Juan Rulfo
Y apenas ayer,
cuando mi hermana Tacha acababa de cumplir
doce años, supimos que la vaca
que mi papá le regaló para el día de
su santo se la había llevado el río
El río
comenzó a crecer hace tres noches, a eso de la madrugada.
Yo estaba muy dormido y, sin embargo,
el estruendo que traía el río
al arrastrarse me hizo despertar en seguida y pegar el
brinco de la
cama con mi cobija en la mano, como si hubiera creído
que se estaba
derrumbando el techo de mi casa.
Pero después me volví a dormir,
porque reconocí el sonido del río y porque
ese sonido se fue haciendo
igual hasta traerme otra vez el sueño.
Cuando me levanté,
la mañana estaba llena de nublazones y
parecía que había seguido lloviendo
sin parar. Se notaba en que el ruido
del río era más fuerte y se oía
más cerca. Se olía, como se huele una
quemazón, el olor a podrido del agua revuelta.
A la hora en
que me fui a asomar, el río ya había perdido sus orillas.
Iba subiendo poco a poco por la
calle real, y estaba metiéndose a toda
prisa en la casa de esa mujer que le dicen la
Tambora. El chapaleo del
agua se oía al entrar por el corral y al salir
en grandes chorros por la
puerta. La Tambora iba y venía caminando por lo
que era ya un pedazo
de río, echando a la calle sus
gallinas para que se fueran a esconder a
algún lugar donde no les llegara la corriente.
Y por el otro
lado, por donde está el recodo, el río se debía de
haber llevado, quién sabe desde
cuándo, el tamarindo que estaba en
el solar de mi tía Jacinta, porque ahora ya no
se ve ningún tamarindo.
Era el único que había en el pueblo, y
por eso nomás la gente se da
cuenta de que la creciente esta
que vemos es la más grande de todas
las que ha bajado el río en muchos años.
Mi hermana
y yo volvimos a ir por la tarde a mirar aquel
amontonadero de agua que cada vez se
hace más espesa y oscura y
que pasa ya muy por encima de donde debe estar el puente.
Allí nos estuvimos horas y horas sin cansarnos
viendo la cosa aquella. Después
nos subimos por la barranca, porque
queríamos oír bien lo que decía la
gente, pues abajo, junto al río, hay un gran ruidazal
y sólo se ven las
bocas de muchos que se abren y se cierran y como que
quieren decir
algo; pero no se oye nada. Por eso
nos subimos por la barranca, donde también hay gente mirando el
río y contando los perjuicios que ha hecho.
Allí fue donde supimos que el río se había
llevado a la Serpentina la vaca
esa que era de mi hermana Tacha porque mi papá
se la regaló para el día
de su cumpleaños y que tenía
una oreja blanca y otra colorada y muy
bonitos ojos.
No acabo de
saber por qué se le ocurriría a La Serpentina pasar
el río este, cuando sabía que
no era el mismo río que ella conocía de a
diario. La Serpentina nunca fue tan atarantada. Lo
más seguro es que
ha de haber venido dormida para dejarse matar así
nomás por nomás.
A mí muchas veces me tocó
despertarla cuando le abría la puerta del
corral porque si no, de su cuenta, allí
se hubiera estado el día entero
con los ojos cerrados, bien quieta y suspirando, como
se oye suspirar
a las vacas cuando duermen.
Y aquí
ha de haber sucedido eso de que se durmió. Tal vez se
le ocurrió despertar al sentir que
el agua pesada le golpeaba las costillas.
Tal vez entonces se asustó y trató de regresar;
pero al volverse se
encontró entreverada y acalambrada entre aquella
agua negra y dura
como tierra corrediza. Tal vez bramó
pidiendo que le ayudaran.
Bramó como sólo Dios sabe cómo.
Yo le pregunté
a un señor que vio cuando la arrastraba el río si
no había visto también al becerrito
que andaba con ella. Pero el hombre
dijo que no sabía si lo había visto. Sólo
dijo que la vaca manchada pasó
patas arriba muy cerquita de donde él , estaba
y que allí dio una voltereta
y luego no volvió a ver ni
los cuernos ni las patas ni ninguna señal de vaca. Por el río
rodaban muchos troncos de árboles con todo
y raíces y él
estaba muy ocupado en sacar leña, de modo que
no podía fijarse si eran animales o troncos
los que arrastraba.
