
Rainer Maria Rilke
De mí te alejas, hora.
El batir de tus alas me hace heridas.
Solitario: ¿qué puede
hacer mi boca
con mi noche y mi día?
No tengo amada, ni casa ni sitio
donde poder vivir.
Todas las cosas a las que me entrego
se hacen ricas y a mí me
dejan pobre.
¿Quién si yo gritase,
me oiría desde los órdenes
angélicos? Y aún
suponiendo que un ángel me estrechara
súbitamente contra su pecho:
mi ser quedaría extinguido
por su existencia más fuerte.
Pues lo hermoso no es más
que el comienzo de lo terrible
que todavía podemos soportar,
y lo admiramos tan sólo
en la medida en que, indiferente,
rehusa destruirnos. Todo ángel
es terrible.
Y así pues, me reprimo y
ahogo la llama seductora
que brota del oscuro sollozo. ¡Ay!,
¿a quién podremos
recurrir? No a los ángeles,
ni tampoco a los hombres.
Y ya los animales con la sagacidad
del instinto se percatan
de cuán inseguros y vacilantes
son nuestros pasos
a través del mundo interpretado.
Nos queda quizá
algún árbol al pie
de la ladera, al que solemos
contemplar diariamente; nos queda
el camino del ayer
o la morosa fidelidad a una costumbre
que nos fue grata, hizo en nosotros
su morada y no nos abandonó.
¡Oh!, y la noche, la noche,
cuando el viento lleno de espacio cósmico
nos consume las mejillas... ¿A
quién no le será dada ella,
la anhelada, la apacible desilusionadora,
que, penosa,
se cierne sobre el corazón
solitario? ¿Será más ligera a los amantes?
¿Ay!, ellos no hacen más
que ocultarse mutuamente su destino.
¿Aún no lo sabes?
Arroja de tus brazos el vacío
hacia los espacios que respiramos,
para que quizá las aves
sientan con vuelo más íntimo
toda la amplitud del aire.
Sí, es verdad que las primaveras
te necesitaban. Algunas
estrellas te instaron a que tú
las contemplaras.
Se alzó hasta ti una onda
del pasado, al pasar
por delante de una ventana abierta
las notas
de un violín se te entregaron.
Todo aquello era mensaje.
Pero, ¿pudiste dominarlo?
¿No estabas aún distraído
por la esperanza, como si todo
fuera a anunciarte
una amada? (¡Dónde
podrías esconderla
si los grandes y extraños
pensamientos en ti
van y vienen, y a menudo permanecen
en la noche!)
Mas si en tu pecho anida la nostalgia,
canta a las amantes;
aún no se ha celebrado lo
bastante su famoso sentimiento.
Canta a aquellas, a las abandonadas,
las que tu, casi envidiando,
has encontrado mucho más
apasionadas que las otras amadas satisfechas.
Comienza siempre de nuevo la inalcanzable
alabanza.
Mira: el héroe se mantiene
por si mismo, la muerte misma
No fue sino un pretexto para ser:
su último nacimiento.
Pero a las amantes de la naturaleza
las reintegra
a su seno, como si no tuviera ya
la energía necesaria
para crearlas por segunda vez.
¿Has recordado cumplidamente
el amor de Gaspara Stampa, de modo
que una muchacha cualquiera,
a la que el amado abandonó,
sintiendo la emulación de su ejemplo,
pudiese exclamar: si yo fuese igual
a ella?
estos dolores, los más antiguos
de todos, ¿no deberían llegar
a ser más fecundos para
nosotros? ¿No es ya tiempo que al amar
nos liberemos del objeto amado
y, vibrando airosos,
no mantengamos como la flecha que,
tensa en el arco,
reune el impulso que la hará
superior a sí misma? Pues no hay
un detenerse en parte alguna.
Voces, voces. Escucha, mi
corazón, como alguna vez
tan solo los santos escucharon:
la llamada gigante
que los levanta de la tierra, permaneciendo
sin embargo arrodillados.
sobrehumanos, siempre más
distantes, sin reparar en nada:
así estuvieramos atentos.
No, ni con mucho, podrías tú soportar
la vos de Dios. Pero escucha al
menos el soplo de una onda,
el mensaje ininterrumpido que de
forma del silencio.
Ahora llega hasta ti el rumor de
aquellos muertos jóvenes.
Donde quiera que entraras, en las
iglesias de Roma y Nápoles,
¿no te decían, tranquilos,
su destino?
O aparecía una inscripción
que se alzaba para ti,
como hace poco aquella lápida
de Santa María Formosa.
¿Que quieren de mí?
Suavemente debo apartar
de ellos esa apariencia de injusticia
que a veces
impide un poco el puro movimiento
de sus espíritus.
Ciertamente es extraño no
poder habitar más la tierra,
dejar para siempre de practicar
unas costumbres apenas aprendidas,
no dar a las rosas y a las otras
cosas, que de suyo
eran ya una promesa, la significación
de un futuro humano;
no ser más que lo que se
era en unas manos infinitamente angustiadas,
y tener que desprenderse aun del
propio nombre
como quien arroja, lejos de sí,
un juguete roto.
Extraño no seguir deseando
los deseos. Extraño
ver todo aquello que nos concernía
como flotando
suelto en el espacio. Y penosa
la tarea de estar muerto,
penoso ese recobrarse plenamnete,
hasta llegar a sentir poco a poco
una huella de eternidad. pero los
vivientes cometen
el error de querer distiguir con
demasiada nitidez.
Los angeles (se dice) no saben
a menudo si se mueven
entre los vivos o entre los muertos.
La eterna corriente
arrastra consigo, a través
de los dos reinos, todas las edades,
y sobre ambos se extiende, acallándolos,
el poderio de su voz.
Al fin no necesitan de nosotros
los tempranamente arrebatados,
apacibles van perdiendo el hábito
de lo terrenal, como el niño
que ya no muestra apego por el
pecho de la madre. Pero nosotross,
que tenemos necesidad de tan grandes
misterios, pues de la tristeza
brota a menudo el bienaventurado
progreso, ¿podríamos ser sin ellos?
No en vano nos dice la leyenda
cómo antaño, en el lamento por Linos,
la música primera osó
penetrar la seca e insensible rigidez;
entonces, en el espacio atónito
que un adolescente casi
semejante a un dios abandonó
de súbito para siempre, el vacío
se llenó de aquella vibración
que ahora nos arrebata, consuela y ayuda.
Je ne sais pas encore souffrir comme il faudrait,
et cette grande nuit me fait peur ;
mais si c'est là ta nuit, qu'elle me soit pesante, qu'elle m'écrase,
que toute ta main soit sur moi,
et que je me perde en toi dans un cri.