Juan Rulfo
Parte I
Todavía antes me había dicho:
-No vayas a
pedirle nada. Exígele lo nuestro. Lo que estuvo
obligado a darme y nunca me dio... El olvido en que nos
tuvo, mi hijo, cóbraselo caro.
-Así lo haré, madre.
Pero no pensé
cumplir mi promesa. Hasta que ahora pronto comencé
a llenarme de sueños, a darle vuelo a las ilusiones.
Y de este modo se me
fue formando un mundo alrededor de la esperanza que era
aquel señor llamado Pedro Páramo, el marido de mi madre.
Por eso vine a Comala.
Era ese tiempo
de la canícula, cuando el aire de agosto sopla
caliente, envenenado por el olor podrido de la saponarias.
El camino subía
y bajaba: "Sube o baja según se va o se viene.
Para el que va, sube; para él que viene, baja."
-¿Cómo dice usted que se llama el pueblo que se ve allá abajo?
-Comala, señor.
-¿Está seguro de que ya es Comala?
-Seguro, señor.
-¿ Y por qué se ve esto tan triste?
-Son los tiempos, señor.
Yo imaginaba
ver aquello a través de los recuerdos de mi madre;
de su nostalgia, entre retazos de suspiros. Siempre vivió
ella suspirando
por Comala, por el retorno; pero jamás volvió.
Ahora yo vengo en su
lugar. Traigo los ojos con que ella miró estas
cosas, porque me dio sus
ojos para ver: «Hay allí, pasando el
puerto de Los Colimotes, la vista
muy hermosa de una llanura verde, algo amarilla por
el maíz maduro.
Desde ese lugar se ve Comala, blanqueando la tierra,
iluminándola
durante la noche.»
Y su voz era secreta, casi apagada, como si hablara
consigo misma... Mi madre.
-¿Y a qué va usted a Comala, si se puede saber? -oí que me preguntaban.
-Voy a ver a mi padre contesté.
-¡Ah! - dijo él.
Y volvimos al silencio.
Caminábamos
cuesta abajo, oyendo el trote rebotado de los burros.
Los ojos reventados por el sopor del sueño, en
la canícula de agosto.
-Bonita fiesta
le va a armar -volví a oír la voz del que iba allí
a mi
lado-. Se pondrá contento de ver a alguien después
de tantos años que
nadie viene por aquí.
Luego añadió:
-Sea usted quien sea, se alegrará de verlo.
En la reverberación
del sol, la llanura parecía una laguna transparente, deshecha en
vapores por donde se traslucía un horizonte gris. Y más allá,
una línea de montañas. Y todavía
más allá, la más remota lejanía.
-¿Y qué trazas tiene su padre, si se puede saber?
-No lo conozco -le dije-. Sólo sé que se llama Pedro Páramo.
-¡Ah!, vaya.
-Sí, así me dijeron que se llamaba.
Oí otra vez el "¡ah!" del arriero.
Me había topado con él en Los Encuentros, donde se cruzaban varios caminos. Me estuve allí esperando, hasta que al fin apareció este hombre.
-¿A dónde va usted? -le pregunté.
-Voy para abajo, señor.
-¿Conoce un lugar llamado Comala?
-Para allá mismo voy.
Y lo seguí.
Fui tras él tratando de emparejarme a su paso, hasta
que pareció darse cuenta de que lo seguía
disminuyó la prisa de su carrera. Después los dos íbamos
tan pegados que casi nos tocabamos los hombros.
-Yo también soy hijo de Pedro Páramo -me dijo.
Una bandada
de cuervos pasó cruzando el cielo vacío, haciendo
cuar, cuar, cuar.
Después
de trastumbar los cerros, bajamos cada vez más. Habíamos
dejado el aire caliente allá arriba y nos íbamos hundiendo
en el puro calor
sin aire. Todo parecía estar como en espera de
algo.
-Hace calor aquí -dije.
-Sí,
y esto no es nada me contestó el otro-. Cálmese. Ya lo sentirá
más fuerte cuando lleguemos a Comala. Aquello
está sobre las brasas de
la tierra, en la mera boca del infierno. Con decirle
que muchos de los que
allí se mueren, al llegar al infierno regresan
por su cobija.
-¿ Conoce usted a Pedro Páramo? - le pregunté.
Me atreví a hacerlo porque vi en sus ojos una gota de confianza.
-¿Quién es? -volví a preguntar.
-Un rencor vivo -me contestó él.
Y dio un pajuelazo contra los burros, sin necesidad, ya que los burros iban mucho más adelante de nosotros, encarrerados por la bajada.
Sentí
el retrato de mi madre guardado en la bolsa de la camisa, calentándome
el corazón, como si ella también sudara. Era un retrato
viejo, carcomido en los bordes; pero fue el único
que conocí de ella.
