Juan Rulfo
Yo estaba entonces
en mis comienzos. Apenas unos días antes
había agarrado la cuerda, cuando
las muchachas de Trujano me dieron
la oportunidad, haciéndome un campito a su alrededor.
Y a pesar del contrapeso que era tener siempre delante de
una al sujeto que tronaba
las nueces; a riesgo de estar viendo
a todas horas su cara seca y sus
ojos sin zumo y sin pestañas y su caraje
huesudo, era mucho mejor
estar aquí, trabajando en chorcha, que andar derramada
por las calles.
Además,en
Valerio Trujano se me desterró el miedo. Al cabo de
dos o tres semanas ya no lo sentí,
como si se hubiera dado cuenta de
que conmigo salía sobrando. Y aunque en muchas
ocasiones noté sus temblores, procuraba esconderse
cuando veía mis necesidades, tal vez
y seguramente por miedo a que lo
mandara a vivir solo, porque el miedo
es la cosa que más miedo le tiene
a la soledad, según yo sé.
Así en esas andanzas, fue cuando conocí al que después fue mi marido...
Una noche se
me acercó un hombre. Esto no tenía importancia,
pues para eso estaba yo allí, para
que me buscaran los hombres.
Pero el que se me arrimó esa noche se distinguía
de los demás en que
traía un niño en brazos. Un niño
pequeño, de los que todavía se valen
de la gente para ir de un lado a
otro.
Al verlo junto
a mí, pensé que venía a limosnear, porque alargó
la mano como pidiendo dinero. Estaba
yo por darle unos centavos,
cuando inquirió el precio.
-¡No! -le dije yo-. Así no .
-Asíno ¿qué?
-Con eso que llevas encima.
-A él
no le interesan todavía estas cosas -respondió-.
Ahora que no estaría por demás que ya
se fuera instruyendo.
Desentendiéndome
de él, miré a todas partes buscando con los
ojos alguna muchacha que me viniera
a sacar del apuro. Pero las pocas
que andaban por allí, estaban aparejadas.
-Tal vez vienes
buscando a alguien en especial -le dije-.
Alguna con quien ya has estado otras veces.
-Vengo por ti -me contestó-. Nomás dime cuanto cobras.
Parecía no entender que yo no iría con él a ninguna parte mientras cargara a su criatura.
-Nomás dime -volvió a decir.
Entonces le
señalé un precio muy alto, quizá diez veces mayor
del que acostumbrábamos pedir.
-Está bien -dijo-. ¡Vamos!
Yo pensé
que aquello no estaba nada bien. Pero también pensé
que el que "tronaba las nueces"
no nos daría cuarto en el hotel. Y así
sucedió. En cuanto cruzamos el pasillo, sentimos
el aire de su mano
huesuda que nos echaba fuera.
-Ya ves-le dije-, ya ves que no se puede.
-Se podrá -contestó él-. No faltaba más.
Estábamos
otra vez en la calle. Me rodeó la cintura y me fue
llevando.
-Conozco un
sitio medio oscuro... el encargado es un "tú-la-trais".
Allí sí nos dejarán entrar.
Yo miraba al
niño que se retorcía en sus brazos. Tenía los
ojos como de gente grande, llenos de
malicia o de malas intenciones.
Pensé que tal vez fuera el puro reflejo de nuestros
vicios.
Me hubiera
gustado que se soltara berreando para que su padre le
echara tierra a este negocio y se
fuera con todo y niño a descansar en
paz. Pensaba en eso, cuando los ojos del muchachito
empezaron a reír.
Me tendió los brazos y brincaba y se reía
conmigo, enseñándome el
único diente de su boca.
-Ya ves? -dijo el fulano-. También él quiere ir contigo.
El chamaco
estaba envuelto como tamal, enrrollado en un jorongo.
Lo apreté contra mi cuello dándole
de nalgaditas para que durmiera.
