Nada en ellas es blando.
No son éstas, por cierto,
las formas de una tierra
llana y amable.
Aquí hay breñas y
riscos, no redondas
colinas. Su apariencia
hace saber la roca
de la entraña: osaturas,
declives mondos.
Ya los mismos nombres
con que hablamos de ellas
dicen lo que son: una sierra,
el boquerón, el cerro,
la cuchilla.
Líneas secas,
tajantes.
Y esa luz,
esa reverberación de la
luz,
esos desfiladeros deslumbrantes.
Dame, dios,
mi dios,
mi diosecito pequeño,
rústico:
tú,
a quien creo acariciar
cuando le paso por el lomo
la mano a mi perro,
dáme
esta dura apariencia de montañas
ante los ojos
siempre.
Y,
de pronto,
sin aviso, la lluvia.
Gruesos goterones comienzan
a rodar en el polvo.
El olor de la tierra cuando viene
la lluvia,
ese olor íntimo de hembra.
(El toro echado alza,
ávido, la cabeza.)
La lluvia:
un libro
lomo arriba, dejado
sobre el muslo, abierto.
Llueve,
sobre un párpado llueve;
llueve en los huesos,
en el silencio de los pájaros.
Acurrucado dentro de sí mismo,
el niño ciego oye la lluvia.
Qué demonios tiene la lluvia,
qué duendes,
que así los ensimisma.
Qué tiene en su meollo,
que así les desafiebra las
manos.
Como niños
encerrados por la lluvia en los
cuartos.
Y la cara que ponen
para mirar la lluvia:
como una máscara.
Los lienzos de la lluvia en la ventana
copian tus sueños.
Repentinos embates, ráfagas
bruscas: hay timbales en ella,
voces.
La lluvia
sobre el caparacho del armadillo.
Bajo el alero,
por sobre tu hombro,
miro la lluvia.
Quizá no es más que
esto:
la criatura de cabeza hinchada,
el grotesco niño hidrocéfalo.
Tiene en los ojos
legañas todavía
de agua materna.
Como niños que ruegan:
Aguamadre,
aguamuerte.
Pero la lluvia amaina.
Algo en su ritmo dice
que va a cesar,
que está completa.
Y me levanto,
como después de haber oído
una música. El libro
cae al suelo, cerrándose.
Otra vez, esta noche,
sentados a la mesa,
a la larga y angosta mesa de pino
de la cocina.
En torno,
dos lugares vacíos.
Afuera, el viento
amontonó las hojas secas
contra el umbral.
Y otra vez,
hasta el corredor que da al campo,
llegó en la oscuridad el
aroma
de las flores del limonero.
Mientras la sopa servida humea
y la conversación, un momento
agotada,
no se reinicia,
mientras vuelvo a sentir en el
tobillo
el hocico helado del perro,
me demoro en las lentas maneras
del hermano
reconocido con sorpresa en un gesto.
Volver a la casa,
como el que vuelve, ya viejo, a
una mujer.
También el rostro del hermano
es como el de quien vuelve de algún
camino,
las hirsutas pestañas
blancas de polvo.
Ahora, en su tranquila madurez,
un ademán de pronto,
un matiz de la voz,
un treno de la risa
traicionan en él al padre.
Después es el temor de tenderse
en el lecho
en el que aquella noche
vimos agonizar a nuestro padre,
el oscuro temor de calzar en la
horma
de su muerte.
Me das la mano
y no recibo tu mano en mi sueño,
porque allí no penetra tu
mano
que se hace otra para ser mía.
Alguien dice algo según su
sueño
y alguien otro lo oye desde el
suyo.
Alguien entrega algo a algún
otro
y este otro recibe otro algo.
Si me contaras tu secreto
no lo comprendería.
Paso mi palma delante de tus ojos
y no me reconoces.
Una señal una flecha tosca un pedazo de tabla clavada en un palo
Se encuentra al borde de la carretera veredal que se anuda al riñón
de la montaña
Antes indicaba el camino
Ahora torcida apunta al desfiladero
Yo que voy a pie que no tengo prisa
Debo acaso detenerme y enderezarla
Es asunto mío será útil a alguno
Tal vez
Apretaba el puño cerrado,
como si trajera del agua
algo: una concha, un hueso
de pez.
La boca comenzaba a desleírse
en una mueca
y tenía lodo en los dientes,
en el cabello endurecido.
Lodo en las uñas:
había manoteado en el lodo.
Con el vaso en la mano, mirando
las montañas,
le acaricio el lomo a mi perro.
Estas montañas nuestras
del interior,
casi olvidadas de tan familiares,
casi invisibles de tan vistas,
no es seguro siquiera que no sean
enseres en un sueño.
Estas montañas hoscas
que se adelgazan,
que se ensimisman en nosotros.
Ya sólo acaso una manera
de la voz,
del paso,
del gesto.
Me gusta acariciarlas siguiendo
con los ojos
morosamente
sus líneas abruptas,
mientras en sus dorsos la luz
de modo imperceptible
va del verde al azul
al violeta.
Me gusta acariciarlas con los ojos,
como acaricio
el lomo de mi perro con la mano
libre.
Los carboneros sobre el río
Los troncos negros brotan retorciéndose
y avanzan desde las orillas
Un insecto de plata raya el agua
Mide un jeme tal vez
ese cuerpo de forma de cuchillo
de cuarzo
Toda ella está hecha
para predar: la boca
el ojo vivo
La sabaleta: un ágil coletazo.
Entonces hay un vuelo
(brusco, rasante)
como un tijeretazo sobre el agua
Un martín pescador
Sólo veo su dorso azul oscuro
cuando se va
Soy un intruso en este reino de crueldad inocente.
Yo no sé francamente cómo
hacen
cómo no entienden