Me lo había encontrado en el armario de la cocina,
dentro de una
cazuela llena de yerbas: hojas de toronjil, flores de
Castilla, ramas de
ruda. Desde entonces lo guardé. Era el único.
Mi madre siempre fue
enemiga de retratarse. Decía que los retratos
eran cosa de brujería.
Y así parecía ser.; porque el suyo estaba
lleno de agujeros como de
aguja, y en dirección del corazón tenía
uno muy grande, donde bien
podía caber el dedo del corazón.
Es el mismo
que traigo aquí, pensando que podría dar buen
resultado para que mi padre me reconociera.
-Mire usted
-me dice el arriero, deteniéndose- ¿Ve aquella loma que parece
vejiga de puerco? Pues detrasito de ella está la Media Luna. Ahora
voltié para allá. ¿Ve la ceja de aquel cerro? Véala.
Y ahora voltié para este otro rumbo. ¿Ve la otra ceja que
casi no se ve de lo lejos que está? Bueno, pues eso es la Media
Luna de punta a cabo. Como quien dice, toda la tierra que se puede abarcar
con la mirada. Y es de él todo ese terrenal. El caso
es que nuestras madres nos malparieron en un petate aunque
éramos hijos
de Pedro Páramo. Y lo más chistoso es que
él nos llevó a bautizar. Con
usted debe haber pasado lo mismo, ¿ no ?
-No me acuerdo.
-¡Váyase mucho al carajo !
-¿Qué dice usted ?
-Que ya estamos llegando, señor.
-Sí, ya lo veo. ¿ Qué paso por aquí ?
-Un correcaminos, señor. Así les nombran a esos pájaros.
-No, yo preguntaba
por el pueblo, que se ve tan solo, como si
estuviera abandonado. Parece que no lo habitara nadie
.
-No es que lo parezca. Así es. Aquí no vive nadie.
-¿ Y Pedro Páramo ?
-Pedro Páramo
murió hace muchos años.
Era la hora
en que los niños juegan en las calles de todos los pueblos, llenando
con sus gritos la tarde. Cuando aun las paredes negras reflejan la
luz amarilla del sol.
Al menos eso
había visto en Sayula, todavía ayer a esta misma hora.
Y había visto también el vuelo de las palomas
rompiendo el aire quieto, sacudiendo sus alas como si se desprendieran
del día. Volaban y caían
sobre los tejados, mientras los gritos de los niños
revoloteaban y parecían
teñirse de azul en el cielo del atardecer.
Ahora estaba
aquí, en este pueblo sin ruidos. Oía caer mis pisadas
sobre las piedras redondas con que estaban empedradas
las calles. Mis
pisadas huecas, repitiendo su sonido en el eco de las
paredes teñidas por
el sol del atardecer.
Fui andando
por la calle real en esa hora. Miré las casas vacías; las
puertas desportilladas, invadidas de yerba. ¿ Cómo me dijo
aquel fulano
que se llamaba esta yerba ? " La capitana, señor.
Una plaga que nomás
espera que se vaya la gente para invadir las casas. Así
las verá usted. "
Al cruzar una
bocacalle vi una señora envuelta en su rebozo que desapareció
como si no existiera. Después volvieron a moverse mis pasos
y mis ojos siguieron asomándose al agujero de
las puertas. Hasta que nuevamente la mujer del rebozo se cruzó frente
a mí.
-¡Buenas noches! -me dijo.
La seguí con la mirada. Le grité:
-¿Dónde vive doña Eduviges?
Y ella señaló con el dedo:
-Allá. La casa que está junto al puente.
Me di cuenta
que su voz estaba hecha de hebras humanas, que su
boca tenía dientes y una lengua que se trababa
y destrababa al hablar, y
que sus ojos eran como todos los ojos de la gente que
vive sobre la tierra.
Había oscurecido.
Volvió
a darme las buenas noches. Y aunque no había niños
jugando, ni palomas, ni tejados azules, sentí
que el pueblo vivía.
Y que si yo escuchaba solamente el silencio, era porque
aún no estaba
acostumbrado al silencio; tal vez porque mi cabeza venía
llena de ruidos
y de voces.
De voces, sí.
Y aquí, donde el aire era escaso, se oían mejor.
Se quedaban dentro de uno, pesadas. Me acordé
de lo que me había
dicho mi madre: "Allá me oirás mejor.Estaré
más cerca de ti.
Encontrarás más cercana la voz de mis recuerdos
que la de mi muerte,
si es que alguna vez la muerte ha tenido alguna voz."
Mi madre. . .
la viva.
Hubiera querido
decirle: " Te equivocaste de domicilio. Me diste
una dirección mal dada. Me mandaste al ´¿
dónde es esto y dónde es
aquello ?´ A un pueblo solitario. Buscando a alguien
que no existe. "
Llegué
a la casa del puente orientándome por el sonar del río.
