Juan Rulfo
"Pies planos-dijo
el que lo seguía-. Y un dedo de menos. Le falta
el dedo gordo en el pie izquierdo.
No abundan fulanos con estas señas.
Así que será fácil."
La vereda subía,
entre yerbas, llena de espinas y de malas mujeres. Parecía un camino
de hormigas de tan angosta. Subía sin rodeos
hacia el
cielo. Se perdía allí y luego volvía
a aparecer más lejos, bajo un cielo más
lejano.
Los pies siguieron
la vereda, sin desviarse. El hombre caminó apoyándose en
los callos de sus talones, raspando las piedras con
las uñas de sus pies, rasguñándose
los brazos, deteniéndose en cada
horizonte para medir su fin: "No el mío sino el
de él", dijo. Y volvió
la cabeza para ver quién había
hablado.
Ni una gota
de aire, sólo el eco de su ruido entre las ramas rotas. Desvanecido
a fuerza de ir a tientas, calculando sus pasos, aguantando
hasta la respiración: "Voy a lo que voy", volvió
a decir. Y supo que era
él el que hablaba.
"Subió
por aquí, rastrillando el monte -dijo el que lo perseguía-.
Cortó las ramas con un machete.
Se conoce que lo arrastraba el ansia.
Y el ansia deja huellas siempre. Eso lo perderá."
Comenzó
a perder el ánimo cuando las horas se alargaron y detrás
de un horizonte estaba otro y el
cerro por donde subía no terminaba.
Sacó el machete y cortó las ramas duras
como raíces y tronchó la yerba
desde la raíz. Mascó un gargajo mugroso
y lo arrojó a la tierra con coraje.
Se chupó los dientes y volvió
a escupir. E1 cielo estaba tranquilo allá
arriba, quieto, trasluciendo sus nubes
entre la silueta de los palos guajes,
sin hojas. No era tiempo de hojas. Era ese tiempo seco
y roñoso de
espinas y de espigas secas y silvestres. Golpeaba con
ansia los matojos
con el machete: "Se amellará
con este trabajito, más te vale dejar en paz
las cosas".
Oyó allá atrás su propia voz.
"Lo señaló
su propio coraje -dijo el perseguidor-. E1 ha dicho
quién
es, ahora sólo falta saber dónde está.
Terminaré de subir por donde subió,
después bajaré por donde bajó, rastreándolo
hasta cansarlo. Y donde yo
me detenga, allí estará
. Se arrodillará y me pedirá perdón. Y yo le dejaré
ir un balazo en la nuca... Eso sucederá
cuando yo te encuentre."
Llegó
al final. Sólo el puro cielo, cenizo, medio quemado por
la nublazón de la noche. La tierra se había
caído para el otro lado.
Miró la casa enfrente de él, de la que
salía el último humo del rescoldo.
Se enterró en la tierra blanda, recién
removida. Tocó la puerta sin querer,
con el mango del machete. Un perro
llegó y le lamió las rodillas, otro más corrió
a su alrededor moviendo la cola. Entonces empujó la
puerta sólo cerrada a la noche.
E1 que lo perseguía
dijo: "Hizo un buen trabajo. Ni siquiera los
despertó. Debió llegar a eso de la una,
cuando el sueño es más pesado; cuando
comienzan los sueños; después del 'Descansen
en paz', cuando
se suelta la vida en manos de la noche
con el cansancio del cuerpo raspa
las cuerdas de la desconfianza y
las rompe".
"No debí
matarlos a todos -dijo el hombre-.Al menos no a todos".
Eso fue lo que dijo.
La madrugada
estaba gris, llena de aire frío. Bajó hacia el otro
lado, resbalándose por el zacatal. Soltó el machete que
llevaba todavía apretado
en la mano cuando el frío le entumeció
las manos.Lo dejó allí. Lo vio
brillar como un pedazo de culebra
sin vida, entre las espigas secas.
El hombre bajó
buscando el río, abriendo una nueva brecha
entre
el monte.
Muy abajo el
río corre mullendo sus aguas entre sabinos florecidos;
meciendo su espesa corriente en silencio. Camina y da
vuelta sobre sí mismo.Va y viene como una serpentina enroscada
sobre la tierra verde.
No hace ruido. Uno podría dormir
allí, junto a él, y alguien oiría la
respiración de uno, pero
no la del río. La yedra baja desde los altos
sabinos y se hunde en el agua, junta
sus manos y forma telarañas que
el río no deshace en ningún
tiempo.
El hombre encontró
la línea del río por el color amarillo de los
sabinos. No lo oía. Sólo lo veía
retorcerse bajo las sombras.Vio venir las chachalacas.
La tarde anterior se habían ido siguiendo,el sol, volando en parvadas
detrás de la luz. Ahora el sol estaba por salir
y ellas regresaban
de nuevo.
