazos estaba inclinada sobre el fogón.
- Buenas -
dijo exhausto -. Soy José Arcadio Segundo Buendía.
Pronunció
el nombre completo, letra por letra, para convencerse
de que estaba vivo. Hizo bien, porque la mujer había
pensado que era
una aparición al ver en la puerta la figura escuálida,
sombría, con la
cabeza y la ropa sucias de sangre, y tocada por la solemnidad
de la
muerte. Lo conocía. Llevó una manta para
que se arropara mientras se secaba la ropa en el fogón, le calentó
agua para que se lavara la herida
que era sólo un desgarramiento de la piel, y le
dio un pañ limpio para
que se vendara la cabeza. Luego le sirvió un pocillo
de café, sin azúcar, como le habían dicho que lo tomaban
los Buendía, y abrió la ropa cerca
del fuego.
