
Rainer Maria Rilke
—Si —dijo Král,
con un aire de salvaje resolución—. Es por tu
causa que él está allí.
Tjana guardó silencio.
—Si no, ¿qué
vendría a hacer aquí Prokopp?— agregó Král,
con
enojo.
Tjana encogió
los hombros, arrancó con un vivo gesto algunas
largas briznas de una hierba plateada y, jovial, las
tomó entre sus dientes blancos y brillantes. Siempre silenciosa,
parecía contar las luces del pueblo.
Se elevó el Ave María, allá lejos.
La débil
campanita precipitaba su movimiento, como impaciente
por terminar. El sonido se detuvo de golpe y se hubiera
dicho que en el
aire quedaba suspendida una queja. La joven bohemia echó
sus graciosos
brazos hacia atrás y se apoyó contra la
cuesta. Escuchaba el canto
vacilante de los grillos y la voz lasa de su hermana
que cantaba una
canción de cuna en el interior del carromato.
Ambos prestaron
oídos durante algunos momentos. Después el niño
se puso a llorar en el carromato, con largos sollozos
desesperados Tjana
volvió la cabeza hacia el gitano y le dijo, burlona:
—¿Qué esperas para ir a ayudar a tu mujer, Král? El niño llora.
Král agarró la mano de la muchacha:
—Es por ti que ha venido Prokopp—refunfuñó a modo de respuesta.
La muchacha meneó la cabeza con un aire sombrío.
—Lo sé.
Entonces Král
el fuerte asió su otra mano y la apretó contra la tierra.
Tjana estaba como crucificada. Mordió sus labios hasta sangrarlos
para
no gritar. Amenazador, él se había inclinado
sobre ella. Tjana nada veía
ya del crepúsculo otoñal. Sólo lo
veía a él, con sus hombros anchos y
poderosos. Era tan grande, sobre ella, que le ocultaba
el carromato, el
pueblo y el cielo pálido. Cerró un instante
los ojos y sintió: "Král significa
rey. Sí, en efecto es un rey".
Pero al mismo
tiempo sintió el dolor quemándole las muñecas como
una humillación. Se sobresaltó, desprendióse
con una violenta sacudida y
se irguió ante Král, furiosos y chispeantes
los ojos.
—¿Qué quieres?—preguntó él con una voz sorda.
Tjana sonrió.
—Danzar.
Levantó
sus graciosos brazos de frágil muchacha y lenta y
ligeramente los hizo girar como si sus manos morenas
fueran a trocarse
en alas. Inclinó la cabeza hacia atrás,
muy atrás, dejando flotar sus
cabellos negros y pesados, y ofreció su extraña
sonrisa a la primera
estrella que aparecía. Sus pies desnudos, de tobillos
finos, buscaban un
ritmo, como a tientas; en su joven cuerpo había
un deseo de mecedura
y de caricias, de goce consciente y de abandono sin voluntad,
como
deben experimentarlo las flores de tallos delgados cuando
el crepúsculo
las roza.
Temblorosas
las rodillas, Král estaba de pie ante ella. Veía el bronce
pálido de los hombros desnudos de la bailarina. Y sentía
confusamente:
Tjana danza el amor.
Cada soplo
que atravesaba los prados parecía confundirse con sus
movimientos, como una ligera caricia, y todas las flores
soñaban en su
primer sueño mecerse e inclinarse de ese modo.
Tjana se acercaba más
y más a Král y se inclinó hacia
él, tan extrañamente que los brazos del
hombre parecían paralizados por su muda contemplación.
Estaba de pie
como un esclavo y escuchaba latir su corazón.
Tjana lo rozaba como un
aliento, y el ardor de su movimiento muy próximo
lo alcanzaba como
una onda. En seguida ella retrocedió muy atrás,
sonrió con una expresión
de orgullo vencedor y sintió: "Sin embargo, no
es un rey".
El gitano recobraba
poco a poco sus sentidos y la perseguía
como a una imagen de ensueño, a tientas y secretamente.
De pronto
se detuvo. Algo se unía y se mezclaba al movimiento
mecedor de Tjana.
Un canto ligero y flotante que parecía desde largo
tiempo contenido en
su danza y que, como saliendo de un largo sueño,
parecía florecer en cadencias más y más ricas y pletóricas.
La bailarina vacilaba. Todos
sus movimientos se hacían más lentos, más
suaves, como si estuviera
al acecho. Miró a Král y ambos sintieron
ese canto como un peso que
los paralizaba. A su pesar, sus ojos se volvieron en
la misma dirección
y vieron a Prokopp que avanzaba. La delgada silueta de
su cuerpo de
hombre mozo dibujábase sobre el crepúsculo
gris de plata. Caminaba,
como inconsciente, con paso somnoliento, y sacaba las
notas de su dulce canción de una simple flauta rústica. Lo
vieron acercarse. De pronto Král
se lanzó a su encuentro y arrancó la flauta
de los labios del joven.
Prokopp, con presencia de ánimo, asió con
sus viriles manos los brazos
del agresor, los apretó con fuerza y sostuvo con
ojo interrogador la mirada hostil y ardiente de Král.
Los hombres
permanecieron así, cara a cara. Alrededor de ellos era
el silencio. El carromato verde parecía mirar
la comarca, a través de los resplandores turbios de sus lumbreras,
como con ojos tristes que esperaban.
Sin decir palabra,
los dos gitanos se soltaron de pronto. Král con
una cólera terca, el joven frente a él,
con una confesión suavemente interrogadora en sus ojos sombríos.
Bajo la mirada de los hombres,
Tjana se había desplomado. Parecíale que
debía ir hacia Prokopp,
abrazarlo y preguntarle: "¿De dónde viene
esa canción?" Pero ya no
tenía fuerza para ello. Estaba acurrucada al borde
del camino, inerte,
como una criatura que tiene frío, y guardaba silencio.
Sus labios callaban.
Sus ojos callaban.
Los hombres
aguardaron un momento, luego Král echó al otro una mirada
hostil y provocadora y tomó la delantera. Prokopp parecía
vacilar. Tjana vio los ojos tristes del joven gitano despedirse de ella.
Ella se estremeció. Después la silueta delgada y ágil
se hizo más y más imprecisa
y acabó por desaparecer en la dirección
en que Král se había marchado. Tjana oyó los pasosperderse
en los prados. Retuvo el aliento, escuchando
en la noche.
Un soplo recorrió
la llanura, cálido y apacible como el aliento de
un niño dormido. Todo estaba claro y silencioso;
y de ese vasto silencio
se destacaban los sones ligeros de la joven noche: el
zurrido de los viejos
tilos, un arroyo en alguna parte, y la pesada caída
de una mañana madura
en la hierba de otoño.