Se persignó
hasta tres veces. "Discúlpenme", les dijo. Y comenzó
su tarea.Cuando llegó al tercero, le salían chorretes
de lágrimas. O tal vez era sudor.Cuesta trabajo matar.
El cuero es correoso. Se defiende aunque se
haga a la resignación y el
machete estaba mellado: "Ustedes me han de
perdonar", volvió a decirles.
" Se sentó
en la arena de la playa -eso dijo el que lo perseguía-.
Se sentó aquí y no se movió por
un largo rato. Esperó a que despejaran
las nubes. Pero el sol no salió ese día,
ni al siguiente . Me acuerdo.
Fue el domingo aquel en que se me
murió el recién nacido y fuimos
a enterrarlo. No teníamos tristeza,
sólo tengo memoria de que el cielo
estaba gris y de que las flores
que llevamos estaban desteñidas y
marchitas como si sintieran la falta
del sol.
"E1 hombre
ese se quedó aquí ,esperando. Allí estaban sus
huellas:
el nido que hizo junto a los matorrales; el calor de
su cuerpo abriendo un
pozo en la tierra húmeda."
"No debí
haberme salido de la vereda -pensó el hombre. Por
allá
hubiera llegado. Pero es peligroso caminar por
dondc todos caminan,
sobre todo llevando este peso que yo llevo.
Este peso se ha de ver por cualquier ojo que me mire; se
ha de ver como si fuera una hinchazón
rara. Yo así lo siento. Cuando
sentí que me había cortado un dedo,
la gente lo vio y yo no, hasta después.
Así ahora, aunque no quiera,
tengo que tener alguna señal. Asi lo siento, por
el peso, o tal vez el
esfuerzo me cansó". Luego añadió:"No
debí matarlos a todos; me
hubiera conformado con el que tenía que
matar; pero estaba oscuro y
los bultos cran iguales... Después
de todo, así de a muchos les costará
menos el entierro."
"Te cansarás
primero que yo. Llegaré a donde quieres llegar
antes que tú estés allí -dijo el
que iba detrás de él-. Me sé de
memoria
tus intenciones, quién eres y de dónde
eres y adónde vas. Llegaré antes
que tú llegues."
"Este no es
el lugar -dijo el hombre al ver el río- Lo cruzaré
aquí
y luego más allá y quizá salga a
la misma orilla. Tengo que estar al otro
lado, donde no me conocen, donde nunca
he estado y nadie sabe de mí;
luego caminaré derecho, hasta
llegar. De allí nadie me sacará nunca".
Pasaron más parvadas de chachalacas, graznando con gritos que ensordecían.
"Caminaré
más abajo. Aquí el se hace un enredijo y puede
devolverme a donde no quiero regresar."
"Nadie te hará
daño nunca, hijo. Estoy aquí para protegerte.
Por eso nací antes que tú y mis huesos
se endurecieron antes que
los tuyos".
Oía
su voz, su propia voz, saliendo despacio de su boca.
La sentía sonar como una cosa falsa y sin sentido.
¿Por
qué habría dicho aquello? Ahora su hijo se estaría
burlando
de él. O tal vez no. "Tal vez esté lleno
de rencor conmigo por haberlo
dejado solo en nuestra última hora. Porque
era también la mía; era únicamente la mía.
É1 vino por mí. No los buscaba a ustedes,
simplemente era yo el final de su
viaje, la cara que él soñaba ver muerta, restregada
contra el lodo, pateada y pisoteada hasta la desfiguración.
Igual que lo que yo hice con su hermano; pero lo hice
cara a cara,
José Alcancía, frente a él y frente
a ti y tú nomás llorabas y temblabas
de miedo. Desde entonces supe quién eras
y cómo vendrías a buscarme.
Te esperé un mes, despierto de
día y de noche, sabiendo que llegarías a rastras, escondido
como una mala víbora. Y llegaste tarde. Y yo también
llegué tarde. Llegué detrás de
ti. Me entretuvo el entierro del recién nacido.
Ahora entiendo. Ahora entiendo por qué se me marchitaron
las flores en
la mano."
"No debí
matarlos a todos -iba pensando el hombre-. No valía
la
pena echarme ese tercio tan pesado en mi espalda.
Los muertos pesan
más que los vivos; lo aplastan a uno. Debía
de haberlos tentaleado de
uno por uno hasta dar con él;
lo hubiera conocido por el bigote; aunque
estaba oscuro hubiera sabido dónde
pegarle antes que se levantara...
Después de todo, así estuvo mejor. Nadie
los llorará y yo viviré en paz.
La cosa es encontrar el paso para irme de aquí
antes que me agarre la
noche."
