Juan Rulfo
Parte IX
Susana San
Juan se levantó despacio. Enderezó el cuerpo
lentamente y se alejó de la cama. Allí
estaba otra vez el peso, en sus
pies, caminando por la orilla de su cuerpo; tratando
de encontrarle la
cara:
-¿Eres tú, Bartolomé? -preguntó.
Le pareció
oír rechinar la puerta, como cuando alguien entraba
o salía. Y después sólo la
lluvia, intermitente, fría, rodando sobre las
hojas de los plátanos, hirviendo en su propio
hervor.
Se durmió
y no despertó hasta que la luz alumbró los ladrillos
rojos, asperjados de rocío entre
la gris mañana de un nuevo día. Gritó:
-¡Justina!
Y ella apareció
en seguida, como si ya hubiera estado allí,
envolviendo su cuerpo en una frazada.
-¿Qué quieres, Susana?
-El gato. Otra vez ha venido.
-Pobrecita de ti, Susana.
Se recostó
sobre su pecho, abrazándola, hasta que ella logró
levantar aquella cabeza y le preguntó:
-¿Por
qué lloras? Le diré a Pedro Páramo que eres buena
conmigo.
No le contaré nada de los
sustos que me da tu gato. No te pongas así,
Justina.
-Tu padre ha
muerto, Susana. Antenoche murió, y hoy han venido
a decir que nada se puede hacer;
que ya lo enterraron; que no lo han
podido traer aquí porque el camino era muy largo.
Te has quedado sola. Susana.
-Entonces era
él -y sonrió-. Viniste a despedirte de mí -dijo, y
sonrió.
Muchos años antes, cuando ella era una niña, él le había dicho:
-Baja, Susana, y dime lo que ves.
Estaba colgada
de aquella soga que le lastimaba la cintura,
que le sangraba sus manos; pero que
no quería soltar: era como el
único hilo que la sostenía al mundo de
afuera.
-No veo nada, papá.
-Busca bien, Susana. Haz por encontrar algo.
Y la alumbró con su lámpara.
-No veo nada, papá.
-Te bajaré más. Avísame cuando estés en el suelo.
Había
entrado por un pequeño agujero abierto entre las tablas.
Había caminado sobre tablones
podridos, viejos, astillados y llenos
de tierra pegajosa:
-Baja más abajo, Susana, y encontrarás lo que te digo.
Y ella bajó
y bajó en columpio, meciéndose en la profundidad,
con sus pies bamboleando "en el
no encuentro dónde poner los pies".
-Más abajo, Susana. Más abajo. Dime si ves algo.
Y cuando encontró
el apoyo allí permaneció, callada, porque
se enmudeció de miedo. La lámpara
circulaba y la luz pasaba de largo
junto a ella. Y el grito de allá arriba la estremecía:
-¡ Dame lo que está allí, Susana!
Y ella agarró
la calavera entre sus manos y cuando la luz le dio
de lleno la soltó.
-Es una calavera de muerto- dijo.
-Debes encontrar algo más junto a ella. Dame todo lo que encuentres.
EI cadáver
se deshizo en canillas; la quijada se desprendió como
si fuera de azúcar. Le fue dando
pedazo a pedazo hasta que llegó a los
dedos de los pies y le entregó coyuntura tras
coyuntura. Y la calavera primero; aquella bola redonda que
se deshizo entre sus manos.
-Busca algo
más, Susana. Dinero. Ruedas redondas de oro.
Búscalas, Susana.
Entonces ella
no supo de ella, sino muchos días después entre el
hielo, entre las miradas llenas de
hielo de su padre.
Por eso reía ahora.
-Supe que eras tú, Bartolomé.
Y la pobre
de Justina, que lloraba sobre su corazón, tuvo que
levantarse al ver que ella reía y que
su risa se convertía en carcajada.
Afuera seguía
lloviendo. Los indios se habían ido.
Era lunes y el valle de Comala seguía anegándose
en lluvia.
Los vientos
siguieron soplando todos esos días. Esos vientos que
habían traído las lluvias. La lluvia
se había ido; pero el viento se quedó.
Allá en los campos la milpa oreó sus hojas
y se acostó sobre los surcos
para defenderse del viento. De día era pasadero;
retorcía las yedras
y hacía crujir las tejas
en los tejados; pero de noche gemía, gemía
largamente. Pabellones de nubes pasaban en silencio
por el cielo como
si caminaran rozando la tierra.
