
Rainer Maria Rilke
Primavera Sagrada
Esta superioridad
de Vicente Víctor Karsky consistía en que hallaba
para todas sus empresas logradas o abandonadas, denominaciones
soberbias. Y sin vanagloria, con la seguridad de hombre
maduro, agregaba
sus actos uno al otro, como se construye un muro de piedra
sin defecto,
capaz de desafiar los siglos.
Después
de una buena comida, hablaba gustosamente de literatura,
sin pronunciar jamás una palabra de blasfemia
o de crítica, pero
limitándose, por el contrario, a honrar con una
adhesión más o menos
íntima, las obras que aceptaba. Profería
así sanciones definitivas.
En cuanto a los libros que le parecían malos,
no tenía costumbre de
leerlos hasta el fin, y sencillamente no hablaba de ellos,
aunque gozaran
del favor general.
Por otra parte,
no afectaba ninguna reserva hacia sus amigos,
relataba con una amable franqueza todo lo que le acontecía,
hasta los
hechos más íntimos, y aguantaba buenamente
que lo interrogaran sobre
sus tentativas de "elevar hasta él" a pequeños
proletarios. Era, en efecto
un rumor que corría acerca de Vicente Víctor
Karsky. Sus ojos azules profundos y su voz acariciadora debían contribuir
a sus éxitos. Parecía,
en todo caso, decidido a aumentar sin cesar el número
de aquéllos, y convertía con un celo de fundador de religión,
innumerables muchachitas
a su teoría de la felicidad. Ocurría, ciertas
noches, que uno de sus
camaradas lo encontrase, en el ejercicio de su sacerdocio,
conduciendo ligeramente por el brazo una compañera morena o rubia.
De ordinario,
la pequeña reía con todo el rostro, en
tanto Karsky hacía un gesto de los
más serios, que parecía significar: "¡Infatigable
al servicio de la humanidad!" Pero cuando se contaba que tal o cual miembro
de la gentil pandilla era "atrapado" y se veía constreñido
a casarse, nuestro profesor ambulante y aureolado de éxito encogía
sus anchos hombros eslavos y dejaba caer con desdén: "¡Sí,
sí—Nuestro Señor tiene extraños huéspedes!"—.
Pero lo
más extraño, en Vicente Victor Karsky,
es que había algo en su vida de
lo que ninguno de sus amigos más íntimos
sabía nada. Se lo callaba a sí mismo; porque no había
hallado nombre para eso; y sin embargo, pensaba
en ello, en estío, cuando iba a la puesta del
sol, solitario, por un camino blanco; o en invierno, cuando el viento giraba
en la chimenea de su piecita,
y densos montones de copos de nieve asaltaban sus ventanas,
remendadas con papel pegado; o también en la pequeña sala
crepuscular del albergue,
en el seno del círculo de amigos. Entonces su
vaso permanecía intacto. Contemplaba fijamente delante suyo, como
deslumbrado, o como se mira
un fuego lejano, y sus manos blancas se juntaban involuntariamente.
Se hubiera dicho que le había llegado alguna plegaria,
por azar, así como
llegan la risa o el bostezo.
***
Cuando la primavera
hace su entrada en una pequeña ciudad, ¡qué
fiesta se organiza! Semejantes a los brotes en su reprimida
premura, los
niños de cabezas de oro se empujan afuera de las
habitaciones de aire
pesado, y se van remolineando por la campiña,
como llevados por el
alocado viento tibio que tironea sus cabellos y sus delantales
y arroja
sobre ellos las primeras florescencias de los cerezos.
Gozosos como si volvieran a encontrar, después de una larga enfermedad,
un viejo juguete
del cual hubieran estado mucho tiempo privados, reconocen
todas las
cosas, saludan a cada árbol, a cada breña,
y se hacen contar por los
arroyos jubilosos lo acaecido durante todo ese tiempo.
Qué enajenamiento correr a través de la primera pradera verde,
que cosquillea tímida y tiernamente los pequeños pies desnudos,
brincar en persecución de las primeras mariposas que huyen en grandes
zig-zags enloquecidos por
encima de las magras breñas de saúco y
se pierden en el infinito azul
pálido. Doquiera la vida se agita. Bajo el sobradillo,
sobre los hilos
telegráficos que rojean, y hasta sobre el campanario,
muy cerca de la
vieja campana gruñona, las golondrinas realizan
sus citas. Los niños miran
con sus grandes ojos asombrados los pájaros migradores
que vuelven a
hallar su amado viejo nido; y el padre retira de los
rosales sus mantos de
paja, y la madre, de pequeñas impaciencias, sus
calientes franelas.
