Juan Rulfo
Parte XI
-No, Ángeles. No veo ninguna ventana.
-Es que ahorita
se ha quedado a oscuras. ¿No estará pasando
algo malo en la Media Luna? Hace
más de tres años que está aluzada
esa ventana, noche tras noche. Dicen los que han estado
allí que es el
cuarto donde habita la mujer de Pedro Páramo,
una pobrecita loca que
le tiene miedo a la oscuridad. Y
mire: ahora mismo se ha apagado la luz.
¿No será un mal suceso?
-Tal vez haya
muerto. Estaba muy enferma. Dicen que ya no
conocía a la gente, y dizque hablaba
sola. Buen castigo ha de haber
soportado Pedro Páramo casándose con esa
mujer.
-Pobre del señor don Pedro.
-No, Fausta. Él se lo merece. Eso y más.
-Mire, la ventana sigue a oscuras.
-Ya deje tranquila
esa ventana y vámonos a dormir, que es muy
noche para que este par de viejas
andemos sueltas por la calle.
Y las dos mujeres,
que salían de la iglesia muy cerca de las once
de la noche, se perdieron bajo los
arcos del portal, mirando cómo la
sombra de un hombre cruzaba la plaza en dirección
de la Media Luna.
-Oiga, doña
Fausta, ¿no se le figura que el señor que va allí
es el
doctor Valencia?
-Así parece, aunque estoy tan cegatona que no lo podría reconocer.
-Acuérdese
que siempre viste pantalones blancos y saco negro.
Yo le apuesto a que está aconteciendo
algo malo en la Media Luna.
Y mire lo recio que va, como si lo correteara la prisa.
-Con tal de
que no sea de verdad una cosa grave. Me dan ganas
de regresar y decirle al padre Rentería
que se dé una vuelta por allá,
no vaya a resultar que esa infeliz muera sin confesión.
-Ni lo piense,
Ángeles. Ni lo quiera Dios. Después de todo lo que
ha sufrido en este mundo, nadie
desearía que se fuera sin los auxilios espirituales, y que siguiera
penando en la otra vida. Aunque dicen los zahorinos
que a los locos no les vale la confesión, y aun cuando tengan
el alma impura son inocentes. Eso
sólo Dios lo sabe . . . Mire usted,
ya se ha vuelto a prender la luz en la ventana.
Ojalá todo salga bien. Imagínese en qué pararía
el trabajo que nos hemos tomado todos estos
días para arreglar la iglesia y que luzca bonita
ahora para la Natividad,
si alguien se muere en esa casa.
Con el poder que tiene don Pedro,
nos desbarataría la función en un santiamén.
-A usted siempre
se le ocurre lo peor, doña Fausta. Mejor haga
lo que yo: encomiéndelo todo
a la Divina Providencia. Récele un Ave
María a la Virgen y estoy segura que nada va a
pasar de hoy a mañana.
Ya después, que se haga la voluntad de Dios, al
fin y al cabo, ella no
debe estar tan contenta en esta
vida.
-Créame,
Ángeles, que usted siempre me repone el ánimo.
Voy a dormir llevándome al sueño
estos pensamientos. Dicen que los pensamientos de los sueños
van derecho al cielo. Ojalá que los míos
alcancen esa altura. Nos veremos mañana.
-Hasta mañana, Fausta.
Las dos viejas,
puerta de por medio, se metieron en sus casas.
El silencio volvió a cerrar la noche
sobre el pueblo.
-Tengo la boca llena de tierra.
-Sí, padre.
-No digas: "Sí, padre". Repite conmigo lo que yo vaya diciendo.
-¿Qué va usted a decirme? ¿Me va a confesar otra vez? ¿Por qué otra vez?
-Ésta
no será una confesión, Susana. Sólo vine a platicar
contigo.
A prepararte para la muerte.
-¿Ya me voy a morir?
-Sí, hija.
-¿Por
qué entonces no me deja en paz? Tengo ganas de descansar.
La han de haber encargado que viniera
a quitarme el sueño. Que se
estuviera aquí conmigo hasta que se me fuera el
sueño. ¿Qué haré
después para encontrarlo? Nada, padre. ¿Por
qué mejor no se va y me
deja tranquila?