Susana San
Juan oye el golpe del viento contra la ventana cerrada.
Está acostada con los brazos
detrás de la cabeza pensando, oyendo los
ruidos de la noche; cómo la noche va y viene
arrastrada por el soplo del
viento sin quietud. Luego el seco detenerse.
Han abierto
la puerta. Una racha de aire apaga la lámpara.
Ve la oscuridad y entonces deja de
pensar. Siente pequeños susurros.
En seguida oye el percutir de su corazón en palpitaciones
desiguales.
Al través de sus párpados cerrados entrevé
la llama de la luz.
No abre los
ojos. El cabello está derramado sobre su cara.
La luz enciende gotas de sudor en sus
labios. Pregunta:
-¿Eres tú, padre?
-Soy tu padre, hija mía.
Entreabre los
ojos. Mira como si cruzara sus cabellos una sombra
sobre el techo, con la cabeza encima
de su cara. Y la figura borrosa de
aquí enfrente, detrás de la lluvia de sus
pestañas. Una luz difusa; una
luz en el lugar del corazón, en forma de corazón
pequeño que palpita
como llama parpadeante. "Se te está
muriendo de pena el corazón
-piensa-. Ya sé que vienes a contarme que
murió Florencio; pero eso
ya lo sé. No te aflijas por los demás;
no te apures por mí. Yo tengo
guardado mi dolor en un lugar seguro. No dejes que se
te apague el
corazón."
Enderezó
el cuerpo y lo arrastró hasta donde estaba el padre
Rentería.
¡Déjame
consolarte con mi desconsuelo! -dijo, protegiendo la
llama de la vela con sus manos.
El padre Rentería
la dejó acercarse a él; la miró cercar con sus
manos la vela encendida y luego
juntar su cara al pabilo inflamado,
hasta que el olor a carne chamuscada lo obligó
a sacudirla, apagándola
de un soplo.
Entonces volvió la oscuridad y ella corrió a refugiarse debajo de sus sábanas.
El padre Rentería le dijo:
-He venido a confortarte, hija.
-Entonces adiós, padre -contestó ella-. No vuelvas. No te necesito.
Y oyó
cuando se alejaban los pasos que siempre dejaban una
sensación de frío, de temblor y
miedo.
-¿Para qué vienes a verme, si estás muerto?
El padre Rentería cerró la puerta y salió al aire de la noche.
El viento seguía
soplando.
Un hombre al que decían el Tartamudo llegó a la Media Luna y preguntó por Pedro Páramo.
-¿Para qué lo solicitas?
-Quiero hablar cocon él.
-No está.
-Dile, cucuando regrese, que vengo de paparte de don Fulgor.
-Lo iré a buscar; pero aguántate unas cuantas horas.
-Dile es cocosa de urgencia.
-Se lo diré.
El hombre al
que decían el Tartamudo aguardó arriba del caballo. Pasado
un rato, Pedro Páramo, que nunca había
visto, se le puso
enfrente:
-¿Qué se te ofrece?
-Necesito hablar directamente cocon el patrón.
-Yo soy. ¿Qué quieres?
- Pues, nanada
más esto. Mataron a don Fulgor Sesedano. Yo le
hacía compañía. Habíamos
ido por el rurrumbo de los vertederos para averiguar por
qué se estaba escaseando el agua. Y en eso
andábamos cucuando vimos una manada de hombres que nos salieron
al encuentro.
Y de entre la mumultitud aquella
brotó una voz que dijo: "Yo a ése le coconozco. Es el administrador
de la Memedia Luna."
"A mí
ni me totomaron en cuenta. Pero a don Fulgor le mandaron
soltar la bestia. Le dijeron que
eran revolucionarios. Que venían por las
tierras de usté.'¡Cocórrale! -le
dijeron a don Fulgor-. ¡Vaya y dígale
a su patrón que allá nos veremos!' Y él soltó
la cacalda, despavorido. No muy
de prisa por lo pepesado que era;
pero corrió. Lo mataron,cocorriendo.
Murió cocon una pata arriba y otra
abajo."
"Entonces yo
ni me momoví. Esperé que fuera de nonoche y aquí
estoy para anunciarle lo que papasó."
-¿Y
qué esperas? ¿Por qué no te mueves? Anda y diles a
ésos
que aquí estoy para lo que se les
ofrezca. Que vengan a tratar conmigo.
Pero antes date un rodeo por La Consagración.
¿Conoces al Tilcuate?