El hombre entró
a la angostura del río por la tarde. E1 sol no
había salido en todo el día, pero la luz
se había borneado, volteando
las sombras; por eso supo que era después del
mediodía.
"Estás
atrapado -dijo el que iba detrás de él y que ahora
estaba
sentado a la orilla del río-. Te has metido en
un atolladero.Primero
haciendo tu fechoría y ahora yendo hacia
los cajones, hacia tu propio
cajón. No tiene caso que te
siga hasta allá. Tendrás que regresar en
cuanto te veas encañonado.
Te esperaré aquí. Aprovecharé el tiempo
para medir la puntería, para
saber dónde te voy a colocar la bala.
Tengo paciencia y tú no la tienes, así
que ésa es mi ventaja. Tengo mi corazón
que resbala y da vueltas en su propia sangre, y el
tuyo está desbaratado, revenido y lleno de pudrición.
Esa es también mi ventaja. Mañana estarás muerto,
o tal vez pasado mañana o dentro de ocho días.
No importa el tiempo. Tengo paciencia."
E1 hombre vio
que el río se encajonaba entre altas paredes
y se
detuvo. "Tendré que regresar", dijo.
E1 río
en estos lugares es ancho y hondo y no tropieza con ninguna
piedra. Se resbala en un cauce como de aceite espeso y
sucio. Y de vez
en cuando se traga alguna rama en sus remolinos,
sorbiéndola sin que se
oiga ningún quejido.
"Hijo -dijo
el que estaba sentado esperando-: no tiene caso que
te
diga que el que te mató está muerto desde
ahora. ¿Acaso yo ganaré algo
con eso? La cosa es que yo no estuve contigo.
¿De qué sirve explicar
nada? No estaba contigo. Eso es
todo. Ni con ella. Ni con él. No estaba
con nadie; porque el recién
nacido no me dejó ninguna señal de recuerdo."
El hombre recorrió un largo tramo río arriba.
En la cabeza le rebotaban burbujas de sangre.
"Creí
que el primero iba a despertar a los demás con su estertor,
por eso me di prisa." "Discúlpenme la apuración",
les dijo. Y después
sintió que el gorgoreo aquel era igual al
ronquido de la gente dormida;
por eso se puso tan en calma cuando
salió a la noche de afuera, al frío
de aquella noche nublada.
Parecía
venir huyendo. Traía una porción de lodo en las zancas,
que ya ni se sabía cuál era el color de
sus pantalones.
Lo ví
desde que se zambulló en el río . Apechugó el
cuerpo y
luego se dejó ir corriente abajo, sin manotear,
como si caminara pisando
el fondo. Después rebasó la orilla y puso
sus trapos a secar . Lo vi que temblaba de frío. Hacía
aire y estaba nublado.
Me estuve asomando
desde el boquete de la cerca donde me tenía
el patrón al encargo de sus borregos. Volvía
y miraba a aquel hombre sin
que él se maliciara que alguien lo estaba
espiando.
Se apalancó
en sus brazos y se estuvo estirando y aflojando su
humanidad, dejando orear el cuerpo para que se secara.
Luego se enjaretó
la camisa y los pantalones agujerados.
Ví que no traía machete ni ningún arma. Sólo
la pura funda que le colgaba de la cintura, huérfana.
Miró
y remiró para todos lados y se fue. Y ya iba yo a enderezarme
para arriar mis borregos, cuando lo volví a ver
con la misma traza de desorientado.
Se metió otra vez al río, en el brazo de en medio, de regreso.
"¿Qué trairá este hombre?", me pregunté.
Y nada. Se
echó de vuelta al río y la corriente se soltó
zangoloteándolo como un reguilete, y hasta por
poco y se ahoga.
Dio muchos manotazos y por fin no pudo pasar y salió
allá a bajo,
echando buches de agua hasta desentriparse.
Volvió
a hacer la operación de secarse en pelota y luego arrendó
río arriba por el rumbo de donde había
venido.
Que me lo dieran ahorita. De saber lo que había hecho lo hubiera apachurrado a pedradas y ni siquiera me entraría el remordimiento.
Ya lo decía
yo que era un juilón. Con sólo verle la cara. Pero
no
soy adivino, señor licenciado. Sólo soy
un cuidador de borregos y hasta
si usted quiere algo miedoso cuando da la ocasión.
Aunque,como usted
dice, lo pude muy bien agarrar desprevenido
y una pedrada bien dada
en la cabeza lo hubiera dejado allí
bien tieso. Usted ni quien se lo quite
que tiene la razón.
Eso que me
cuenta de todas las muertes que debía y que acababa
de efectuar, no me lo perdono. Me gusta matar
matones, créame usted.
No es la costumbre; pero se ha de sentir
sabroso ayudarle a Dios a acabar
con esos hijos del mal.