Nomás
por eso, no sabemos si el becerro está vivo, o si se fue
detrás de su madre río abajo. Si
así fue, que Dios los ampare a los dos.
La apuración
que tienen en mi casa es lo que pueda suceder el día
de mañana, ahora que mi hermana
Tacha se quedó sin nada. Porque mi
papá con muchos trabajos había conseguido
a la Serpentina, desde que
era una vaquilla, para dársela a mi hermana, con
el fin de que ella tuviera
un capitalito y no se fuera a ir
de piruja como lo hicieron mis otras dos hermanas, las más grandes.
Según
mi papá, ellas se habían echado a perder porque éramos
muy pobres en mi casa y ellas eran
muy retobadas. Desde chiquillas
ya eran rezongonas. Y tan luego que crecieron les dio
por andar con
hombres de lo peor, que les enseñaron cosas malas.
Ellas aprendieron
pronto y entendían muy bien
los chiflidos, cuando las llamaban a altas
horas de la noche. Después salían hasta
de día. Iban cada rato por agua
al río y a veces, cuando uno menos se lo esperaba,
allí estaban en el
corral, revolcándose en el
suelo, todas encueradas y cada una con un
hombre trepado encima.
Entonces mi
papá las corrió a las dos. Primero les aguantó todo
lo
que pudo; pero más tarde ya
no pudo aguantarlas más y les dio carrera
para la calle. Ellas se fueron para Ayutla o no sé
para dónde; pero andan
de pirujas.
Por eso le
entra la mortificación a mi papá, ahora por la Tacha, que
no quiere vaya a resultar como sus
otras dos hermanas, al sentir que se
quedó muy pobre viendo la falta de su vaca, viendo
que ya no va a tener
con qué entretenerse mientras le da por crecer
y pueda casarse con un hombre bueno, que la pueda
querer para siempre. Y eso ahora va a estar difícil. Con la vaca
era distinto, pues no hubiera faltado quien se hiciera
el ánimo de casarse con ella, sólo por
llevarse también aquella vaca tan bonita.
La única
esperanza que nos queda es que el becerro esté todavía
vivo. Ojalá no se le haya ocurrido
pasar el río detrás de su madre.
Porque si así fue, mi hermana Tacha está
tantito así de retirado de
hacerse piruja. Y mamá no quiere.
Mi mamá
no sabe por qué Dios la ha castigado tanto al darle unas
hijas de ese modo, cuando en su
familia, desde su abuela para acá, nunca
ha habido gente mala. Todos fueron criados en el
temor de Dios y eran
muy obedientes y no le cometían irreverencias
a nadie. Todos fueron por
el estilo. Quién sabe de
dónde les vendría a ese par de hijas suyas aquel
mal ejemplo. Ella no se acuerda.
Le da vueltas a todos sus recuerdos y no
ve claro dónde estuvo su mal o el pecado de
nacerle una hija tras otra con
la misma mala costumbre. No se acuerda. Y cada vez que
piensa en ellas, llora y dice: "Que Dios las ampare
a las dos."
Pero
mi papá alega que aquello ya no tiene remedio. La peligrosa
es la que queda aquí, la Tacha,
que va como palo de ocote crece y crece
y que ya tiene unos comienzos de senos que prometen
ser como los de
sus hermanas: puntiagudos y altos y medio alborotados
para llamar la
atención.
-Sí
-dice-, le llenará los ojos a cualquiera dondequiera que la vean.
Y acabará mal; como que estoy
viendo que acabará mal.
Ésa es la mortificación de mi papá.
Y Tacha llora
al sentir que su vaca no volverá porque se la ha
matado el río. Está aquí a mi
lado, con su vestido color de rosa, mirando
el río desde la barranca y sin dejar de llorar.
Por su cara corren chorretes
de agua sucia como si el río se hubiera metido
dentro de ella.
Yo la abrazo
tratando de consolarla, pero ella no entiende.
Llora con más ganas. De su boca sale
un ruido semejante al que se
arrastra por las orillas del río, que la hace
temblar y sacudirse todita, y, mientras, la creciente
sigue subiendo. El sabor a podrido que viene de
allá salpica la cara mojada
de Tacha y los dos pechitos de ella se mueven
de arriba abajo, sin parar, como si de repente
comenzaran a hincharse
para empezar a trabajar por su perdición.