Toqué la puerta; pero en falso. Mi mano se sacudió
en el aire como
si el aire la hubiera abierto. Una mujer estaba allí.
Me dijo:
-Pase usted.
-Y entré.
Me había quedado en Comala. El arriero, que se siguió de filo, me informó todavía antes de despedirse:
-Yo voy más
allá , donde se ve la trabazón de los cerros. Allá
tengo mi casa. Si usted quiere venir, será bienvenido.
Ahora que si
quiere quedarse aquí, ahi se lo haiga;. Y me quedé.
A eso venía.
-¿Dónde podré encontrar alojamiento? -le pregunté ya casi a gritos.
-Busque a doña
Eduviges, si es que todavía vive. Dígale que va de
mi parte.
-¿Y cómo se llama usted?
-Abundio -me
contestó. Pero ya no alcancé a oír el apellido.
-Soy Eduviges Dyada. Pase usted.
Parecía
que me hubiera estado esperando. Tenía todo dispuesto,
según me dijo haciendo que la siguiera por una
larga serie de cuartos
oscuros, al parecer desolados. Pero no; porque, en cuanto
me acostumbré
a la oscuridad y al delgado hilo de luz que nos seguía,
vi crecer sombras
a ambos lados y sentí que íbamos caminando
a través de un angosto
pasillo abierto entre bultos.
-¿ Qué es lo que hay aquí? -pregunté.
-Tiliches -me
dijo ella -. Tengo la casa toda entilichada.
La escogieron para guardar sus muebles los que se fueron,
y nadie ha regresado por ellos. Pero el cuarto que le he reservado está
al fondo.
Lo tengo siempre descombrado por si alguien viene. ¿
De modo que
usted es hijo de ella?
-¿De quién ? -respondí.
-De Doloritas.
-Sí ¿pero cómo lo sabe?
-Ella me avisó que usted vendría. Y hoy precisamente. Que llegaría hoy.
-¿ Quién? ¿ Mi madre?
-Sí. Ella.
Yo no supe qué pensar. Ni ella me dejó en qué pensar:
-Éste es su cuarto -me dijo.
No tenía puertas, solamente aquella por donde habíamos entrado. Encendió la vela y lo vi vacío.
-Aquí no hay dónde acostarse le dije.
-No se preocupe
por eso. Usted ha de venir cansado y el sueño es
muy buen colchón para el cansancio. Ya mañana
le arreglaré su cama.
Como usted sabe, no es fácil ajuarear las cosas
en un dos por tres. Para
eso hay que estar prevenido, y la madre de usted no me
avisó sino hasta ahora.
-Mi madre -dije-, mi madre ya murió.
-Entonces ésa
fue la causa de que su voz se oyera tan débil, como
si hubiera tenido que atravesar una distancia muy larga
para llegar hasta
aquí. Ahora lo entiendo. ¿Y cuánto
hace que murió?
-Hace ya siete días.
-Pobre de ella.
Se ha de haber sentido abandonada. Nos hicimos
la promesa de morir juntas. De irnos las dos para darnos
ánimo una a
la otra en el otro viaje, por si se necesitara, por si
acaso encontráramos
alguna dificultad. Éramos muy amigas. ¿Nunca
le habló de mí?
-No, nunca.
-Me parece
raro. Claro que entonces éramos unas chiquillas.
Y ella estaba apenas recién casada. Pero nos queríamos
mucho.
Tu madre era tan bonita, tan, digamos, tan tierna, que
daba gusto
quererla. ¿De modo que me lleva ventaja, no? Pero
ten la seguridad
de que la alcanzaré. Sólo yo entiendo lo
lejos que está el cielo de
nosotros; pero conozco cómo acortar las veredas.
Todo consiste en
morir, Dios mediante, cuando uno quiera y no cuando Él
lo disponga.
O, si tú quieres, forzarlo a disponer antes de
tiempo. Perdóname que
te hable de tú; lo hago porque te considero como
mi hijo. Sí, muchas
veces dije: "El hijo de Dolores debió haber sido
mío." Después te diré
por qué. Lo único que quiero decirte ahora
es que alcanzaré a tu madre
en alguno de los caminos de la eternidad.
Yo creía
que aquella mujer estaba loca. Luego ya no creí nada.
Me sentí en un mundo lejano y me dejé arrastrar.
Mi cuerpo, que
parecía aflojarse, se doblaba ante todo, había
soltado sus amarras
y cualquiera podía jugar con él como si
fuera de trapo.
-Estoy cansado -le dije.
-Ven a tomar antes algún bocado. Algo de algo. Cualquier cosa.
-Iré.
Iré después.