Por sobre los objetos era un tibio
rumor, una espina, una mano,
cruzando las alcobas y encendiendo
su lumbre furtiva en los rincones.
El sonido de un hombre, el retrato,
el reflejo del aire sobre el pozo
y el día con su firme venablo
sobre el patio.
Más allá las campanas,
el humo de los cerros
y en un dulce y liviano confín,
entre la brisa,
el pájaro y el agua levemente
cantando.
Todos allí presentes, hermano
con hermana,
mi padre y la cosecha,
el vaho de las bestias y el rumor
de los frutos.
Adentro, el sacrificio filial de
la madera
sostenía la techumbre.
Una lluvia invisible mojaba nuestros
pasos
de tiempo rumoroso, de fuerza,
de autoridad y límite.
Pasaba el aire suavemente, buscaba
sombras, voces que derramar,
respiraba en los lechos, dejaba
entre los rostros su ceniza dorada.
Era entonces el día de hojas,
de potente zumbido,
el día para el cántaro,
la miel y la faena.
Como un don de reposo llegaba a
nuestro cuerpo
la noche con su carga de remotas
espigas.
Nuestro pan de anhelado resplandor,
nuestro asombro
y las lámparas derramando
sus ángeles sin prisa en los espejos.
Como un hombre que anhelara su parte,
su sitio en nuestra mesa,
el viento dulcemente flotaba en
los manteles.
La quietud de los muebles, las voces,
los caminos,
eran todo el silencio de la noche
en el mundo.
Llenando de inaudible presencia
las paredes,
habitando las venas de pie frente
a las cosas.
Buscaban nuestras manos un calor
circundante
e indagaban los ojos otra piel
impalpable.
Algo de Dios, entonces, llegaba
a las ventanas
algo que hacía más
honda la brisa entre los árboles.
Fundido con el mar, la muerte, el
sueño,
purgas en lo que fuiste, quieres
pena,
regresas al aroma de un miércoles,
al sigilo
de tus desnudos pies en una alcoba.
Recordando un recuerdo, te preguntas
por lo que pudo ser y lo que ha
sido.
Lo que eres, lo que tu sed y tu
suplicio afirma.
Y encuentras tu carcomido sol, tu
mismo luto,
tu misma piel ajada,
tu idéntica manera de verte
en un espejo
con el tiempo lamiendo tus espaldas.
Pruebas la eternidad:
el ancho, el filo de un rencoroso
diente.
Es entonces cuando te vuelves sin
saber
y escuchas, cuando abrazas y ríes,
cuando dices con amable terror,
de labios para afuera o para adentro:
"Te felicito, amigo, te mereces
el año, la agonía
que has ganado".
Y con tu voz sacudes la ceniza
que la muerte ha dejado en sus
cabellos.
Y él se golpeaba el pecho,
se decía,
yo suspiro otra cosa, yo quisiera,
mientras Dios, en el viento, respiraba.
Lo inventó una mañana
(en esto consistió el privilegio)
y olfateó su terror, sus
crímenes, su sueño.
Entonces conoció la alegría
de no ser inocente.
Y se apiadó de Dios
y lo hospedó en sus úlceras
sin cielo.