-Te dejaré
en paz, Susana. Conforme vayas repitiendo las palabras
que yo diga, te irás quedando
dormida. Sentirás como si tú misma te arrullaras. Y ya que
te duermas nadie te despertará . . . Nunca volverás
a despertar.
-Está
bien, padre. Haré lo que usted diga. El padre Rentería,
sentado en la orilla de la cama, puestas
las manos sobre los hombros
de Susana San Juan, con su boca casi pegada a la oreja
de ella para no
hablar fuerte, encajaba secretamente cada una de sus
palabras: "Tengo
la boca llena de tierra". Luego
se detuvo. Trató de ver si los labios de
ella se movían. Y los vio balbucir, aunque sin
dejar salir ningún sonido.
"Tengo la boca
llena de ti, de tu boca. Tus labios apretados,
duros como si mordieran oprimiendo
mis labios . . ."
Se detuvo también.
Miró de reojo al padre Rentería y lo vio lejos,
como si estuviera detrás de un
vidrio empañado. Luego volvió a oír la
voz calentando su oído:
-Trago saliva
espumosa; mastico terrones plagados de gusanos
que se me anudan en la garganta
y raspan la pared del paladar . . .
Mi boca se hunde, retorciéndose en muecas, perforada
por los dientes
que la taladran y devoran. La nariz se reblandece. La
gelatina de los
ojos se derrite. Los cabellos arden
en una sola llamarada . . .
Le extrañaba
la quietud de Susana San Juan. Hubiera querido
adivinar sus pensamientos y ver la
batalla de aquel corazón por rechazar
las imágenes que él estaba sembrando dentro
de ella. Le miró los ojos y
ella le devolvió la mirada. Y le pareció
ver como si sus labios forzaran
una sonrisa.
-Aún
falta más. La visión de Dios. La luz suave de su cielo infinito.
El gozo de los querubines y el canto
de los serafines. La alegría de los
ojos de Dios, última y fugaz visión de
los condenados a la pena eterna.
Y no sólo eso, sino todo conjugado con un dolor
terrenal. El tuétano
de nuestros huesos convertido en
lumbre y las venas de nuestra sangre
en hilos de fuego, haciéndonos dar reparos
de increíble dolor, no
menguando nunca, atizado siempre por la ira del Señor.
"Él me cobijaba entre sus brazos. Me daba amor."
El padre Rentería
repasó con la vista las figuras que estaban
alrededor de él, esperando el último
momento. Cerca de la puerta,
Pedro Páramo aguardaba con los brazos cruzados;
en seguida,
el doctor Valencia, y junto a ellos otros señores.
Más allá, en las
sombras, un puño de mujeres a las que
se les hacía tarde para
comenzar a rezar la oración de difuntos.
Tuvo intenciones
de levantarse. Dar los santos óleos a la enferma
y decir: "He terminado." Pero no,
no había terminado todavía. No podía entregar los
sacramentos a una mujer sin conocer la medida de su
arrepentimiento.
Le entraron
dudas. Quizá ella no tenía nada de que arrepentirse.
Tal vez él no tenía nada de que
perdonarla. Se inclinó nuevamente
sobre ella y, sacudiéndole los hombros, le dijo
en voz baja:
-Vas a ir a la presencia de Dios. Y su juicio es inhumano para los pecadores.
Luego se acercó otra vez a su oído; pero ella sacudió la cabeza:
-¡Ya
váyase, padre! No se mortifique por mí. Estoy tranquila y
tengo mucho sueño.
Se oyó el sollozo de una de las mujeres escondidas en la sombra.
Entonces Susana
San Juan pareció recobrar vida. Se alzó en la
cama y dijo:
-¡Justina, hazme el favor de irte a llorar a otra parte!
Después
sintió que la cabeza se le clavaba en el vientre. Trató de
separar el vientre de su cabeza;
de hacer a un lado aquel vientre que le apretaba los ojos y le cortaba
la respiración; pero cada vez se volcaba
más como si se hundiera en la noche.
-Yo. Yo vi morir a doña Susanita.
-¿Qué dices, Dorotea?
-Lo que te
acabo de decir:
Al alba, la
gente fue despertada por el repique de las campanas.
