Octavio Paz
Canta en la verde espesura
la luz de garganta dorada,
la luz, la luz decapitada.
Nos dijeron:
la vereda derecha nunca conduce al invierno. Y ahora las
manos me tiemblan, las palabras me cuelgan de la boca.
Dame una sillita y
un poco de sol.
En otros tiempos
cada hora nacía de vaho de mi aliento, bailaba
un instante sobre la punta de mi puñal y desaparecía
por la puerta
resplandeciente de mi espejito. Y yo era el mediodía
tatuado y la noche
desnuda, el pequeño insecto de jade que canta
entre las yerbas del
amanecer y el zenzontle de barro que convoca a los muertos.
Me bañaba
en la cascada solar, me bañaba en mí misma,
anegada en mi propio resplandor. Yo era el pedernal que rasga la cerrazón
nocturna y abre las puertas del chubasco. En el cielo del Sur planté
jardines de fuego, jardines
de sangre. Sus ramas de coral todavía rozan la
frente de los enamorados.
Allá el amor es el encuentro en mitad del espacio
de dos aerolitos y no esa
obstinación de piedras frotándose para
arrancarse un beso que chisporrea.
Cada noche
es un párpado que no acaban de atravesar las espinas.
Y el día no acaba nunca, no acaba nunca de contarse
a si mismo, roto de monedas de cobre. estoy cansada de tantas cuentas de
piedra derramadas
en el polvo. Estoy cansada de este solitario tronco.
Dichoso el alacrán
madre, que devora a sus hijos. Dichosa la araña.
Dichosa la serpiente,
que muda de camisa. Dichosa el agua que se bebe a sí
misma. ¿Cuándo acabarán de devorarme estas imágenes?
¿Cuándo acabaré de caer en
esos ojos desiertos?
Estoy sola
y caída, grano de maíz desprendido de la mazorca
del tiempo. Siémbrame entre los fusilados. Naceré
del ojo del capitán.
Lluéveme, asoléame. Mi cuerpo arado por
el tuyo ha de volverse un
campo donde se siembra uno y se cosechan ciento. Espérame
al otro lado
del año: me encontrarás como un relámpago
tendido a la orilla del otoño. Toca mis pechos de yerba. Besa mi
vientre, piedra de sacrificios. En mi ombligo el remolino se aquieta: yo
soy el centro fijo que mueve la danza. Arde, cae en mí: soy la fosa
de cal viva que cura los huesos de su pesadumbre. Muere en mis labios.
Nace en mis ojos. De mi cuerpo brotan imágenes: bebe en esas aguas
y recuerda lo que olvidaste al nacer. Soy la herida que no cicatriza, la
pequeña piedra solar: si me rozas, el mundo se incendia.
Toma mi collar
de lágrimas. Te espero en ese lado del tiempo
en donde la luz inaugura un reinado dichoso: el pacto
de los gemelos enemigos, del agua que escapa entre los dedos de hielo,
petrificado como
un rey en su orgullo. Allí abrirás mi cuerpo
en dos, para leer las letras de
tu destino.