
Día tras día, mi
alma se esfuerza en busca de algo nuevo,
Y hace tiempo he interrogado
a todos los senderos del país;
Ya he visitado todas las frescas
alturas, las sombras
Y los límpidos manantiales;
implorando tranquilidad, vaga de las cimas
A los abismos el espíritu
errante; así huye el venado herido hacia los bosques,
Donde otras veces, durante el
mediodía, seguro ha reposado al amparo
de las sombras;
Empero, nunca más su
verde lecho le alegra el corazón;
Gimiendo y sin descanso lo empuja
la zozobra;
Ni el calor del día ni
la frescura de la noche lo alivian
Y en las ondas del río
sumerge en vano las heridas.
Así como inútilmente
la tierra le ofrece sus yerbas saludables,
Y ninguno de los céfiros
le calma la sangre ardiente,
Así, ¡oh mis amados!,
parece que me sucede también a mí, y ¿nadie
Puede alejar de mi frente el
sueño doloroso?
II
¡Sí!, de nada sirve,
¡oh dioses de la muerte!, cuando una vez
Tenéis sujeto y encadenado
al hombre vencido,
Cuando vosotros, malvados, lo
habéis arrastrado hacia abajo, a la
noche espantosa,
Buscar entonces, implorar o
rebelarse contra vosotros,
O bien soportar con paciencia
el temible destierro
Y escuchar con una sonrisa vuestro
canto insípido:
¡ Si así ha de
ser, entonces olvida tu salvación, duerme en silencio!
Sin embargo desde tu pecho se
alza un sonido de esperanza,
Y no puedes, ¡oh alma
mía!, todavía no puedes
Acostumbrarte, y dulces fantasías
envuelven tu sueño de hierro.
Para mí no es tiempo
de fiesta, sin embargo quisiera adornarme con
flores los cabellos.
¿No estoy solo acaso?
Pero algo amable desde la lejanía
Debe acercarse a mí,
y he de sonreír y asombrarme,
Ya que también me siento
feliz en medio del dolor.
III
¡Oh tú, dorada
luz del amor!, ¿es que brillas también entre los muertos?
Imágenes de un tiempo
más luminoso, ¿resplandecéis también en mi
noche?
Encantadores jardines sois vosotras,
montañas sonrojadas por la puesta
del sol;
Sed bienvenidos todos vosotros,
senderos silenciosos del bosque,
Testigos de una dicha celestial,
y vosotras, estrellas de la altura,
Que en aquel entonces a menudo
me disteis miradas bendicientes.
También a vosotras, amorosas,
bellas criaturas de un día de mayo,
Rosas y lirios apacibles, aún
muchas veces os nombro.
Bien se alejan las primaveras,
un año reemplaza a otro;
Cambiante e implacable, pasa
bramando el tiempo
Por encima de la cabeza de los
mortales, pero no así ante los ojos de
los difuntos,
Y a aquellos que aman les es
concedida una vida diversa.
Porque todos ellos, los días
y años de las estrellas, estaban
Ligados a nosotros, Diótima,
con lazos íntimos y eternos.
IV
Pero ambos, apaciblemente, como
los cisnes amorosos
Cuando reposan a orillas del
lago, o cuando, mecidos por sus olas,
Hunden sus miradas en las aguas,
donde se reflejan nubes plateadas
Y el azul del éter ondea
bajo sus cuerpos flotantes,
Así, otrora caminábamos
sobre la tierra. Y aún cuando el Aquilón, el enemigo
de los amantes,
Nos amenazaba sembrando lamentos,
y cuando de las ramas
Caían las hojas y la
lluvia lloraba en el viento,
Entonces, tranquilamente sonreíamos,
sintiendo a Dios mismo
En una charla íntima,
en un himno del alma,
Enteramente en paz con nosotros,
infantil y alegremente solos.
Pero la casa ahora me parece
desierta, ellos me han arrebatado
La luz de mis ojos, y junto
con ella también yo me he perdido.
Por eso vago errante, y así
como las sombras debo vivir,
Pues sin sentido, desde hace
mucho tiempo, me parece todo lo demás.
V
Celebrar quisiera; mas, ¿para
qué?, y cantar con los otros;
Pero así tan solitario
carezco de todo lo divino.
Éste, éste es
mi mal, ya lo sé, una cruel maldición paraliza
Mi cuerpo, y me derriba, aniquilando
mis esperanzas;
Insensible y mudo como los niños,
paso sentado todo el día,
Sólo a veces aún
desde mis párpados, fríamente, se desliza una lágrima,
Y triste me tornan las flores
del campo y el canto de los pájaros,
Porque ellos con su alegría
también son mensajeros de lo divino.