Pero aquel niño no tenía sueño;
se revolvía como gusano y buscaba con
su boca allí donde sabía que estaba la
comida. A rasguño y rasguño fue abriéndome la
blusa hasta que sus manos se agarraron de mis senos.
-Esta criatura tiene hambre -le dije al tipo aquel.
-Tenemos tiempo -contestó-. Después le daremos de comer.
Llegamos a la puerta de un hotel donde él me detuvo:
-¿Aquí es? -le pregunté.
-Sí, aquí mero.
Pasamos. Atravesamos
un patio donde había un tendedero de
sábanas, y al comenzar a subir la
escalera, oímos una voz que nos
gritaba que allí no era casa cuna.
Entonces fuimos
más lejos, como para allá, por las calles de
Ogazón. Él se llamaba Claudio Marcos.
No, el niño no era suyo.
Era de un compadre. Nomás que él se había
acomedido a cuidarlo
porque hoy la estaba celebrando. Bueno, todos los días
se las colocaba,
pero nunca se había puesto
tan necio como ahora.
Por eso había
sacado al niño de la cantina, para que no siguiera aporreándose
la cabeza cada vez que el compadre se caía
al suelo.
Y como ya estaba desentendido fue fácil quitárselo.
Lo bueno va a
estar mañana cuando recuerde y no dé con
el muchachito ni se las
huela dónde lo dejó.
-¿No lo vas a llevar a su casa?
-Para allá
iba. Pero al verte varié de opinión. Se me ocurrió
que
el niño pasaría bien la noche con
nosotros.
-¿Te divierte hacer eso?
-¿Qué dices?
-Nada.
-Yo a ti ya
te había echado el ojo -siguió diciendo-. Pero no me
animaba a hablarte. Con esa cara
no pareces de la misma raza que las
otras. Si hasta creí que andaíras por estos
barrios nomás de visita.
-Bueno,¿adónde vamos? -pregunté yo.
Él no hizo caso. Siguió caminando sin dejar de hablar.
-Lo mejor es que lleves al niño con su madre -le dije.
-No ganaríamos
nada con eso -respondió-. No es ella la que le
da de mamar.
Torcimos por
una calle plana, desalumbrada. Al entrar por la
placita de los Ángeles, un policia
alcanzó a conocerme:
-No te desparrames, Olga -dijo.
-¿A quién le dicen así? -me preguntó Claudio Marcos.
-A mí.
-¿No que te llamabas Pilar?
-Da lo mismo
un nombre que otro. Para lo que sirve -le contesté,
ya medio fastidiada-. Lo que tenemos
que hacer es regresarnos,
ando lejos de mi zona.
Llegamos al jardín de Santiago y nos sentamos en una banca.
El chiquillo
se había dormido sobre mis hombros. Y aunque casi
no pesaba de tan flaco, de cualquier
manera no hallaba como deshacerme
de él. No me explicaba tampoco porqué razón
seguía yo allí, y mucho
menos me pasaba por la cabeza que fuéramos a acostarnos
juntos, con
aquel recién nacido en medio de nosotros. Con
todo, el hombre no daba trazas de terminar la plática.
-Oiga -le dije,
poniéndome seria-, este niño debía estar ya dormido
en su cama. Haría bien en llevárselo.
Y si la madre no le da de mamar,
pues hágalo usted, aunque sea nadamás por
consideración.
-¿Crees que ya es hora de que le toque?
-Yo no sé
-le contesté-.Pero por lo flaco que está,
pienso que no ha probado bocado en toda
su vida.
-Ah, no. Eso
sí que no. En eso sí que no estoy de acuerdo.
El niño come. Y come un resto. Nada
menos hoy al mediodía se zampó media docena de tortillas.
También le gusta el chile y el caldito de frijoles.
Todo eso se come. Ahora que si tú no me crees, vamos a algún
lado.
Aquí traigo cincuenta pesos.