Era la mañana de diciembre. Una
mañana gris. No fría; pero gris.
El repique comenzó con la campana mayor. La siguieron
las demás.
Algunos creyeron que llamaban para la misa grande y empezaron
a abrirse las puertas; las menos,
sólo aquellas donde vivía gente
desmañanada, que esperaba despierta a que el toque
del alba les avisara
que ya había terminado la noche. Pero el repique
duró más de lo debido.
Ya no sonaban sólo las campanas
de la iglesia mayor, sino también las
del Santuario. Llegó el mediodía y
no cesaba el repique. Llegó la noche.
Y de día y de noche las campanas siguieron tocando,
todas por igual,
cada vez con más fuerza, hasta que aquello se
convirtió en un lamento rumoroso de sonidos.
Los hombres gritaban para oír lo que querían
decir: "¿Qué habrá pasado?", se
preguntaban.
A los tres
días todos estaban sordos. Se hacía imposible hablar con
aquel zumbido de que estaba lleno
el aire. Pero las campanas seguían, seguían, algunas ya cascadas,
con un sonar hueco, como de cántaro.
-Se ha muerto doña Susana.
-¿Muerto? ¿Quién?
-La señora.
-¿La tuya?
-La de Pedro Páramo.
Comenzó
a llegar gente de otros rumbos, atraída por el constante repique.
De Contla venían como en peregrinación.
Y aun de más lejos.
Quién sabe de dónde, pero llegó
un circo, con volantines y sillas
voladoras. Músicos. Se acercaban primero como
si fueran mirones,
y al rato ya se habían avecinado,
de manera que hasta hubo serenatas.
Y así poco a poco la cosa se convirtió
en fiesta. Comala hormigueó
de gente, de jolgorio y de ruidos, igual que en los días
de la función,
en que costaba trabajo dar un paso
por el pueblo.
Las campanas
dejaron de tocar; pero la fiesta siguió. No hubo
modo de hacerles comprender que
se trataba de un duelo, de días de
duelo. No hubo modo de hacer que se fueran antes, por
el contrario,
siguieron llegando más.
La Media Luna
estaba sola, en silencio. Se caminaba con los pies descalzos; se hablaba
en voz baja. Enterraron a Susana San Juan y pocos
en Comala se enteraron. Allá había feria.
Se jugaba a los gallos, se oía la música;
los gritos de los borrachos y de loterías. Hasta acá llegaba
la luz
del pueblo, que parecía una
aureola sobre el cielo gris. Porque fueron
días grises, tristes para la Media Luna.
Don Pedro no hablaba. No salía
de su cuarto. Juró vengarse de Comala.
-Me cruzaré de brazos y Comala se morirá de hambre.
Y así
lo hizo.
El Tilcuate siguió viniendo:
-Ahora somos carrancistas.
-Está bien.
-Andamos con mi general Obregón.
-Está bien.
-Allá se ha hecho la paz. Andamos sueltos.
-Espera. No desarmes a tu gente. Esto no puede durar mucho.
-Se ha levantado
en armas el padre Rentería. ¿Nos vamos con él,
o contra él?
-Eso ni se discute. Ponte al lado del gobierno.
-Pero si somos irregulares. Nos consideran rebeldes.
-Entonces vete a descansar:
-¿Con el vuelo que llevo?
-Haz lo que quieras, entonces.
-Me iré
a reforzar al padrecito. Me gusta cómo gritan.
Además lleva uno ganada la salvación.
-Haz lo que
quieras.
Pedro Páramo
estaba sentado en un viejo equipal, junto a la puerta grande de la Media
Luna, poco antes de que se fuera la última
sombra
de la noche. Estaba solo, quizá desde hacía
tres horas. No dormía.
Se había olvidado del sueño y del tiempo:
"Los viejos dormimos poco,
casi nunca. A veces apenas si dormitamos;
pero sin dejar de pensar.
Eso es lo único que me queda por hacer."
Después añadió en voz alta:
"No tarda ya. No tarda".
Y siguió:
"Hace mucho tiempo que te fuiste, Susana. La Luz era
igual entonces que ahora, no tan
bermeja; pero era la misma pobre luz
sin lumbre, envuelta en el paño blanco de la neblina
que hay ahora.