La cosa es
que no todo quedó allí. Lo vi venir de nueva cuenta
al día siguiente. Pero yo todavía no sabía
nada. ¡De haberlo sabido!
Lo vi venir
más flaco que el día antes con los huesos afuerita
del pellejo, con la camisa rasgada. No creí que
fuera él, así estaba de desconocido.
Lo conocí
por el arrastre de sus ojos: medio duros, como que
lastimaban. Lo vi beber agua y luego hacer buches como quien
está enjuagándose la boca; pero lo que pasaba era que se
había tragado un
buen puño de ajolotes, porque el charco
donde se puso a sorber era
bajito y estaba plagado de ajolotes. Debía
de tener hambre.
Le vi los ojos,
que eran dos agujeros oscuros como de cueva.
Se me arrimó y me dijo :"¿Son tuyas esas
borregas?" Y yo le dije que no. "Son de quien las
parió",eso le dije.
No le hizo
gracia la cosa. Ni siquiera peló el diente. Se pegó
a la
más hobachona de mis borregas y con sus manos
como tenazas le agarró
las patas y le sorbió el pezón. Hasta
acá se oían los balidos del animal;
pero élno la soltaba, seguía
chupe y chupe hasta que se hastió de mamar.
Con decirle que tuve que echarle
criolina en las ubres para que se le desinflamaran
y no se le fueran a infestar los mordiscos que el
hombre
les había dado.
¿Dice
usted que mató a toditita la familia de los Urquidi?
De haberlo sabido lo atajo a puros leñazos.
Pero uno es
ignorante. Uno vive remontado en el cerro, sin más
trato que los borregos, y los borregos no saben de
chismes.
Y al otro día se volvió a aparecer. Al llegar yo, llegó él. Y hasta entramos en amistad.
Me contó
que no era de por aquí, que era de un lugar muy lejos;
pero que no podía andar ya porque le fallaban
las piernas: "Camino y
camino y ando nada. Se me doblan las piernas
de la debilidad. Y mi
tierra está lejos, más allá de
aquellos cerros." Me contó que se había
pasado dos días sin comer
más que puros yerbajos. Eso me dijo.
¿Dice
usted que ni piedad le entró cuando mató a los familiares
de
los Urquidi? De haberlo sabido se habría quedado
en juicio y con la boca abierta mientras estaba bebiéndose
la leche de mis borregas.
Pero no parecía
malo. Me contaba de su mujer y de sus chamacos.
Y de lo lejos que estaban de él. Se sorbía
los mocos al acordarse de ellos.
Y estaba reflaco,
como trasijado. Todavía ayer se comió un
pedazo
de animal que se había muerto del relámpago.
Parte amaneció comida de seguro por las hormigas
arrieras y la parte que quedó él la
tatemó en las
brasas que yo prendía para calentarme
las tortillas y le dio fin. Ruñó los huesos hasta
dejarlos pelones.
"El animalito murió de enfermedad",le dije yo.
Pero como si ni me oyera. Se lo tragó enterito. Tenía hambre.
Pero dice usted
que acabó con la vida de esa gente. De haberlo
sabido. Lo que es ser ignorante y confiado. Yo no soy
más que
borreguero y de ahí en más no se nada.
¡Con decirles que se comía
mis mismas tortillas y que las embarraba en
mi mismo plato!
¡De modo
que ahora que vengo a decirle lo que sé, yo salgo
encubridor? Pos ora sí. ¿Y dice usted que
me va a meter a la cárcel por esconder a ese
individuo? Ni que yo fuera el que mató a la
familia esa.
Yo sólo
vengo a decirle que allí en un charco del río está
un
difunto. Y usted me alega que desde cuándo y cómo
es y de qué modo
es ese difunto. Y ora que yo se lo digo, salgo
encubridor. Pos ora sí.
Créame
usted, señor licenciado, que de haber sabido quién
era
aquel hombre no me hubiera faltado el modo de hacerlo
perdedizo.
¿Pero yo qué sabía? Yo no soy adivino.
El sólo me pedía de comer y me platicaba de sus muchachos, chorreando lágrimas.
Y ahora se
ha muerto. Yo creí que había puesto a secar sus
trapos
entre las piedras del río; pero era él,
enterito, el que estaba allí boca abajo,
con la cara metida en el agua. Primero creí que
se había doblado al
empinarse sobre el río y no había
podido ya enderezar la cabeza y que
luego se había puesto a resollar
agua, hasta que le vi la sangre coagulada
que le salía por la boca
y la nuca repleta de agujeros como si lo hubieran
taladrado.
Yo no voy a
averiguar eso. Sólo vengo a decirle lo que pasó,
sin quitar ni poner nada. Soy borreguero y no sé
de otras cosas.