Juan Rulfo
"...Y la tierra
es empinada. Se desgaja por todos lados en barrancas hondas, de un fondo
que se pierde tan lejano. Dicen los de Luvina que
de aquellas barrancas suben los sueños; pero yo
lo único que vi subir fue
el viento, en tremolina, como si allá abajo lo
hubieran encañonado en
tubos de carrizo. Un viento que
no deja crecer ni a las dulcamaras: esas plantitas tristes que apenas si
pueden vivir un poco untadas en la tierra, agarradas
con todas sus manos al despeñadero de los montes.
Sólo a
veces, allí donde hay un poco de sombra, escondido
entre las piedras,
florece el chicalote con sus amapolas
blancas. Pero el chicalote pronto
se marchita. Entonces uno lo oye rasguñando
el aire con sus ramas
espinosas, haciendo un ruido como el de un cuchillo sobre
una piedra
de afilar.
"Ya mirará
usted ese viento que sopla sobre Luvina. Es pardo.
Dicen que porque arrastra arena
de volcán; pero lo cierto es que es un
aire negro. Ya lo verá usted. Se planta en Luvina
prendiéndose de las
cosas como si las mordiera. Y sobran días en que
se lleva el techo de las
casas como si se llevara un sombrero
de petate, dejando los paredones
lisos, descobijados. Luego rasca como
si tuviera uñas: uno lo oye mañana
y tarde, hora tras hora, sin descanso, raspando las
paredes, arrancando
tecatas de tierra, escarbando con su pala picuda por
debajo de las puertas,
hasta sentirlo bullir dentro de uno como si se pusiera
a remover los goznes
de nuestros mismos huesos. Ya lo
verá usted."
El hombre aquel
que hablaba se quedó callado un rato, mirando
hacia afuera.
Hasta ellos
llegaba el sonido del río pasando sus crecidas aguas por
las ramas de los camichines, el
rumor del aire moviendo suavemente las
hojas de los almendros, y los gritos de los niños
jugando en el pequeño espacio iluminado por la luz que salía
de la tienda.
Los comejenes entraban y rebotaban contra la lámpara de petróleo, cayendo al suelo con las alas chamuscadas.
Y afuera seguía avanzando la noche.
!Oye, Camilo,
mándanos otras dos cervezas más! -volvió a decir
el hombre. Después añadió:
Otra cosa ,señor. Nunca verá usted un cielo
azul en Luvina. Allí todo el horizonte está
desteñido; nublado siempre por
una mancha caliginosa que no se borra nunca. Todo el
lomerío pelón, sin
un árbol, sin una cosa verde
para descansar los ojos; todo envuelto en el
calín ceniciento. Usted verá eso:
aquellos cerros apagados como si
estuvieran muertos y a Luvina en el más alto,coronándolo
con su blanco caserío como si fuera una corona de
muerto... Los gritos de los niños
se acercaron hasta meterse dentro
de la tienda. Eso hizo que el hombre
se levantara, y fuera hacia la puerta y les dijera:
"!Váyanse más lejos!
!No interrumpan! Sigan jugando, pero sin armar alboroto."
Luego, dirigiéndose otra vez a la mesa, se sentó y dijo:
-Pues sí,
como le estaba diciendo. Allá llueve poco. A mediados
de año llegan unas cuantas tormentas
que azotan la tierra y la desgarran, dejando nada más el pedregal
flotando encima del tepetate. Es bueno ver entonces
cómo se arrastran las nubes, cómo andan de un cerro a otro
dando tumbos como si fueran vejigas
infladas; rebotando y pegando de truenos igual que si se quebraran en
el filo de las barrancas. Pero después
de diez o doce días se van y no regresan sino
al año siguiente, y a veces
se da el caso de que no regresen en varios años.
"...Sí
llueve poco. Tampoco o casi nada, tanto que la tierra, además
de estar reseca y achicada como
cuero viejo, se ha llenado de rajaduras
y de esa cosa que allí llama 'pasojos de
agua', que no son sino terrones endurecidos c omo piedras
filosas que se clavan en los pies de uno al
caminar, como si allí hasta a la tierra le hubieran
crecido espinas.
Como si así fuera."
Bebió
la cerveza hasta dejar sólo burbujas de espuma en la botella
y siguió diciendo:
-Por cualquier
lado que se le mire. Luvina es un lugar muy triste.