Era el mismo momento. Yo aquí, junto a la puerta
mirando el amanecer
y mirando cuando te ibas, siguiendo
el camino del cielo; por donde el
cielo comenzaba a abrirse en luces,
alejándote, cada vez más desteñida
entre las sombras de la tierra.
"Fue la última
vez que te vi. Pasaste rozando con tu cuerpo las
ramas del paraíso que está en la
vereda y te llevaste con tu aire sus
últimas hojas. Luego desapareciste. Te dije: ¡Regresa,
Susana!"
Pedro Páramo
siguió moviendo los labios, susurrando palabras.
Después cerró la boca y entreabrió
los ojos, en los que se reflejó la débil claridad del amanecer.
Amanecía.
A esa misma
hora, la madre de Gamaliel Villalpando, doña Inés,
barría la calle frente a la tienda
de su hijo, cuando llegó y, por la puerta entornada, se metió
Abundio Martínez. Se encontró al Gamaliel
dormido encima del mostrador con el sombrero cubriéndole la cara
para que
no lo molestaran las moscas. Tuvo
que esperar un buen rato para que
despertara. Tuvo que esperar a que doña
Inés terminara la faena de
barrer la calle y viniera a picarle las costillas a su
hijo con el mango
de la escoba y le dijera:
-¡Aquí tienes un cliente! ¡Alevántate!
El Gamaliel
se enderezó de mal genio, dando gruñidos. Tenía los
ojos colorados de tanto desvelarse
y de tanto acompañar a los borrachos, emborrachándose con
ellos. Ya sentado sobre el mostrador, maldijo a
su madre, se maldijo a sí mismo y maldijo infinidad
de veces a la vida,
"que valía un puro carajo".
Luego volvió a acomodarse con las manos
entre las piernas y se volvió a dormir
todavía farfullando maldiciones:
-Yo no tengo
la culpa de que a estas horas anden sueltos los
borrachos.
-El pobre de
mi hijo. Discúlpalo, Abundio. El pobre se pasó
la noche atendiendo a unos viajantes
que se picaron con las copas.
¿Qué es lo que te trae por aquí
tan de mañana?
Se lo dijo a gritos, porque Abundio era sordo.
-Pos nada más un cuartillo de alcohol, del que estoy necesitado.
-¿Se te volvió a desmayar la Refugio?
-Se me murió
ya, madre Villa. Anoche mismito, muy cerca de
las once. Y conque hasta vendí mis
burros. Hasta eso vendí porque
se me aliviara.
-¡No
oigo lo que estás diciendo! ¿O no estás diciendo nada?
¿Qué es lo que dices?
-Que me pasé
la noche velando a la muerta, a la Refugio.
Dejó de resollar anoche.
-Con razón
me olió a muerto. Fíjate que hasta yo le dije al
Gamaliel: "Me huele que alguien se murió
en el pueblo." Pero ni caso
me hizo; con eso de que tuvo que congeniar con los viajantes,
el pobre
se emborrachó. Y tú sabes que cuando está
en ese estado, todo le da
risa y ni caso le hace a una. ¿Pero
qué me dices? ¿Y tienes convidados
para el velorio?
-Ninguno, madre
Villa. Para eso quiero el alcohol para curarme
la pena.
-¿Lo quieres puro?
-Sí,
madre Villa. Pa emborracharme más pronto. Y démelo rápido
que llevo prisa.
-Te daré
dos decilitros por el mismo precio y por ser para ti.
Ve diciéndole entretanto a la difuntita
que yo siempre la aprecié y
que me tome en cuenta cuando llegue a la gloria.
-Sí, madre Villa.
-Díselo antes de que acabe de enfriar.
-Se lo diré.
Yo se que ella también cuenta con usté pa que ofrezca
sus oraciones. Con decirle que se
murió compungida porque no hubo ni
quien la auxiliara.
-¿Qué, no fuiste a ver al padre Rentería?
-Fui. Pero me informaron que andaba en el cerro.
-¿En cuál cerro?
-Pos por esos andurriales. Usté sabe que andan en la revuelta.