Entramos a un merendero y pedimos
cincuenta pesos de cosas y nos las comemos
entre los tres.¿Quieres?
La verdad es
que yo tenía hambre. Nos metimos a la primera
tortería que encontramos. Ya allí,
ente tanta gente, entre el olor agarroso
del chorizo frito, se me olvidó lo que andaba
haciendo con aquel fulano
que tenía enfrente. Y se me ocurrió pensar
que a él se le había olvidado
hacía rato el motivo por
el que me levantó de la calle.
Comimos. Él,
aparte de lo suyo, pidió un vaso de leche y unas
semitas.
Sentó
al niño en sus piernas y le fue dando un bocado tras otro remojado
en leche. Cuando dio fin a la primera semita, tomó
otra y así
siguió con la tercera. El niño mordisqueaba
con su único diente hasta ir achicando el pan,
luego amasaba el migajón granuloso y de pronto se
lo tragaba de un tirón.
-¿Ya
ves cómo ni se atraganta? -me decía aquel sujeto riéndose-.
Sus padres le hicieron el cogote
así de grande a fuerza de embutirle,
desde recién hecho, cuanta botana les daban en
las cantinas.
Y no cabe duda que sirve de mucho tener el cogote de
este tamaño.
-Ya que estamos
en esto -le dije-, ¿qué demontres andas haciendo
tú con ese muchacho, si tiene
madre que se encargue de cuidarlo?
-¿Te refieres a mi comadre Flaviana?
-No sé
a cuál de todas tus comadres me refiero. Pero a mí no
me va a ir muy bien esta noche.
No ganaré ni para vergüenzas.
-Pienso pagarte. ¿O qué quieres que lo haga por adelantado?
-No -le dije-,
lo que quiero es ir a cuidar mi pedazo de pared.
Tal vez esté algún amigo esperándome.
En realidad,
tenía miedo del "quiebranueces". Tanto por haberme
dejado ver con aquel cliente del
niño, que de seguro era ir contra las
reglas, como por la idea que ha de haber tenido de
mí, pensando que
le quise meter un cachirul. Y luego estaba lo del impuesto
del día,
que jamás perdonaba, así
una estuviera vomitando sangre.
El que decía llamarse Claudio Marcos también se había quedado pensativo. Luego dijo:
-Soy sepulturero.¿No
te asustas si te digo que soy sepulturero?
Pues bien, eso soy yo. Y nunca he
dicho que con ese trabajo no gano
ni para vergüenzas. Es como cualquier otro. Con
la ventaja de darse
muy seguido el gusto de enterrar a la gente. Te digo
esto porque tú,
igual que yo, debes odiar a la gente.
Tal vez mucho más que yo.
Y sobre este asunto quisiera darte un consejo:
nunca quieras a nadie.
Deja en paz esa cosa con que se quiere a los demás.
Me acuerdo que
yo tuve una tía a quien quise mucho. Se murió
de repente, cuando yo
estaba más encariñado con
ella, y lo único que conseguí con todo eso
fue que el corazón se me llenara de agujeros.
Lo oía.
Pero eso no me quitaba del pensamiento al "quiebranueces"
con sus ojos hundidos y como mudos.
Mientras aquí, este tipo me estaba platicando que odiaba a media
humanidad y que era muy bonito saber
cómo enterraría uno a uno a los que él
veía a diario. Y que cuando
alguien de aquí o de allá
le decía o le hacía alguna maldad, él no se
enojaba; pero callada la boca se prometía
dejarlos quietos una temporada
muy larga cuando cayeran en sus manos.
-...No, no
me dan pena los muertos, y mucho menos los vivos.