Pero en mi pecho estremecido,
el sol vivificante se apaga,
Frío y estéril,
semejante a rayos nocturnos.
¡Ay!, vano y vacío,
cual muro de prisión, el cielo
Suspende sobre mi cabeza su
carga agobiadora.
VI
Antaño otras cosas me
eran conocidas, ¡oh juventud! ¡ las plegarias
¿Jamás te hacen
retornar, y ninguno de los senderos me lleva hacia ti?
¿A mí también
me será designado el destino, como a los sin dioses,
que antiguamente,
Con los ojos resplandecientes,
estuvieron sentados a la mesa gloriosa?
Mas, hartos pronto, los inspirados
huéspedes
Enmudecieron, y luego, bajo
el canto de las esferas,
Se adormecieron en la tierra
florida, hasta que el poder
De un milagro obliga a retornar
a los sumergidos,
Para que caminen de nuevo sobre
el suelo verdeante.
Un aliento sagrado recorre la
forma luminosa
En cuanto anímase la
fiesta, y las olas del amor se agitan
Cuando embebida de lo divino
brama la viva corriente,
Cuando resuena abajo su eco,
y brinda la noche sus tesoros,
Y desde el fondo de los arroyos
emerge el oro sumergido.
VII
¡Oh tú!, la que
ya entonces, en la encrucijada,
Cuando frente a ti me hundía,
consoladora me señalaste algo más bello,
Tú, la que a descubrir
lo grande y dirigir más alegre mi canto a los dioses,
Silenciosa como ellos, me enseñaste
una vez con suave entusiasmo,
¡Hija de los dioses! ¿Apareces
tú ante mi vista, y como antaño
Me hablas otra vez de cosas
más altas?
¡Mira! He de llorar y
lamentarme ante ti, aunque
El alma, recordando tiempos
más nobles, avergüénzase,
Pues tanto, tanto tiempo en
los senderos opacos de la tierra
Te he buscado, acostumbrado
a tu presencia, por caminos extraviados,
¡Alegre genio tutelar!,
pero en vano fue, y años se desvanecieron
Desde cuando nosotros hemos
mirado, plenos de presentimientos,
brillar las noches a nuestro alrededor.
VIII
A ti, sólo a ti, ¡oh
heroica!, te sostiene en la luz tu propia claridad,
Y tu martirio, ¡oh bondadosa!,
te conserva amante;
Ni una vez estás sola,
compañeras de más existen
Allá donde tú
reposas y floreces bajo las rosas del año.
Y el Padre mismo, por musas
que exhalan suavidad,
Te envía las dulces canciones
de cuna.
¡Sí! ¡Aún
es ella todavía! y como otrora, en mi memoria
Surge la imagen de la ateniense,
caminando apacible
Cual un genio amable. Y como
desde tu frente
Radiante de belleza, certeras
caen tus bendiciones entre los mortales,
Así tú lo atestiguas
y me lo dices, para que yo se lo repita
A otros que aún lo ignoran
y no lo creen,
Que más inmortal aún
que penas y zozobras, siempre
Al final nos aguarda la alegría
de un día dorado.
IX
Por eso, a vosotros, ¡oh
inmortales!, quiero también daros las gracias,
Para que desde el pecho aliviado
surja de nuevo la oración del poeta.
Y como cuando estaba junto a
ella, erguido en la radiante altura,
Reanimándome, desde lo
profundo del templo me hable un dios.
¡Entonces quiero vivir!
¡Ya verdean los campos, y desde los montes plateados
El sonido de la lira sagrada
nos anuncia la llegada de Apolo!
¡Ven! ¡Todo era
un sueño!, pues ya han sanado las alas sangrientas
Y rejuvenecidas reviven todas
las altas esperanzas.
Mucho es encontrar lo grande,
y mucho queda aún, y quien así
Ha amado, debe seguir por la
ruta que lleva hacia los dioses.
Y vosotras, horas sagradas,
¡acompañadnos! ¡Vosotros, graves
Adolescentes! ¡Ah!, quedaos,
presagios divinos,
Ruegos piadosos, exaltaciones,
y todos vosotros, genios amables
Que complacientes protegéis
a los amantes;
Quedaos con nosotros, hasta
que en suelo común,
Allá donde moran las
águilas y los astros, mensajeros del Padre,
Allá donde los difuntos
se encuentran reunidos para descender de
nuevo a nosotros,
Allá donde están
las musas, de donde provienen héroes y amantes,
O también aquí,
en esta isla húmeda de rocío, nos encontremos,
Donde los nuestros están
reunidos en jardines floridos,
Donde los cantos son verdaderos
y son más largas las bellas primaveras,
Y donde de nuevo se inicia un
año de nuestra alma.
