¡Oh hijo espléndido de
los dioses! Cuando te arrebataron a la que amabas,
Saliste a orillas del mar, y juntando
tu llanto con las olas,
Quejándose de dolor, tu corazón
ansiaba hundirse en el abismo sagrado,
En el silencio, donde, lejos del bullicio
de las barcas,
Profundamente bajo las olas, en apacible
gruta vive
Tetis, la hermosa diosa del mar, tu
protectora.
¡Madre le era al adolescente,
ella, la diosa poderosa, y antaño,
Cuando niño, amorosamente habíale
nutrido en las costas rocosas
De su isla con el potente canto de
las olas,
Y en baño fortificante le había
convertido en héroe !
Así, la madre oyó la
queja del adolescente a quien amaba,
Y semejante a nubes ligeras, tristemente
surgió del lecho obscuro del mar,
Para calmar con tiernos abrazos el
dolor de su favorito,
Y él sintió cuán
amorosamente alivio le ofrecía.
¡Oh hijo de los dioses! Si fuera
como tú, podría, lleno de confianza,
Confesar mi secreto dolor a alguno
de los inmortales.
¡Ay! Pero no debo expresarlo;
soportar debo la ignominia, como si nunca
Hubiera sido de ella, la que no obstante
me recuerda con lágrimas.
¡Dioses benignos! Vosotros empero
escucháis cualquier ruego ferviente
de los hombres,
Y desde que vivo, ¡ay!, íntima
y religiosamente te amaba a ti,
Luz sagrada; a ti, tierra, y a tus
manantiales y bosques;
¡Padre Eter, demasiado ansioso
y límpido te ha sentido
Este corazón! — ¡Oh,
vosotros, seres de bondad, suavizadme el dolor
Para que mi alma no enmudezca demasiado
temprano,
Para que viva y os dé las gracias,
a vosotras, altas fuerzas divinas,
Con himnos de devoción; aún
en el día declinante os dé las gracias,
Por bienes anteriores, por alegrías
de la pasada juventud;
Entonces, llevad al solitario, llevadlo
bondadosamente con vosotras!