¿No será ya la locura
—pregunto—
elegir la muerte por el miedo a morir?
La verdad es, Fabulo, que no me gusta cenar solo.
Tú,
que nada escribes,
me llevas
una ventaja:
la brevedad.
El ciervo, entonces, corrió
sin dirección fija
durante todo el día, tratando
de encontrar ayuda
entre los demás animales.
Pero fue en el límite
del monte, al ver al cazador agazapado
y al
sentir el impacto en su pecho,
cuando alcanzó
a vislumbrar, con una claridad
excesiva, lo que
andaba buscando.