-¿De modo que también él? Pobres de nosotros, Abundio.
-A nosotros
qué nos importa eso, madre Villa. Ni nos va ni nos
viene. Sírvame la otra. Ahi como
que se hace la disimulada, al fin y al
cabo el Gamaliel está dormido.
-Pero no se
te olvide pedirle a la Refugio que ruegue a Dios por mí,
que tanto lo necesito.
-No se mortifique.
Se lo diré en llegando. Y hasta le sacaré
la promesa de palabra, por si es necesario
y pa que usté se deje de
apuraciones.
-Eso, eso mero
debes hacer. Porque tú sabes cómo son las mujeres.
Así que hay que exigirles
el cumplimiento en seguida.
Abundio Martínez dejó otros veinte centavos sobre el mostrador.
-Déme
el otro cuartillo, madre Villa. Y si me lo quiere dar
sobradito por ahi es cosa de usté. Lo
único que le prometo es que
éste sí me lo iré a beber junto
a la difuntita; junto a mi Cuca.
-Vete pues,
antes que se despierte mi hijo. Se le agria mucho el
genio cuando amanece después
de una borrachera. Vete volando y no
se te olvide darle mi encargo a tu mujer.
Salió
de la tienda dando estornudos. Aquello era pura lumbre;
pero como le habían dicho que así
se subía más pronto, sorbió un
trago tras otro, echándose aire en la boca con
la falda de la camisa.
Luego trató de ir derecho a su casa, donde lo
esperaba la Refugio;
pero torció el camino y echó
a andar calle arriba, saliéndose del pueblo
por donde lo llevó la vereda.
-¡Damiana!
-llamó Pedro Páramo-. Ven a ver qué quiere ese
hombre que viene por el camino.
Abundio siguió
avanzando, dando traspiés, agachando la cabeza
y a veces caminando en cuatro patas.
Sentía que la tierra se retorcía,
le daba vueltas y luego se le soltaba; él corría
para agarrarla y cuando
ya la tenía en sus manos se le volvía a
ir; hasta que llegó frente a la
figura de un señor sentado
junto a una puerta. Entonces se detuvo:
-Denme una caridad para enterrar a mi mujer -dijo.
Damiana Cisneros
rezaba: "De las asechanzas del enemigo malo, líbranos, Señor."
Y le apuntaba con las manos haciendo la señal
de la
cruz.
Abundio Martínez
vio a la mujer de los ojos azorados, poniéndole aquella cruz enfrente,
y se estremeció. Pensó que tal vez el
demonio
lo había seguido hasta allí, y se dio vuelta,
esperando encontrarse con
alguna mala figuración. Al no ver a nadie repitió
-Vengo por una ayudita para enterrar a mi muerta.
El sol le llegaba por la espalda. Ese sol recién salido, casi frío, desfigurado por el polvo de la tierra.
La cara de
Pedro Páramo se escondió debajo de las cobijas
como si se escondiera de la luz, mientras
que los gritos de Damiana
se oían salir más repetidos, atravesando
los campos: ¡Están matando
a don Pedro!"
Abundio Martínez
oía que aquella mujer gritaba. No sabía que hacer para acabar
con esos gritos. No le encontraba la punta a sus pensamientos.
Sentía que los gritos de la vieja se debían estar
oyendo muy lejos. Quizá
hasta su mujer los estuviera oyendo, porque a él
le taladraban las orejas,
aunque no entendía lo que decía. Pensó
en su mujer, que estaba tendida
en el catre, solita, allá en el patio
de su casa, adonde él la había sacado
para que se serenara y no se apestara pronto. La Cuca,
que todavía ayer
se acostaba con él, bien viva, retozando como
una potranca, y que lo
mordía y le raspaba la nariz
con su nariz. La que le dio aquel hijito que
se les murió apenas nacido, dizque porque
ella estaba incapacitada:
el mal de ojo y los fríos y la rescoldera y no
sé cuántos males tenía
su mujer, según le dijo el doctor que fue a verla
ya a última hora,
cuando tuvo que vender sus burros para
traerlo hasta acá, por el cobro
tan alto que le pidió. Y de nada había
servido . . . La Cuca, que ahora
estaba allá aguantando el relente, con los ojos
cerrados, ya sin poder
ver amanecer, ni este sol ni ningún
otro.