Usted que va para allá se dará
cuenta. Yo diría que es el lugar donde
anida la tristeza. Donde no se conoce la sonrisa, como
si a toda la gente
le hubieran entablado la cara. Y usted, si quiere puede
ver esa tristeza a
la hora que quiera. El aire que
allí sopla la revuelve, pero no se la lleva
nunca. Está allí como si allí hubiera
nacido. Y hasta que se puede probar
y sentir, porque está siempre encima de uno, apretada
contra de uno, y porque es oprimente como un gran
cataplasma sobre la viva carne del corazón.
"Dicen los de allí que cuando llena la luna, ven de bulto la figura del viento recorriendo las calles de Luvina, llevando a rastras una cobija negra; pero yo siempre lo que llegué a ver cuando había luna en Luvina,fue la imagen del desconsuelo...siempre.
"Pero tómese
su cerveza. Veo que no le ha dado ni siquiera una probadita. Tómesela.
O tal vez no le guste así tibia como está.
Y es que
aquí no hay de otra. Yo sé que así
sabe mal; que agarra un sabor como
a meados de burro. Aquí uno se acostumbra. A fe
que allá ni siquiera
esto se consigue. Cuando vaya a
Luvina la extrañará. Allí no podrá probar sino
un mezcal que ellos hacen con una yerba llamada hojasé,
y que a los primeros tragos estará usted dando de volteretas como
si lo chacamotearan. Mejor tómese su cerveza.
Yo sé lo que le digo."
Allá
afuera seguía oyéndose el batallar del río. El rumor
del aire.
Los niños jugando. Parecía ser
aún temprano, en la noche.
El hombre se había ido a asomar una vez más a la puerta y había vuelto.
Ahora venía
diciendo: Resulta fácil ver las cosas desde aquí,
meramente traídas por el recuerdo,
donde no tienen parecido ninguno.
Pero a mí no me cuesta ningún trabajo seguir
hablándole de lo que sé, tratándose de Luvina. Allá
viví. Allá deje la vida... Fui a ese lugar con
mis ilusiones cabales y volví
viejo y acabado. Y ahora usted va para allá...
Está bien. Me parece recordar
el principio. Me pongo en su lugar y pienso... Mire usted ,cuando yo llegué
por primera vez a Luvina... ¿Pero me permite
antes que me tome su cerveza? Veo que usted no le hace caso. Y
a mi me sirve de mucho. Me alivia. Siento como si me enjuagara la cabeza
con
aceite alcanforado...Bueno, le contaba
que cuando llegué por primera vez
a Luvina, el arriero que nos llevó no
quiso dejar siquiera que descansaran
las bestias. En cuanto nos puso en el suelo, se dio media
vuelta:
"-Yo me vuelvo- nos dijo.
"-Espera, No vas a dejar sestear a tus animales? Están muy aporreados.
"-Aquí se fregarían más- nos dijo- mejor me vuelvo.
"Y se fue dejándose
caer por la Cuesta de la Piedra Cruda,
espoleando sus caballos como si se
alejara de algún lugar endemoniado.
"Nosotros,
mi mujer y mis tres hijos, nos quedamos allí, parados
en la mitad de la plaza, con todos
nuestros ajuares en nuestros brazos.
En aquel lugar en donde sólo se oía el
viento...
"Una plaza
sola, sin una sola yerba para detener el aire.
Allí nos quedamos.
"Entonces yo le pregunté a mi mujer:
-¿En qué país estamos, Agripina?
Y ella se alzó de hombros
"-Bueno. Si
no te importa, ve a buscar a dónde comer y dónde
pasar la noche. Aquí te aguardamos
-le dije.
"Ella agarró al más pequeño de sus hijos y se fue. Pero no regresó.
"Al atardecer, cuando el sol alumbraba sólo las puntas de los cerros, fuimos a buscarla. Anduvimos por los callejones de Luvina, hasta que la encontramos metida en la iglesia: sentada mero en medio de aquella iglesia solitaria, con el niño dormido entre sus piernas.
"-¿Qué haces aquí Agripina?
"-Entré a rezar- nos dijo.
"-¿Para qué?- Le pregunté yo.
"Y ella se alzó de hombros.
"Allí
no había a quién rezarle. Era un jacalón vacío,
sin puertas,
nada más con unos socavones abiertos
y un techo resquebrajado por
donde se colaba el aire como un cedazo.
"-¿Dónde está la fonda?
"-No hay ninguna fonda.
"-¿Y el mesón?
"-No hay ningun mesón
"-Viste a alguien? ¿Vive alguien aquí? -le pregunté.
"-Sí,
allí enfrente... unas mujeres... Las sigo viendo. Mira, allí
tras
las rendijas de esa puerta veo brillar
los ojos que nos miran...Han estado asomándose para acá...
Míralas. Veo las bolas brillantes de su ojos...
