

Georg Trakl
Salzburgo, 1887 - 3 o 4 de novembre de 1914
Signos, singulares bordados
describe un trémulo macizo de flores.
El azul aliento de Dios
penetra en el pabellón del jardín,
penetra sereno.
Se eleva una cruz en la silvestre viña.
Escucho como domina el júbilo en la aldea,
próxima al muro siega el jardinero,
se oye la suave música de un órgano
que mezcla sonidos y fulgores dorados,
sonidos y fulgores.
El amor santifica el pan y el vino.
Entonces entran las muchachas
y por último canta el gallo.
Lenta funciona una caduca verja
y entre guirnaldas de rosas y rondas,
rondas de rosas,
descansa María blanca y pura.
Un mendigo junto a la vieja lápida
parece muerto mientras reza,
vuelve sereno un pastor de la colina
y un ángel canta en el vergel,
cantando en el vergel
sumerge a los niños en el sueño.
El bosque que va creciendo muerto...
y a su alrededor hay sombras como setos.
Trémulo abandona el venado su refugio,
al tiempo que un arroyo se escurre quedamente
y persigue helechos y piedras antiguas
y luce como plata entre guirnaldas de hojas.
No tarda en oírsele en negros barrancos...
Es probable que ahora brillen las estellass.
La oscura llanura parece ilimitada,
aldeas dispersas, pantano y estanque,
y algo que aparenta ser una hoguera.
Un frío resplandor corre por las calles.
Se vislumbran movimientos en el cielo,
emigra una legión de aves silvestres
hacia las hermosas comarcas diferentes.
El ondulante junco sube y baja.
Caducidad, que envuelve en blandas sombras el follaje,
su dilatado silencio vive en el bosque.
Al pronto una aldea parece inclinarse fantasmal.
Entre las negras ramas musita la boca de la
hermana.
No ha de tardar mucho en partir el solitario,
acaso un pastor por senderos oscuros.
Sale con sigilo un animal de la arcada de árboles,
en tanto que amplios se abren los ojos ante la
divinidad.
Es hermoso el descenso del río azul por su cauce,
un cúmulo de nubes aparece en el crepúsculo;
también aparece el alma en un silencio angélico.
Se van extinguiendo las imágenes perecederas.
El oro de los días se ha desvanecido,
los tonos pardos y azules del anochecer,
las suaves flautas del pastor murieron,
los tonos pardos y azules del anochecer.
El oro de los días se ha desvanecido.
Sombras azuladas. Oh, vosotros ojos oscuros
que tanto me miráis al pasar por mi lado.
Sones de guitarra acompañan dulcemente al otoño
en el jardín, disueltos en lejías pardas.
La sombría seriedad de la muerte preparan
manos de ninfas; de rojos pechos maman
labios marchitos, y en lejías negras
resbalan los húmedos bucles del adolescente solar.
Retornas sin cesar, melancolía,
oh regalo del alma solitaria.
Arde hasta el final un día de oro.
El ser paciente se inclina humilde ante el dolor
resonante de armonía y tierno delirio.
¡Mira! Ya va oscureciendo.
Otra vez vuelve la noche y se lamenta un mortal
y hay otro que sufre con él.
Tiritando bajo las estrellas del otoño,
año tras año se inclina más profundamente
la cabeza.
Dans la cour brille blanche la lune d'automne.
Du bord du toit tombent des ombres fantastiques.
Un silence habite les fenêtres vides:
Alors sans bruit surgissent les rats
Qui se faufilent çà et là, sifflant,
Accompagnés d'une touffeur grisâtre
Venue des cabinets que spectrale la lune
Traverse d'un frisson
Et d'avidité ils couinent comme fous,
Envahissant la demeure et les granges
Pleines de grains et de fruits.
Des vents glacés geignent dans l'ombre.
Un rouge qui rêveur te bouleverse-
A travers tes mains brille le soleil.
Tu sens ton coeur qui s'émerveille
En silence s'ouvrir à un acte.
À midi affluent les champs jaunes.
A peine entends-tu le chant des grillons,
Le dur balancement des faux.
Les forêts d'or naïves se taisent.
Dans la flache verte brûle du pourri.
Poissons immobiles. L'haleine de Dieu, douce
Éveille en les vapeurs les accords d'une lyre.
Aux lépreux fait signe l'eau qui guérit.
L'esprit de Dédale en ombres bleues flotte,
Un parfum de lait dans les noisetiers.
On entend longtemps le maître d'école
Jouer du violon et les rats couiner
Dans la cour déserte.
Au café sur les horribles papiers peints
Éclosent les couleurs plus fraîches des
violettes.
Querelle, de sombres voix moururent,
Narcisse dans l'accord final des flûtes.
Le soir quand les cloches sonnent la paix,
Je suis le vol sublime des oiseaux
Qui en longs essaims, tels de pieux pèlerins,
S'enfuient dans les lointains lumineux de l'automne.
Errant par le jardin crépusculaire,
Je rêve à leurs destins plus clairs
À peine conscient du battement des heures
Je suis leur vol au-delà des nuages.
Un souffle alors de décadence me fait trembler.
Le merle gémit dans les branchages dépouillés.
Le cep rouge oscille aux treillis rouillés.
Et ronde macabre d'enfants blafards,
Autour des puits noirs dont les bords s'effritent,
Des asters frileux dans le vent s'inclinent.