Allí estará. Dile que necesito verlo. Y
a esos fulanos avísales que
los espero en cuanto tengan un tiempo
disponible. ¿Qué jaiz de
revolucionarios son?
-No lo sé. Ellos ansí se nonombran.
-Dile al Tilcuate que lo necesito más que de prisa.
-Así lo haré, papatrón.
Pedro Páramo
volvió a encerrarse en su despacho. Se sentía
viejo y abrumado. No le preocupaba
Fulgor, que al fin y al cabo ya
estaba "más para la otra que para ésta".
Había dado de sí todo lo que
tenía que dar; aunque fue muy servicial, lo que
sea de cada quien.
"De todos modos, los 'tilcuatazos'
que se van a llevar esos locos", pensó.
Pensaba más
en Susana San Juan, metida siempre en su cuarto, durmiendo, y cuando no,
como si durmiera. La noche anterior se la
había pasado en pie, recostado en la pared, observando
a través de la
pálida luz de la veladora el cuerpo en movimiento
de Susana; la cara sudorosa, las manos agitando las
sábanas, estrujando la almohada hasta
el desmorecimiento.
Desde que la
había traído a vivir aqui no sabía de otras noches
pasadas a su lado, sino de estas
noches doloridas, de interminable
inquietud. Y se preguntaba hasta cuándo terminaría
aquello.
Esperaba que
alguna vez. Nada puede durar tanto, no existe
ningún recuerdo por intenso que sea
que no se apague.
Si al menos
hubiera sabido qué era aquello que la maltrataba por
dentro, que la hacía revolcarse
en el desvelo, como si la despedazaran
hasta inutilizarla.
Él creía
conocerla. Y aun cuando no hubiera sido así, ¿acaso
no era suficiente saber que era la
criatura más querida por él sobre
la tierra? Y que además, y esto era lo más
importante, le serviría para
irse de la vida alumbrándose con aquella imagen
que borraría todos los
demás recuerdos.
¿Pero
cuál era el mundo de Susana San Juan? Ésa fue una de
las cosas que Pedro Páramo nunca
llegó a saber.
"Mi cuerpo
se sentía a gusto sobre el calor de la arena. Tenía los
ojos cerrados, los brazos abiertos,
desdobladas las piernas a la brisa
del mar. Y el mar allí enfrente, lejano, dejando
apenas restos de espuma
en mis pies al subir de su marea..."
-Ahora sí
es ella la que habla, Juan Preciado. No se te olvide
decirme lo que dice.
". . . Era
temprano. El mar corría y bajaba en olas. Se desprendía
de su espuma y se iba, limpio, con
su agua verde, en ondas calladas.
" -En el mar
sólo me sé bañar desnuda -le dije. Y él me
siguió
el primer día, desnudo también,
fosforescente al salir del mar.
No había gaviotas; sólo esos pájaros
que les dicen 'picos feos', que
gruñen como si roncaran y después de que
sale el sol desaparecen.
El me siguió el primer día y se
sintió solo, a pesar de estar yo allí."
Es como si
fuera un 'pico feo', uno más entre todos me dijo.
Me gustas más en las noches, cuando
estamos los dos en la misma
almohada, bajo las sábanas, en la oscuridad.
" Y se fue."
"Volví
yo. Volvería siempre. El mar moja mis tobillos y se va;
moja mis rodillas, mis muslos; rodea
mi cintura con su brazo suave,
da vuelta sobre mis senos; se abraza de mi cuello; aprieta
mis hombros. Entonces me hundo con él, entera.
Me entrego a él en su fuerte batir,
en su suave poseer, sin dejar pedazo."
" Me gusta bañarme en el mar" -le dije.
"Pero él no comprende"
"Y al otro
día estaba otra vez en el mar, purificándome. Entregándome
en sus olas"
Pardeando la
tarde, aparecieron los hombres. Venían encarabinados
y terciados de cerrilleras. Eran
cerca de veinte . Pedro Páramo los invitó
a cenar a la mesa y esperaron callados. Sólo
se les oyó sorber el chocolate,
y masticar tortilla tras tortilla cuando les arrimaron
los frijoles.
Pedro Páramo
los miraba. No se le hacían caras conocidas.
Detrasito de él, en la sombra el Tilcuate.
-Patrones -les
dijo cuando vio que acababan de comer-, ¿ en que
más puedo servirlos?
-¿Usted es el dueño de esto? -preguntó uno abanicando la mano.
Pero otro lo interrumpió diciendo:
-¡Aquí yo soy el que hablo!