Pero no tienen qué darnos de comer. Me dijeron
sin sacar la cabeza que
en este pueblo no había de
comer... Entonces entré aquí a rezar, a pedirle
a Dios por nosotros.
"¿Porqué no regresaste allí? Te estuvimos esperando.
"-Entré aquí a rezar. No he terminado todavía.
"-¿Qué país éste, Agripina?
" Y ella volvió a alzarse de hombros.
"Aquella noche
nos acomodamos para dormir en un rincón de la
iglesia, detrás del altar desmantelado.
Hasta allí llegaba el viento, aunque
un poco menos fuerte. Lo estuvimos oyendo pasar
encima de nosotros,
con sus largos aullidos; lo estuvimos oyendo entrar y
salir de los huecos
socavones de las puertas; golpeando con sus manos de
aire las cruces
del viacrucis: unas cruces grandes
y duras hechas con palo de mezquite
que colgaban de las paredes a todo lo largo de la
iglesia, amarradas con
alambres que rechinaban a cada sacudida del viento como
si fuera un
rechinar de dientes.
"Los niños
lloraban porque no los dejaba dormir el miedo.
Y mi mi mujer, tratando de retenerlos
a todos entre sus brazos.
Abrazando su manojo de hijos. Y yo allí, sin saber
qué hacer.
"Poco después
del amanecer se calmó el viento. Después regresó.
Pero hubo un momento en esa madrugada
en que todo se quedó tranquilo, como si el cielo se hubiera juntado
con la tierra, aplastando los ruidos con
su peso... Se oía la respiración de los
niños ya descansada. Oía el resuello
de mi mujer ahí a mi lado:
"-¿Qué es? -me dijo.
"-¿Qué es qué?- le pregunté.
"-Eso, el ruido ese.
"-Es el silencio.
Duérmete. Descansa, aunque sea un poquito,
que ya va a amanecer.
"Pero al rato
oí yo también. Era como un aletear de murciélagos
en
la oscuridad, muy cerca de nosotros.
De murciélagos de grandes alas que rozaban el suelo. Me levanté
y se oyó el aletear más fuerte, como
si la parvada de murciélagos se hubiera espantado y volara hacia
los agujeros
de las puertas y las vi. Vi a todas
las mujeres de Luvina con su cántaro
al hombro, con el rebozo colgado de
su cabeza y sus figuras negras sobre
el negro fondo de la noche.
"-¿Qué quieren?- les pregunté- ¿Qué buscan a estas horas?
" Una de ellas respondió:
"-Vamos por agua.
"Las vi paradas
frente a mí, mirándome. Luego como si fueran
sombras, echaron a caminar calle
abajo con sus negros cántaros.
" No, no se me olvidará jamás esa primera noche que pasé en Luvina.
"...¿No
cree que esto se merece otro trago? Aunque sea nomás
para que se me quite el mal sabor
del recuerdo."
-Me parece
que usted me preguntó cuántos años estuve en Luvina,
¿verdad?...La verdad es que no lo sé.
Perdí la noción del tiempo desde
que las fiebres me lo enrevesaron; pero debió
haber sido una eternidad...
Y es que allá el tiempo es muy largo. Nadie lleva
la cuenta de las horas
ni a nadie le preocupa cómo
van amontonándose los años. Los días comienzan y se
acaban. Luego viene la noche. Solamente el día
y la
noche hasta el día de la muerte, que para ellos
es una esperanza.
"Usted ha de
pensar que le estoy dando vueltas a una misma idea.
Y así es, sí señor... Estar
sentado en el umbral de la puerta, mirando la
salida y la puesta del sol, subiendo y bajando la
cabeza, hasta que acaban aflojándose los resortes
y entonces todo se queda quieto, sin tiempo,
como si viviera siempre en la eternidad. Esto hacen allí
los viejos.
"Porque en
Luvina sólo viven los puros viejos y los que todavía no
han nacido, como quien dice... Y
mujeres sin fuerzas, casi trabadas de
tan flacas. Los niños que han nacido allí
se han ido... Apenas les clarea el
alba y ya son hombres. Como quien dice, pegan el brinco
del pecho del
pecho de la madre al azadón y desaparecen de Luvina.
Así es allí la cosa.
"Sólo
quedan los puros viejos y las mujeres solas, o con un marido
que anda donde sólo Dios sabe
dónde... Vienen de vez en cuando como
las tormentas de que les hablaba; se oye un murmullo
en todo el pueblo cuando regresan y uno como gruñido
cuando se van... Dejan el costal
de bastimento para los viejos y
plantan otro hijo en el vientre de sus
mujeres, y ya nadie vuelve a saber de
ellos hasta el año siguiente,
y a veces nunca... Es la costumbre. Allí le dicen
la ley, pero es lo mismo.