Desde hace quince años acabé
con eso. Al principio, me entristecía
mucho cuando a raíz de sepultar a la madre de
un montón de hijos,
ellos se soltaban dando unos alaridos espantosos, y se
abrazaban al
cajón como ladillas sin que
fuera suficiente la fuerza de tres ni cuatro
hombres para despegarlos. Me ha tocado asistir
a infinidad de casos
por el estilo. Pero ahora eso ya se murió. Cuando
uno es sepulturero
hay que enterrar la lástima
con cada muerto que uno entierra.
"... Los vivos
son los que son una vergüenza. ¿No lo crees tú así?
Los muertos no le dan guerra a nadie;
pero lo que es los vivos, no
encuentran cómo modificarle la vida a los demás.
Si hasta se medio
matan por acabar con el corazón del prójimo.
Con eso te digo todo.
En cambio, a los muertos no hay
porqué aborrecerlos. Son la gran cosa.
Son buenos. Los seres más buenos de la
tierra."
-Salgamos fuera
-le dije-. Me siento sofocada. Vamos a donde
nos dé el aire.
Cuando estuvimos
en la calle, todavía nos siguió por un rato el
humo rancio de las fritangas. Él había
escondido al niño debajo del
saco, seguramente para protegerlo del viento de la noche.
-Ahorita que
te levantaste, me acordé de una cosa -dijo-.
De que mi comadre Flaviana no tiene
nada aquí -siguió diciendo,
mientras se tallaba el pecho-. Ahora que si los tuviera
como tú,
a lo mejor estarían llenos
de pulque, así que no le servirían de
ningún modo para engordar a una criatura.
Entonces yo
le pregunté si no tenía él por costumbre aprovecharse
de la tal Flaviana cuando su compadre
pasaba las noches enteras en la cantina.
Luego luego
me respondió que no. Porque no había modo,
pues ella no se separaba nunca del
marido.
-Los dos se
emborrachan juntos y por todas partes andan juntos,
hasta que se les cae o se les pierde
la memoria a los dos por igual.
Casi no lo
oía. Pensé ir a dormir. Pero a él se le ocurrió
que
nos arrinconáramos un rato a la entrada
del cualquier zaguán, donde
estuvieramos solos y como fuera de este mundo:
-Me haré
a la idea de que te soñé -dijo-. Porque la verdad es que
te conozco de vista desde hace mucho
tiempo, pero me gustas más
cuando te sueño... Entonces hago de ti lo que
quiero. No como ahora
que, como tú ves, no hemos podido hacer nada.
Ya casi era
de día. Olía a día, aunque la tirra, las puertas y
las
casas seguían a oscuras.
El sueño
me hizo cruzar la calle y buscar algún hotel.
El hombre se vino tras de mí. Me detuvo:
-¿Te debo algo?
-No, nada - le contesté.
-Te hice perder
tu tiempo. Debes cobrarme lo que sepas cobrar
por una noche.
Me zafé
de él. Abrí la puerta y busqué el primer cuarto desocupado.
Me eché vestida sobre la
cama, apreté los ojos y, aflojando el cuerpo,
me fui quedando dormida. Alguien rasguñaba la
calle con una escoba.
Alguien aquí dentro preguntó:
-¿Nos volveremos a ver algún día? Me quedaron ganas de platicar contigo.
Sentí que se sentaba al pie de la cama...
Es el mismo
que se está sentando ahora al borde de mi cama,
en silencio, con la cabeza entre las
manos. Acaba de despegarse de las
rejas de la ventana donde acostumbra pasar las noches
esperando mi
regreso. Me ha dicho muchas veces que no soy yo la que
llega a estas
horas, que nunca acabaremos por
encontrarnos:
-...o tal vez
sí -dice-;quizá cuando te asegure bajo tierra el día
que me toque enterrarte.
Lo que él
no sabe es que quiero dormir. Que estoy cansada.
Parece como si se le hubiera olvidado
el trato que hicimos cuando
me casé con él: que me dejaría descansar;
de otra manera acabaría
por perderse entre los agujeros de una mujer desbaratada
por el
desgaste de los hombres...