Bien. ¿qué se les ofrece? -volvió a preguntar Pedro Páramo.
-Como usté ve, nos hemos levantado en armas.
-¿Y?
-Y pos eso es todo. ¿Le parece poco?
-¿Pero porqué lo han hecho?
-Pos porque
otros lo han hecho también. ¿No lo sabe usté?
Aguárdenos tantito a que nos lleguen
instrucciones y entonces le averiguaremos la causa. Por lo pronto ya estamos
aquí.
-Yo sé
la causa dijo otro. Y si quiere se la entero. Nos hemos
rebelado contra el gobierno y contra
ustedes porque ya estamos aburridos
de soportarlos. Al gobierno por rastrero y a ustedes
porque no son más
que unos móndrigos bandidos y mantecosos ladrones.
Y del señor
gobierno ya no digo nada porque
le vamos a decir a balazos lo que le queremos decir.
-¿Cuánto
necesitan para hacer su revolución? -preguntó Pedro
Páramo. -Tal vez yo pueda ayudarlos.
-Dice bien
aquí el señor, Perseverancio. No se te debía soltar
la lengua. Necesitamos agenciarnos
un rico pa que no habilite, y qué
mejor que el señor aquí presente. ¿A
ver tú, Casildo, como cuánto nos
hace falta?
-Que nos dé lo que su buena intención quiera darnos.
-Éste
"no le daría agua ni al gallo de la pasión". Aprovechemos
que estamos aquí para sacarle de una vez hasta
el maíz que trai atorado en
su cochino buche.
-Cálmate,
Perseverancio. Por las buenas se consiguen mejor las
cosas. Vamos a ponernos de acuerdo.
Habla tú, Casildo.
-Pos yo ahi
al cálculo diría que unos veinte mil pesos no estarían
mal para el comienzo ¿Qué les
parece a ustedes? Ora que quién sabe si
al señor éste se le haga poco, con eso
de que tiene sobrada voluntad de ayudarnos. Pongamos
entonces cincuenta mil. ¿De acuerdo?
-Les voy a
dar cien mil pesos -les dijo Pedro Páramo . ¿Cuántos
son ustedes?
-Semos trescientos.
-Bueno. Les
voy a prestar otros trescientos hombres para que
aumenten su contingente. Dentro
de una semana tendrán a su disposición tanto los hombres
como el dinero. El dinero se los regalo,a los hombres
nomás se los presto. En cuanto los desocupen mándenmelos
para acá.
¿Está
bien así?
-Pero cómo no.
-Entonces hasta
dentro de ocho días, señores. Y he tenido mucho
gusto en conocerlos.
-Sí
-dijo el último al salir. Acuérdese que, si no nos cumple,
oirá
hablar de Perseverancio, que así
es mi nombre.
Pedro Páramo
se despidió de él dándole la mano.
-¿Quién
crees tú que sea el jefe de éstos? -le preguntó más
tarde
al Tilcuate.
-Pues a mí
se me figura que es el barrigón ese que estaba en medio
y que ni alzó los ojos. Me late
que es él . . . Me equivoco pocas veces,
don Pedro.
-No, Damasio, el jefe eres tú. ¿ O qué, no te quieres ir a la revuelta?
-Pero si hasta se me hace tarde. Con lo que me gusta a mí la bulla.
-Ya viste pues
de qué se trata, así que ni necesitas mis consejos.
Júntate trescientos muchachos
de tu confianza y enrólate con esos alzados. Diles que les llevas
la gente que les prometí. Lo demás ya
sabrás tú cómo manejarlo.
-¿Y del dinero qué les digo? ¿También se los entriego?
-Te voy a dar
diez pesos para cada uno. Ahí nomás para sus gastos
más urgentes. Les dices que
el resto está aquí guardado y a su disposición.
No es conveniente cargar tanto dinero andando
en esos trajines. Entre paréntesis ¿Te gustaría
el ranchito de la Puerta de Piedra? Bueno pues
es tuyo desde ahorita. Le vas a
llevar un recado al Licenciado Gerardo Trujillo, de Comala, y allí
mismo pondrá a tu nombre la propiedad.
¿Qué dices, Damasio?
-Eso ni se
pregunta, patrón. Aunque con eso o sin eso yo haría
esto por puro gusto. Como si usted
no me conociera. De cualquier modo,
se lo agradezco. La vieja tendrá por lo menos
con qué entretenerse
mientras yo suelto el trapo.