Los viejos
también trasponen su umbral con paso temeroso, se
frotan las manos arrugadas, parpadean en la luz chorreante.
Se llaman
el uno al otro: "¡pequeño viejo!", y no
quieren dejar de ver que están conmovidos y dichosos. Pero sus ojos
los traicionan, y ambos agradecen
en su corazón: ¡todavía una primavera
!
***
En un día
semejante, pasearse sin una flor en la mano es un pecado,
pensaba el estudiante Karsky. Por eso blandía
una rama perfumada, como
si le hubieran encargado hacer propaganda a la primavera.
Con paso
liviano y rápido, como para huir lo más
pronto del aire frío del ancho
pórtico obscuro, iba a lo largo de la vieja calle
gris de casas con tejado, saludando al posadero sonriente y obeso que se
hacía el importante delante
de la ancha entrada de su establecimiento, y a los niños
que, sobre el mediodía, se lanzaban fuera de la estrecha sala de
la escuela. Iban primero
juiciosamente, de a dos, pero a veinte pasos de la salida
el enjambre
reventaba en innúmeras parcelas, y el estudiante
pensaba en esos cohetes
que, muy alto en el cielo, se resuelven en estrellas
y en bolas de luces.
Con una sonrisa en los labios y un canto en el alma,
se apresuraba hacia
ese barrio exterior de la pequeña ciudad donde
se avecinaban casas de
apariencia campesina y confortable, y villas nuevas rodeadas
de
jardincillos. Delante de una de las últimas casas
admiró una olmeda sobre
cuyos ramajes corría ya un estremecimiento de
verdor, como un
presentimiento del esplendor próximo. Dos cerezos
florecidos hacían de
la entrada un arco de triunfo, en honor de la primavera,
y las flores rosa pálido inscribían allí una luminosa
bienvenida.
De pronto Karsky
se detuvo, como herido de estupor: en medio
de la floración, veía dos ojos azules profundos,
que soñaban, perdidos
en la lejanía, con una beatitud tranquila y voluptuosa.
Al principio sólo advirtió esos dos ojos, y fue como si el
cielo mismo lo mirara a través
de los arboles en flor. Se acercó, maravillado.
Una pálida muchacha rubia estaba acurrucada en un sillón;
sus blancas manos que parecían asir algo invisible se levantaban
claras y transparentes por encima de una manta
de verde obscuro, que envolvía sus rodillas y
sus pies. Sus labios eran de
un rojo tierno de flor apenas despuntada, y una leve
sonrisa los asoleaba.
Así sonríe el niño dormido, la noche
de Navidad, con su nuevo juguete
apretado entre los brazos. El rostro pálido y
transfigurado era tan bello
que el estudiante recordó de pronto viejos cuentos
en los cuales desde
hacía mucho, mucho tiempo. no había pensado
más. Y se detuvo,
involuntariamente, como se hubiera detenido ante una
madona al borde
del camino, invadido por ese sentimiento de gran reconocimiento
solar
y de íntima fidelidad que sumerge a veces a aquél
que ha olvidado la
plegaria. Entonces su mirada encontró la de la
muchacha. Se contemplaron, los ojos en los ojos, con una comprensión
dichosa. Y con un gestosemi-
inconsciente, el estudiante arrojó por encima
de la cerca la joven rama
florida que tenía en la mano, y que vino a posarse
con un dulce
estremecimiento en el regazo de la pálida niña.
Las blancas y delgadas
manos asieron con tierna prisa la flecha fragante, y
Karsky recibió el
luminoso agradecimiento de los ojos mágicos, no
sin una medrosa
voluptuosidad. Luego se fue a través de los campos.
Solamente volvió
a encontrarse en espacio libre, bajo el alto cielo solemne
y silencioso,
advirtió que cantaba. Era una canción antigua,
feliz.
***
A menudo he
deseado—pensaba el estudiante Vicente Víctor
Karsky —haber estado enfermo durante todo un largo invierno,
y regresar
lentamente, poco a poco, a la vida, con la primavera.
Estar sentado ante
mi puerta, llenos de asombro los ojos, conmovido por
un agradecimiento
infantil hacia el sol y la existencia. Y todo el mundo,
entonces, se muestra
muy gentil y amistoso, la madre viene a cada momento
para besar la frente
del convaleciente, y sus hermanas juegan alrededor de
él y cantan hasta
el crepúsculo. Pensaba en esas cosas porque la
imagen de la rubia y
enfermiza Elena volvía sin cesar a su recuerdo,
tendida bajo los pesados
cerezos en flor y soñando extraños sueños.