Los hijos se pasan la vida trabajando para los padres
como ellos
trabajaron para los suyos y como
quién sabe cuántos atrás de ellos
cumplieron con su ley...
"Mientras tanto,
los viejos aguardan por ellos por el día de la muerte, sentados
en sus puertas, con los brazos caídos, movidos
sólo por esa
gracia que es la gratitud del hijo... Solos, en aquella
soledad de Luvina.
"Un día
traté de convencerlos de que se fueran a otro lugar,
donde la tierra fuera buena. '!Vámonos
de aquí! -les dije-. No faltará
modo de acomodarnos en alguna parte. El gobierno nos
ayudará.'
"Ellos me oyeron,
sin parpadear, mirándome desde el fondo de
sus ojos, de los que sólo se asomaba
una lucecita allá muy adentro.
-¿"Dices que el gobierno nos ayudará, profesor?
¿Tú no conoces al gobierno?
"Les dije que sí.
-"También
nosotros lo conocemos. Da esa casualidad.
De lo que no sabemos nada es de la madre
de gobierno.
"Yo les dije
que era la Patria. Ellos movieron la cabeza diciendo
que no. Y se rieron. Fue la única
vez que he visto reír a la gente de
Luvina. Pelaron los dientes molenques y me dijeron que
no, que el
gobierno no tenía madre.
"Y tienen razón,
¿sabe usted? El señor ese sólo se acuerda de ellos
cuando alguno de los muchachos ha hecho alguna fechoría
acá abajo. Entonces manda por él hasta Luvina y se lo
matan. De ahí en más no
saben si existe.
"Tú
nos quieres decir que dejemos Luvina porque, según tú,
ya estuvo bueno de aguantar hambres
sin necesidad -me dijeron-.
Pero si nosotros nos vamos, Quién se llevará
a nuestros muertos?
Ellos viven aquí y no podemos dejarlos solos.
"Y allá
siguen. Usted los verá ahora que vaya, Mascando bagazos
de mezquite seco y tragándose
su propia saliva. Los mirará pasar como sombras, repegados al muro
de las casas. casi arrastrados por el viento.
-¿"No oyen ese viento?- Les acabé por decir-. Él acabará con ustedes.
"Dura lo que
debe de durar. Es el mandato de Dios me contestaron. Malo cuando deja de
hacer aire. Cuando eso sucede ,el sol se arrima
mucho a Luvina y nos chupa la sangre y la poca
agua que tenemos en el pellejo. El aire hace que el sol se
esté allá arriba. Así es mejor.
"Ya no volví
a decir nada. Me salí de Luvina y no he vuelto ni
pienso regresar.
..."Pero mire
las maromas que da el mundo. Usted va para allá
ahora, dentro de pocas horas. Tal
vez ya se cumplieron quince años
que me dijeron a mí lo mismo: 'Usted va a ir a
San Juan Luvina.'
En esa época tenía yo mis fuerzas. Estaba
cargado de ideas..Usted sabe
que a todos nosotros nos infunden
ideas. Y uno va con esa plata encima
para plasmarla en todas partes. Pero en Luvina
no cuajó eso.
Hice el experimento y se deshizo...
"San Juan Luvina.
Me sonaba a nombre de cielo aquel nombre.
Pero aquello es el purgatorio. Un
lugar moribundo donde se han muerto
hasta los perros y ya no hay ni quien le ladre al silencio;
pues en cuanto
uno se acostumbra al vendaval que allí sopla,
no se oye sino el silencio
que hay en todas las soledades.
Y eso acaba con uno. Míreme a mí.
Conmigo acabó. Usted que va para allá
comprenderá pronto lo que le digo..
"¿Qué opina usted si le pedimos a este señor que nos matice unos mezcalitos? Con la cerveza se levanta uno a cada rato y eso interrumpe mucho la plática. !Oye , Camilo, mándanos ahora unos mezcales!
"Pues sí, como le estaba yo diciendo..."
Pero no dijo
nada. Se quedó mirando un punto fijo sobre la mesa
donde los comejenes ya sin sus alas
rondaban como gusanitos desnudos.
Afuera seguía
oyéndose cómo avanzaba la noche. El chapoteo
del río contra los troncos de los
camichines. El griterío ya muy lejano
de los niños. Por el pequeño cielo de la
puerta se asomaban las estrellas.
El hombre que
miraba a los comejenes se recostó sobre la mesa
y se quedó dormido.