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Julio Cortázar

Rayuela (fragmentos)
Capítulo 1
- Capítulo 2 - Capítulo
3 - Capítulo 6 - Capítulo
7 - Capítulo 8 - Capítulo
9 - Capítulo 17 - Capítulo
21 - Capítulo 26 - Capítulo
28 - Capítulo 73 - Capítulo
68 - Capítulo 120
2
...la felicidad tenía que ser otra cosa, algo quizá
más triste que esta paz
y este placer, un aire como de unicornio o isla, una
caída interminable
en la inmovilidad.
Cuántas palabras, cuántas nomenclaturas
para un mismo desconcierto.
A veces me convenzo de que la estupidez se llama triángulo,
de que
ocho por ocho es la locura o un perro.
3
Pero detrás de toda acción había
una protesta, porque todo hacer
significaba salir de para llegar a, o mover algo para
que estuviera aquí
y no allí, o entrar en esa casa en vez de no entrar
o entrar en la de al
lado, es decir que en todo acto había la admisión
de una carencia, de
algo no hecho todavía y que era posible hacer,
la protesta tácita frente
a la continua evidencia de la falta, de la merma, de
la parvedad del
presente. Creer que la acción podía colmar,
o que la suma de las
acciones podía realmente equivaler a una vida
digna de este nombre,
era una ilusión de moralista. Valía más
renunciar, porque la renuncia
a la acción era la protesta misma y no su máscara.
-Vos no podrías -dijo-. Vos
pensás demasiado antes de hacer nada.
-Parto del principio de que la reflexión
debe preceder a la acción,
bobalina.
-Partís del principio- dijo
la Maga-. Qué complicado. Vos sos como
un testigo, sos el que va al museo y mira los cuadros.
Quiero decir que
los cuadros están ahí y vos en el museo,
cerca y lejos al mismo tiempo.
Yo soy un cuadro, Rocamadour es un cuadro. Etienne es
un cuadro,
esta pieza es un cuadro. Vos creés que estás
en esta pieza pero no estás.
Vos estás mirando la pieza, no estás en
esta pieza.
6
La técnica
consistía en citarse vagamente en un barrio a cierta hora.
Les gustaba desafiar el peligro de no encontrarse, de
pasar el día solos, enfurruñados en un café o en un
banco de plaza, leyendo-un-libro-más.
La teoría del libro-más era de Oliveira,
y la Maga la había aceptado por
pura ósmosis. En realidad para ella casi todos
los libros eran libro-menos, hubiese querido llenarse de una inmensa sed
y durante un tiempo infinito (calculable entre tres y cinco años)
leer la opera omnia de Goethe,
Homero, Dylan Thomas, Mauriac, Faulkner, Baudelaire,
Roberto Arlt,
San Agustín y otros autores cuyos nombres la sobresaltaban
en las conversaciones del Club. A eso Oliveira respondía con un
desdeñoso encogerse de hombros, y hablaba de las deformaciones rioplatenses,
de una raza de lectores a fulltime, de bibliotecas pululantes
de marisabidillas infieles al sol y al amor, de casas donde el olor a la
tinta de imprenta acaba con la alegría del ajo. En esos tiempos
leía poco, ocupadísimo en mirar
los árboles, los piolines que encontraba por el
suelo, las amarillas películas
de la Cinemateca y las mujeres del barrio latino. Sus
vagas tendencias intelectuales se resolvían en meditaciones sin
provecho y cuando la Maga
le pedía ayuda, una fecha o una explicación,
las proporcionaba sin ganas, como algo inútil.
"Pero es que vos ya lo sabés", decía la Maga, resentida.
Entonces él se tomaba el trabajo de señalarle
la diferencia entre conocer
y saber, y le proponía ejercicios de indagación
individual que la Maga no cumplía y que la desesperaban.
8
Íbamos
por las tardes a ver los peces del Quai de la Mégisserie,
en marzo el mes leopardo, el agazapado pero ya con un
sol amarillo
donde el rojo entraba un poco más cada día.
