Darío Jaramillo Agudelo
Raúl Gómez Jattin (Cartagena,
1945-) se sale de este rasero general,
de este respeto al cánon de la poesía correcta.
Gómez Jattin es excesivo
y se permite sus incorrecciones: sin embargo, la magia
de su poesía hace evidente que este tono, este desbordamiento, tenga
una fuerza que
convierte en virtud cualquier tosquedad.
El teatro presta ciertas categorías
retóricas, como el gusto por los
finales de "ancha cola", el ritmo de parlamentos teatrales,
el tino para
captar el tono de la conversación y convertirlo
en música. Poesía para
decir en voz alta, no faltan las simetrías y repeticiones,
a manera de
letanías.
Los recursos formales son apenas un
accidente, un accidente cuyo
dominio corresponde a la sabiduría poética,
frente a ese desgarramiento
que va mucho más allá de cualquier recurso
de utilería y que nos deja,
él lo ha dicho, unos "poemas anudados por la desolación".
Este volumen reúne casi toda
la poesía de Gómez Jattin. Así, junta,
se nota más la calidad de obra-río. No
sólo en el sentido de un texto
no mediatizado, vibrante, fluyente, de ritmo áspero,
con personajes y
escenarios que se entrecruzan como brazos de una misma
corriente.
Obra-río porque la unidad general del paisaje,
una geografía local, por
fortuna, se identifica con el río que la cruza:
"Arrojo mis soledades al
Sinú".
Poesía con una sexualidad desbordada
autoerotismo, zoofilia,
bisexualidad, nadie más inocente, más transparente,
menos poseído por
la malicia que este poeta, el más explícito,
el más desparpajado de la
poesía colombiana. El resultado es un desenfado
que limita con el humor
y con el lirismo, pero nunca con la vulgaridad: "no era
bella, pero tenía un picor que la cimbraba del clítoris a
los ojos".
Carnal y explícito, tierno y
necesitado de afecto, el amor y el desamor
son temas reiterados en toda su obra. Y, siempre, una
lealtad suprema, la fuente de su lucidez: