Fue aquel un
tiempo oscuro, con el color de la piel amoratada,
Días
de cuero curtido, días de sol afuera en el mundo de todos los demás.
Él sufría.
Y la dicha era
imposible en aquel reino de un helado miedo interminable.
Se sentía
cobarde, pero necesitó mucho valor, sin saberlo, para sobrevivir
entonces,
Un coraje ciego
actuaba por él,
Un frío
coraje que por las noches le arrancaba las lágrimas rabiosas.
Aprendió
en esos días que daba lo mismo perder o ganar,
Que importaba
solamente saber con claridad su horror,
Poder oír
siempre esa secreta voz de alerta,
Mantener viva
la llama de su signo: La música es la única cosa consistente.
Era el tiempo
del desdén y del pequeño sufrimiento diario.
Era el humillado,
el gris, el triste.
En aquellos
días de buen comportamiento y mala conducta,
Él usaba
los preceptos como vestidos de otra talla,
y constantemente
pecaba de pensamiento y de deseo
y una mancha
negra le oprimía las costillas y le apretaba la garganta:
era la amenaza
del infierno, el garfio de la culpa, era saber que nunca volvería
al estado de gracia,
y, ah, la única
dicha de estar solo,
encerrado en
lugares oscuros, sobreponiéndole una noche precaria a los días
de propiedad ajena.
En aquellos
años (hoy los recuerda con cierta ira y el asombro de haber sobrevivido),
en aquellos
años sin ternura, en aquellos años sin sentirse amado,
en aquel frío
entonces de de santidad y mentira,
él esperaba
sin llanto y soñaba con luminosos lugares distantes,
con jardines,
con calor animal y sol y soledad,
soledad siempre,
sin desolación soñaba.
En aquellos
días él caminaba por las calles sin una canción que
fuera suya,
el sin amor,
el seco, el muy abandonado,
y él
pervivía intrigado por la curiosidad del día siguiente;
en esos días
aprendió a sonreír para sus adentros con una sonrisa
agradable y secreta.
Entonces el
mundo tenía púas y él no tenía conciencia de
su cuerpo sin piso, ese lujoso vacíode nervios y de carne:
fue aquél
un tiempo de escalofríos y aún no despertaba el fuego de
su adentro:
él vivía
los días vencido por un rescoldo de esperanza, animado por la desdicha
él esperaba su mañana,
sabiendo como
se saben esas cosas, con las vísceras, su verdad más inútil:
estaba tan lastimado
que ya no sería feliz nunca,
0 que acaso
su noche lo marcaba apenas para una fugaz ebriedad del mundo
o para el hábito
del desencanto.
En aquellos
días él no esperaba nada y esto lo libraba de toda decepción,
en aquellos
días de ojos húmedos y labios mordidos
él tenía
toda la ternura de su corazón dispuesta,
pero el sufrimento,
la sustancia de esos años,
convirtió
su ternura en una especie de indolencia;
ah, su corazón,
ese cándido reloj del desatino.
En aquel tiempo
él tenía héroes remotos, indescifrables intuiciones,
eran días
sin codicia y él construía la casa del alma en un desierto.
En aquellos
días él se comportaba muy juiciosamente
y manipulaba
con sigilo su locura: todo podía ser un juego, él lo sabía,
todo podía
ser una broma pesada que acabaría al azar una mañana.
Durante aquellos
años sin ninguna intimidad o abrazo,
él supo
lo esencial de este cuento y nunca le sivió para nada.
En aquellos
días la radio sonaba delante del ruido de la lluvia y lo demás
era todo silencio,
absoluto silencio,
y él permanecía casi siempre quieto, con los ojos abiertos,
sin pensar,
muerto de miedo.