Desde la acera que daba
al río, indiferentes a los bouquinistes que nada
iban a darnos sin dinero, esperábamos el momento en que veríamos
las peceras (andábamos
despacio, demorando el encuentro), todas las peceras
al sol, y como suspendidos en el aire cientos de peces rosa y negro, pájaros
quietos en
su aire redondo. Una alegría absurda nos tomaba
de la cintura, y vos
cantabas arrastrándome a cruzar la calle,
a entrar en el mundo de los
peces colgados del aire.
9
¿Y el Tiempo? Todo recomienza, no hay un absoluto.
Después hay que comer o descomer, todo vuelve a entrar en crisis.
El deseo cada tantas
horas, nunca demasiado diferente y cada vez otra cosa:
trampa del tiempo para crear las ilusiones. «Un amor como el fuego,
arder eternamente en la contemplación del Todo. Pero en seguida
se cae en un lenguaje desaforado.»
«Habría que inventar la bofetada dulce,
el puntapié de abejas.
Pero en este mundo las síntesis últimas
están por descubrirse...
17
-La cosidad es ese desagradable sentimiento de que allí
donde termina
nuestra presunción empieza nuestro castigo.
21
Y por qué
no, por qué no había que buscar a la Maga, tantas veces
me había bastado asomarme, viniendo por la rue
de Seine, al arco que
da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y oliva
que flota sobre el
rio me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada
se inscribía en
el Pont des Arts, nos íbamos por ahí a
la caza de sombras, a comer papas
fritas al Faubourg St. Denis, a besarnos junto a las
barcazas del canal Saint-Martin.
26
-En el fondo-
dijo Gregorovius-, París es una enorme metáfora. [...]
-¿Por
qué una enorme metáfora?
-El anda
por aquí como otros se hacen iniciar en cualquier fuga,
el voodoo o la marihuana, Pierre Boulez o las maquinas
de pintar
de Tinguely. Adivina que en alguna parte de París,
en algún día o
alguna muerte o algún encuentro hay una llave;
y la busca como un loco.
Fíjese que digo como un loco. Es decir que en
realidad no tiene
conciencia de que busca una llave, ni de que la llave
existe. Sospecha
sus figuras, sus disfraces; por eso hablo de metáfora.
28
...una cercanía que la muerte, ese fósforo
que se apaga, iba a aniquilar
como ahora las caras, las formas, como el silencio se
cerraba otra vez
en torno al golpe allá arriba.
El alacrán clavándose el aguijón,
harto de ser un alacrán pero necesitando
de su alacranidad para acabar con el alacrán.
73
Sí, pero quién nos curará del fuego
sordo, del fuego sin color que corre al anochecer por la rue de la Huchette,
saliendo de los portales carcomidos,
de los parvos zaguanes, del fuego sin imagen que lame
las piedras y acecha
en los vanos de las puertas, cómo haremos para
lavarnos de su quemadura dulce que prosigue, que se aposenta para durar
aliada al tiempo y al
recuerdo, a las sustancias pegajosas que nos retienen
de este lado, y que
nos arderá dulcemente hasta calcinarlos.
Nuestra verdad posible tiene que ser invención,
es decir escritura,
literatura, pintura, escultura, agricultura, piscicultura,
todas las turas
de este mundo. Los valores, turas, la santidad, una tura,
la sociedad,
una tura, el amor, pura tura, la belleza, tura de turas.
Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1963
La Habana, Casa de las Américas, 1969
Barcelona, Edhasa/ Sudamericana, 1977
México, Promexa, 1979
Barcelona, Bruguera, 1980
Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1980. (Edición de
Jaime Alazraki)
Barcelona, Edhasa, 1981
Madrid, Ediciones Alfaguara, 1984
Madrid, Ediciones Cátedra, 1984. (Edición
de Andrés Amorós)
Madrid, Alianza Editorial, El Libro de Bolsillo, 1987
Bogotá, La oveja negra, 1987
Barcelona, Ediciones B. (libro de bolsillo), 1988
Buenos Aires, Editorial Sudamericana, Sudamericana/ Planeta,1989
Última modificación:
23 - 1 - 99