-¡Ayúdenme! -dijo-. Denme algo.
Pero ni siquiera
él se oyó. Los gritos de aquella mujer lo dejaban
sordo.
Por el camino
de Comala se movieron unos puntitos negros.
De pronto los puntitos se convirtieron
en hombres y luego estuvieron
aquí, cerca de él. Damiana Cisneros dejó
de gritar. Deshizo su cruz.
Ahora se había caído y abría la
boca como si bostezara.
Los hombres
que habían venido la levantaron del suelo y la
llevaron al interior de la casa.
-¿No le ha pasado nada a usted, patrón? -preguntaron.
Apareció la cara de Pedro Páramo, que sólo movió la cabeza.
Desarmaron
a Abundio, que aún tenía el cuchillo lleno de sangre
en la mano:
-Vente con nosotros -le dijeron-. En buen lío te has metido.
Y el los siguió.
Antes de entrar
en el pueblo les pidió permiso. Se hizo a un lado
y allí vomitó una cosa amarilla
como de bilis. Chorros y chorros, como
si hubiera sorbido diez litros de agua. Entonces le
comenzó a arder la
cabeza y sintió la lengua trabada.
-Estoy borracho -dijo.
Regresó
a donde estaban esperándolo. Se apoyó en los hombros
de ellos, que lo llevaron a rastras,
abriendo un surco en la tierra con la
punta de los pies.
Allá
atrás, Pedro Páramo, sentado en su equipal, miró el
cortejo
que se iba hacia el pueblo. Sintió
que su mano izquierda, al querer
levantarse, caía muerta sobre sus rodilla; pero
no hizo caso de eso.
Estaba acostumbrado a ver morir cada día alguno
de sus pedazos.
Vio cómo se sacudía el paraíso
dejando caer sus hojas: "Todos escogen
el mismo camino. Todos se van." Después volvió
al lugar donde había
dejado sus pensamientos.
-Susana -dijo. Luego cerró los ojos-. Yo te pedí que regresaras . . .
". . . Había
una luna grande en medio del mundo. Se me perdían
los ojos mirándote. Los rayos
de la luna filtrándose sobre tu cara.
No me cansaba de ver esa aparición que eras tú.
Suave, restregada de
luna; tu boca abullonada, humedecida, irisada de estrellas;
tu cuerpo
transparentándose en el agua de la noche. Susana,
Susana San Juan."
Quiso levantar
su mano para aclarar la imagen; pero sus piernas
la retuvieron como si fuera de piedra.
Quiso levantar la otra mano y
fue cayendo despacio, de lado, hasta quedar apoyada en
el suelo como
una muleta deteniendo su hombro deshuesado.
-Esta es mi muerte -dijo.
El sol se fue
volteando sobre las cosas y les devolvió su forma.
La tierra en ruinas estaba frente
a él, vacía. El calor caldeaba su cuerpo.
Sus ojos apenas se movían; saltaban de un recuerdo
a otro, desdibujando
el presente. De pronto su corazón se detenía
y parecía como si también
se detuvieran el tiempo y el aire
de la vida.
"Con tal de que no sea una nueva noche", pensaba él.
Porque tenía
miedo de las noches que le llenaban de fantasmas.
De eso tenía miedo.
"Sé
que dentro de pocas horas vendrá Abundio con sus manos ensangrentadas
a pedirme la ayuda que le negué. Y yo no tendré
manos
para taparme los ojos y no verlo. Tendré que oírlo;
hasta que su voz se apague con el día, hasta
que se le muera su voz."
Sintió
que unas manos le tocaban los hombros y enderezó el
cuerpo, endureciéndolo.
-Soy yo, don Pedro -dijo Damiana-. ¿No quiere que le traiga su almuerzo?
Pedro Páramo respondió:
-Voy para allá. Ya voy.
Se apoyó
en los brazos de Damiana Cisneros e hizo el intento de caminar. Después
de unos cuantos pasos cayó, suplicando por
dentro;
pero sin decir una sola palabra. Dio un golpe seco
contra la tierra y se
fue desmoronando como si fuera un montón de piedras.