-Y mira, ahi
de pasada arréate unas cuantas vacas. A ese rancho lo
que le falta es movimiento.
-¿No importa que sean cebuses?
-Escoge de
las que quieras, y las que tantees pueda cuidar tu mujer.
Y volviendo a nuestro asunto, procura
no alejarte mucho de mis terrenos,
por eso de que si vienen otros que vean el campo
ya ocupado. Y venme
a ver cada que puedas o tengas alguna novedad.
-Nos veremos
patrón.
-¿Qué es lo que dice Juan Preciado?
-Dice que ella
escondía sus pies entre las piernas de él. Sus pies
helados como piedras frías y que
allí se calentaban como en un horno
donde se dora el pan. Dice que él mordía
los pies diciéndole que eran
como pan dorado en el horno. Que dormía acurrucada,
metiéndose
dentro de él, perdida en
la nada al sentir que se quebraba su carne,
que se abría como un surco abierto por un
clavo ardoroso, luego tibio,
luego dulce, dando golpes duros contra su carne blanda;
sumiéndose,
sumiéndose más, hasta el gemido.Pero que
le había dolido más su
muerte. Eso dice.
-¿A quién se refiere?
-A alguien que murió antes que ella, seguramente.
-¿Pero quién pudo ser?
-No sé.
Dice que en la noche en la cual él tardó en venir sintió
que había regresado ya muy noche,
quizá de madrugada. Lo notó
apenas, porque sus pies, que habían estado solos
y fríos, parecieron envolverse en algo; que
alguien los envolvía en algo y les da calor.
Cuando despertó los encontró
liados en un periódico que ella había
estado leyendo mientras lo esperaba y que había
dejado caer al suelo
cuando ya no pudo soportar el sueño. Y que allí
estaban sus pies
envueltos en periódico cuando
vinieron a decirle que él había muerto.
-Se ha de haber
roto el cajón donde la enterraron, porque oye
como un crujir de tablas.
-Sí,
yo también lo oigo.
-Esa noche
volvieron a sucederse los sueños ¿Porqué ese recordar
intenso de tantas cosas? ¿Porqué no
simplemente la muerte y no esa
música tierna del pasado?
-Florencio ha muerto, señora.
-¡Qué
largo era aquel hombre! ¡Qué alto! Y su voz era dura.
Seca como la tierra más seca. Y
su figura era borrosa, ¿O se hizo
borrosa después?, como si entre ella y él
se interpusiera la lluvia.
"¿Qué había dicho? ¿Florencio?
¿De cuál Florencio hablaba? ¿del mío?
¡Oh!, porqué no lloré y me
anegué entonces en lágrimas para enjuagar
mi angustia. ¡Señor, tú no existes!
Te pedí tu protección para él.
Que me lo cuidaras. Eso te pedí. Pero tú
te ocupas nada más de las almas.
Y yo lo que quiero de él
es su cuerpo. Desnudo y caliente de amor;
hirviendo de deseos; estrujando el temblor de
mis senos y de mis brazos.
Mi cuerpo transparente suspendido del suyo. Mi cuerpo
liviano
sostenido y suelto a sus fuerzas. ¿Qué
haré de mis doloridos labios?"
Mientras Susana
San Juan se revolvía inquieta, de pie, junto a
la puerta, Pedro Páramo la miraba
y contaba los segundos de aquel
nuevo sueño que ya duraba mucho. El aceite de
la lámpara chisporreaba
y la llama hacía cada vez más débil
su parpadeo. Pronto se apagaría.
Si al menos
fuera dolor lo que sintiera ella, y no esos sueños
sin sosiego, esos interminables y agotadores
sueños, él podría buscarle
algún consuelo. Así pensaba Pedro Páramo,
fija la vista en Susana
San Juan, siguiendo cada uno de sus movimientos. ¿Qué
sucedería si
ella también se apagara cuando
se apagara la llama de aquélla débil luz
con que él la veía?
Después
salió cerrando la puerta sin hacer ruido. Afuera el limpio
aire de la noche despegó de
Pedro Páramo la imagen de Susana San Juan.
Ella despertó
un poco antes del amanecer. Sudorosa tiró al suelo
las pesadas cobijas y se deshizo
hasta el calor de las sábanas. Entonces
su cuerpo se quedó desnudo, refrescado por el
viento de la madrugada. Suspiró y luego volvió
a quedarse dormida.
Así fue como la encontró horas después el padre Rentería; desnuda y dormida.