A menudo abandonaba
bruscamente su trabajo y corría hacia la silenciosa
y pálida muchacha.
Dos seres que
viven la misma dicha se encuentran rápidamente.
La joven enferma y Víctor se embriagaban de aire
fresco y perfumes primaverales, y sus almas resonaban con igual júbilo.
Él se sentaba al
lado de la rubia niña y le relataba mil historias,
con su voz suave y acariciadora. Lo que decía entonces le parecía
extraño y nuevo, y espiaba
con arrobado asombro sus propias palabras puras y perfectas,
como una revelación. Debía ser algo verdaderamente grande
lo que anunciaba;
porque la madre de Elena misma,—mujer de cabellos blancos
y que debió
oír muchas cosas en el mundo—lo escuchaba con
frecuencia, discreta
y pensativa, y había dicho cierta vez con una
sonrisa imperceptible:
"Deberíais ser poeta, señor Karsky".
Sin embargo,
los compañeros meneaban la cabeza con aire
cuidoso. Vicente Víctor Karsky sólo rara
vez iba a su círculo; y cuando
iba, callaba, no escuchaba sus chanzas ni sus preguntas,
y se contentaba
con sonreír misteriosamente, al resplandor de
la lámpara, como si espiara
un canto lejano y amado. No hablaba ni aún de
literatura, no leía nada ya,
y cuando se intentaba malhadadamente arrancarlo a su
ensoñación,
rezongaba con brusquedad: "¡Os lo ruego! ¡El
Señor tiene verdaderamente huéspedes extraños!"
Todos los estudiantes
estaban de acuerdo para estimar que el buen Karsky pertenecía ahora
a la especie más extraña de esos "huéspedes".
Ya no hacía sentir ni su virtuosa superioridad,
y privaba a las muchachas
de su humanitaria enseñanza. Era para todos un
enigma. Cuando,
de noche, se lo encontraba por las calles, estaba solo,
no miraba a
derecha ni a izquierda, y parecía preocupado por
disminuir el resplandor
extrañamente dichoso de sus ojos, e ir a ocultarlo
con la mayor prisa a
su pequeña habitación solitaria, lejos
del mundo.
***
—¡Qué
hermoso nombre llevas, Elena!—susurraba Karsky, con
voz circunspecta, como si confiara un misterio a la muchacha.
Elena sonreía:
—Mi tío
me lo reprocha siempre. Piensa que sólo princesas o
reinas debieran llamarse así.
—¡Pero
tú también eres una reina! ¿No ves que llevas una
corona
de oro puro? Tus manos son como lirios, y creo que Dios
debió decidirse
a romper un poco de su cielo para hacer tus ojos.
—¡Sentimental!—decía la muchacha, con una mirada agradecida.
—¡Así
es como quisiera poder pintarte!—suspiraba el estudiante.
Luego callaban. Sus manos se juntaban involuntariamente,
y tenían la sensación de que una forma descendía sobre
ellos, llegada desde el jardín atento, dios o hada. Una espera dichosa
colmaba sus almas. Sus ávidas miradas se encontraban como dos mariposas
enamoradas, y se abrazaban.
Luego Karsky
hablaba, y su voz era semejante al rumor lejano de
los álamos:
—Todo esto
es como un ensueño. Tú me has encantado. Con esa
rama florida, yo mismo me he dado a ti. Todo está
cambiado. Hay tanta
luz en mí. Ya no sé lo que era antes. No
siento más ningún dolor, ninguna inquietud, no, ni aún
un deseo en mí. Así imagino siempre la beatitud, lo
que está más allá de la tumba...
—¿Tienes miedo de morir?
—¿De morir? ¡Sí! Pero no a la muerte.
Elena llevó dulcemente su mano pálida a su frente. La sintió muy fría.
—Ven, entremos,—aconsejó él con ternura.
—No siento mucho frío, y la primavera es tan bella.
Elena pronunció
estas palabras con una íntima nostalgia. Su voz
tenía la resonancia de un canto.
***
Los cerezos
ya no estaban en flor, y Elena se encontraba sentada
un poco más lejos, en la sombra más densa
y más fresca de la alameda. Vicente Víctor Karsky había
ido a despedirse. Iba a pasar las vacaciones
de estío al borde de un lago lejano, en el Salzkammergut,
junto a sus
viejos padres. Hablaban como siempre de cosas diversas,
de ensueños
y de recuerdos. Pero no pensaban en el porvenir. El rostro
menudo de
Elena estaba más pálido que de costumbre,
sus ojos eran más grandes
y más profundos, y sus manos temblaban a veces,
débilmente, bajo la
manta verde obscuro. Y cuando el estudiante se levantó
y tomó esas
dos manos entre las suyas, con precaución, como
se toma un objeto
frágil, Elena murmuró:
—¡ Bésame !
El joven se
inclinó y rozó con sus labios fríos y sin deseo la
frente
y la boca de la enferma. Como una bendición, bebió
el cálido perfume
de esa casta boca, y en ese instante le volvió
un recuerdo de su lejana infancia: su madre levantándolo hacia una
madona milagrosa. Se fue
entonces, fortificado, sin dolor, por la olmeda crepuscular.
Se dio vuelta
una vez aún, hizo una señal a la niña
que lo contemplaba con una sonrisa
lasa; luego le arrojó una tierna rosa por encima
de la cerca. Elena tendió
la mano para asirla, con una pasión dichosa. Pero
la flor roja cayó a sus
pies. La joven enferma se inclinó con esfuerzo,
tomó la rosa entre sus
manos unidas y apretón sus labios sobre sus tiernos
pétalos sedos.
Karsky no había visto nada.
Con las manos juntas, marchaba entre el resplandor del estío.
Cuando estuvo
en su habitación silenciosa, se echó en su viejo sillón
y contempló, afuera, el sol. Las moscas bordoneaban
detrás de las cortinas
de tul, una tierna yema había brotado en el alféizar
de la ventana. Y de
súbito sobrevino en el espíritu del estudiante
la idea de que ella no le
había dicho hasta luego.
Quemado por
el sol, Vicente Víctor Karsky había regresado de
sus vacaciones. Marchaba con paso maquinal por las calles
de viejas
casas de tejado, sin ver los frontispicios que la luz
otoñal volvía
violáceos. Era la primera vez que tomaba ese camino
desde su retorno,
y sin embargo se hubiera dicho que era su trayecto cotidiano.
Traspuso
la alta verja del apacible cementerio y, aún allí,
prosiguió su camino
entre los montículos de tierra y las bóvedas
como si estuviera seguro
de su propósito. Se detuvo delante de una tumba
cubierta de césped,
y leyó sobre la sencilla cruz: Elena. Había
sentido que allí era adonde
debía ir para encontrarla nuevamente. Una sonrisa
de dolor tembló en
la comisura de sus labios.
Repentinamente,
pensó:—¡Qué avara ha sido su madre! Sobre la
tumba de la muchacha, entre marchitas rosas, no había
más que una
corona de alambre y de flores de mal gusto. El estudiante
fue a buscar
algunas rosas, se arrodilló, y recubrió
el mezquino alambre con frescos pétalos, hasta que no se vio ya
el metal. Luego, se fue, con el corazón
claro como ese anochecer rojo de precoz otoño,
solemnemente expandido sobre los techos.
Una hora más
tarde, Karski estaba sentado a la mesa del círculo.
Sus viejos compañeros se apretaban alrededor de
él, y para responder a
su bullanguero deseo, relató su viaje de estío.
Hablando de sus correrías
por los Alpes, volvía a encontrar su antigua superioridad.
Bebían sus palabras.
—Dinos, pues,
—expresó uno de los amigos— ¿qué tenías antes
de
las vacaciones? Estabas... cómo decirlo... Vamos,
anda, ¡sácanos de esto!
Vicente Víctor Karsky replicó, con una sonrisa distraída:
—¡Ah! ¡Nuestro Señor! . . .
—¡Tiene
extraños huéspedes!...—completaron a coro los amigos—.
¡Lo sabíamos ya !
Después
de algunos momentos, como nadie esperaba respuesta,
agregó, con mucha seriedad:
—Creedme, todo
depende de esto: haber tenido, una vez en la vida,
una primavera sagrada que colme el corazón de
tanta luz que baste para
transfigurar todos los días venideros.
Todos estaban
tendidos hacia él, como si esperaran algo más.
Pero Karsky calló, brillándole los ojos.
Nadie lo había comprendido, y sin embargo sobre todos ellos flotaba como un encanto misterioso. Hasta que el más joven vació su vaso de un trago, dejándolo ruidosamente sobre la mesa y exclamando:
—¡Creo
que os ponéis sentimentales, niños! ¡De pie! Os invito
a
todos a mi casa. Es más confortable que esta sala
de albergue, y además
tal vez lleguen algunas muchachas. ¿Vienes tú
también?—dijo, vuelto
hacia Karsky.
—¡Naturalmente!
dijo gayamente Vicente Víctor, y vació con
lentitud su vaso.